Roma Italia
A la izquierda se ve el pasaje subterráneo construido por Nerón para enlazar al Palatino con su residencia de la Domus Áurea. Pasando por la derecha se llega por medio de un pasaje al PALACIO DE LOS FLAVIOS, construido por Dominiciano. Queda como testigo del pasado lujo, el pavimento del Triclinio (el comedor). La fachada del palacio estaba orientada hacia el Arco de Tito y constaba de varios pisos. En uno de ellos estaba el trono donde Dominiciano (hermano de Tito) recibía a los asuntos de justicia que se planteaban. Le gustaba que lo llamaran Dios y se hacía besar los pies, costumbre antihigiénica que los romanos no aprobaban. Tácito lo acusaba de haber ayudado a su hermano Tito a pasar al otro mundo cubriéndolo de nieve cuando aquél se enfermó. Aunque el testimonio de Tácito (que odiaba a Dominiciano por razones personales) es algo subjetivo, igual muy amado no debió ser pues murió apuñalado, cosa que tampoco significa mucho ya que de los últimos 10 emperadores, 7 habían muerto con ayuda interpuesta. Como diría Shakespeare: “había algo podrido en Roma”.” De inmediato se pasa al ESTADIO DE DOMINICIANO que constaba de un patio alargado cuyo extremo absidal separaba con una cortina de mármol al emperador de los mortales. Estaba destinado a grandes recepciones, gimnasia y espectáculos privados. Entre el pórtico que lo rodeaba se habían instalado estatuas. De todo eso queda muy poco gracias a la gestión del Papa Julio UI, quién, si en el infierno existe un círculo para los destructores de arte, allí debe estar asándose junto a Carlos V.
Su decisión de buscar mármoles para edificar su Villa Julia en el año 1551 convirtió al estadio en una cantera de mármol. Un tal Ronconi le vendió al Papa cuánta columna teja y pedazo de estatua pudo rastrear. Otros anónimos hurgadores le siguieron destrozando todo lo que caía entre sus manos para venderlo como mármol reciclable. Unas 20 amazonas, el Hércules de Lisipo del Palacio Pitti y la bella Juno del Museo Nacional se escaparon de la masacre por estar más enterrados que el resto de los valiosos objetos que marcharon como chatarra su tranquilidad al viajar
Contorneando el hipódromo se llega al Palacio de Septimio Severo del que no queda ni rastro y a una terracita con hermosa vista sobre Roma. Se regresa bordeando la vía Barberino.
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