SANTIPONCE

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Recorridos 9 kilómetros, se hallarán en el pueblito de SANTIPONCE que carece de mayor interés, a no ser por la Iglesia del Monasterio de San Isidro del Campo. Allí se podrán apreciar un interesante retablo plateresco y las tumbas de alabastro del fundador de la orden y de sus padres (el notorio Guzmán el Bueno, comandante de la fortaleza de Tarifa, y de su mujer).
Según se sabe, don Guzmán, ha dejado descuidadamente que su pequeño hijo vagara por fuera de las murallas sitiadas por los moros. Cuando (por supuesto) el niño fue capturado y los árabes amenazaron con matarlo si no rendía la fortaleza el les dijo: “Si les falta un arma para matar a mi hijo, helo aquí” Y arrojó su puñal desde la torre, en lugar de (por ejemplo) ofrecerse a sí en canje por el pequeño, aunque sea para justificar su sobrenombre de Bueno.
Dejando a don Guzmán que se arregle con su conciencia, tomen el caminoque, algunos kilómetros más adelante, los ha de conducir a las ruinas de la ciudad romana de ITÁLICA, fundada por Publio Cornelio Escipión en el año 206 AC. Allí nacieron Trajano, Adriano y Teodosio. Casi nada.
Debió ser una ciudad próspera, a juzgar por su anfiteatro elíptico con capacidad para 40 mil espectadores. Si ese estimativo es acertado, deja bastante malparado a la mentada Plaza de Toros de la Maestranza con sus escasas 14 mil plazas. Claro que en éste se disfruta de la lucha de un solo hombre contra una solitaria bestia, mientras que en aquél eran muchos los hombres y también las bestias (a juzgar por las fosas y los restos de 10 jaulas).
De todos modos es difícil no pensar que los habitantes de la antigua Itálica eran un tanto frivolos considerando que poseían semejante anfiteatro, más un teatro y por supuesto las infaltables termas para su solaz y diversión. Más aun si uno imagina el reducido tamaño de la ciudad observando las fundaciones de las casas que se alineaban alo largo de las calles en damero sobre la colina. De las casas sólo restan algunos hermosísimos mosaicos (especialmente el llamado de “Hercules” y el conocido como el “De los pájaros”). Lamentablemente los mejores ejemplares se trasladaron a museos de Sevilla y Madrid.
Habiendo pues admirado los mosaicos, infinitamente más disfrutables in situ que encerrados entre los muros de un museo, regresen al coche y vuelvan a Sevilla por donde vinieron. Eso sí, antes de cruzar el Guadalquivir, dense una vueltita por la Isla de la Cartuja, dónde podrán visitar seguramente la Cartuja de las Cuevas y no tan seguramente las instalaciones de la Expo Mundial de 1992.

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