Coliseo romano

coliseo romano
Bajo la arena, en la cual se desarrollaba el espectáculo, se construyó un sistema de galerías y corredores, rampas y montacargas que permitía una rápida organización del espectáculo con el pasaje veloz de fieras y hombres. Una maquinaria tan hábilmente aceitada como, digamos, las cámaras de gas de Auschwitz. Como en un solo espectáculo, por ejemplo la inauguración del Coliseo, se llegaron a sacrificar más de 5.000 bestias, es comprensible que en poco tiempo hubiese especies enteras en vías de extinción.
Claro que la organización de estos espectáculos requería un alto grado de sofisticación. En las provincias, los magistrados solían delegar esa tarea a una mafia de empresarios no muy distinta de la que regula el boxeo en muchos países. Estos manejaban a esclavos comprados, a condenados a muerte, a mendigos muertos de hambre y, ocasionalmente, a jóvenes endeudados que preferían arriesgar su vida para pagar sus deudas. En Roma, en cambio, esa función la ejercían los ediles sin dar intervención a la iniciativa privada. Todos los que han visto las películas que Holywood dedicó repetidamente al tema, conocen su modus operandi. Desde el “Ave César morituri te salutant, hasta el “pulgar para abajo” con el que se condenaba al gladiador derrotado pero no muerto, todo se ha visto ya. Igual mente popular de los matinés de cine es aquel la “u Itima cena” en la que los candidatos a la carnicería se hartaban de comida ante la mirada morbosa de los curiosos que eran admitidos allí. En cuanto al público, en poco se diferenciaba de los que hoy en día concurren a ver los espectáculos de box. Iguales gritos (¡mátalo!, ¡maricón!, etc.) Iguales apuestas ilegales. Los vencedores gozaban de una efímera gloria. Eran adorados por las mujeres y sus nombres figuraban en los graffittis que ya en ese entonces ensuciaban los muros. Luego les llegaba la hora de una nueva lid.. Tras sucesivas victorias podían recuperar su libertad.

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