Washington Heights

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Como la lluvia persiste aún, será mejor que se tome un autobús enlaja. Avenida con destino a Washington Heights, en el extremo norte de la Isla de Manhattan. Allí se eleva “THE CLOISTERS“, un conjunto medieval que en la época de los dólares fuertes, los yanquis compraron en España y transportaron hasta allí piedra por piedra. Luego lo refritaron para que sirviera de anexo para la exhibición de los tesoros de arte medieval del Museo Metropolitano. Olvidando lo absurdo del hecho (en definitiva menos grave que lo que hicieron los ingleses desarmando el Partenón para exhibirlo en el British Museum, sin molestarse siguiera en pagar), se puede disfrutar de una interesante colección ubicada en un entorno sugestivo donde suena el canto gregoriano de fondo musical.
Por otra parte el viaje hasta Washington Heights tiene la particularidad de permitir una especie de recorrido socioeconómico de los habitantes new yorquinos. En el primer tramo, el autobús pasa por los edificios donde los ricos y famosos atisban el Central Park desde sus suntuosos departamentos. Un poco más adelante, usted notará por la avenida la presencia cada vez más frecuente de gente de color (negro). Un poco después, llegando a la calle 125, los transeúntes son casi exclusivamente negros: usted estará atravesando HARLEM, naturalmente. Curiosamente (aparte de los porteros uniformados y los toldos prolongando la entrada) las fachadas de los edificios no reflejan la diferencia económica probablemente abismal entre los millonarios que los habitan a la alturade la calle 60 y los negros dé la 125. La explicación está en que, hace años ya, los edificios de Harlem estaban ocupados también por prósperos blancos. O tal vez blancos, pero no tan prósperos porque aparentemente uno de ellos en una decisión histórica vendió su departamento a un negro. Si era un abanderado de los derechos civiles, un arruinado por el juego, o un resentido contra sus vecinos, eso no lo registra la historia. Pero el hecho es que dicha decisión provocó la estampida de sus vecinosque huyeron del edificio, debiendo alquilar o vender sus departamento a mucho menor precio. Un precio que resultó accesible a más familias negras que vinieron a habitar el edificio. En los edificios contiguos cundió el pánico y fueron rápidamente abandonados y con la misma celeridad ocupados por más negros. Este proceso decolonización a la inversa sólo se inteinimpió gracias a un tapón de inmigrantes portorriqueños (igualmente indeseables desde el punto de vista social pero más aceptables cromáticamente hablando)que se habían instalado a la altura de lacalle 110. Eso lo notará usted cuando su ómnibus pase por esa zona, donde todos los carteles están en español y casi todo el mundo habla un simpático español donde las “r” se reemplazan por “l” (yo me llamo Felnando Felnandez, le dirán, por ejemplo).

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