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Durante la monarquía visigótica, los judíos no vivieron en el mejor de los mundos. Claro que no siempre pasaron las de Caín pero a menudo tuvieron que sufrir los bruscos cambios de humor del soberano de turno. Por ejemplo Ervigio, ya los favorecía concediendo a los conversos títulos de nobleza, ya los condenaba a ser siervos de sus propios siervos y sus hijos arrancados de su lado en caso de comprobarse que seguían la ley de Moisés.
Aparte de las veleidades reales, los judíos resentían los hábitos sexuales algo licenciosos de los visigodos, según surge de los concilios toledanos que hablan de “todo linaje de aberraciones y de crímenes, incluso el más feo y abominable de iodos los vicios que mancha y envilecen la naturaleza humana”
En fin, que siendo los judíos más bien Victorianos en sus costumbres sexuales, no es de extrañar que pensaran que los árabes invasores eran el castigo de Jehová. Una especie de reedición de como había manejado casos similares (léase Sodoma y Gomorra). Por otro lado, estando dotados de buena memoria, no les debe haber resultado desagradable vengarse de las muchas y repetidas afrentas de los cristianos, aliándose con los moros.
Y tan así fue, que los árabes a menudo dejaron en manos dejudíos la guarda de ciudades o fortalezas que iban rescatando del poder de los visigodos que se habían atomizado en luchas intestinas. Esta travesura se la harían pagar con creces los reyes de la reconquista.

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