Plaza florencia

plaza florencia

Terminada la visita del Monasterio, con la Biblioteca y el Pequeño Refectorio donde se exhibe una última Cena de Ghirlandaio, salgan a la Plaza y precipítense a buscar algún lugar para comer, pues solo disponen de 15 minutos para esa prosaica tarea…
¡¿Quince minutos?!
Bueno. Veinte, entonces. Porque deberán recordar que en Florencia son muchos los lugares que, en vez de cerrar al mediodía y volver a abrir por la tarde, están abiertos de corrido hasta las 16:00.0 sea que es fundamental aprovechare! tiempo hasta esa hora. Luego, si quieren dilapidar su dinero, podrán merendar por ahí.
Su próxima escala será LA ACADEMIA, instalada desde 1784 en el antiguo Hospital de San Mateo sobre la via Ricasoli a pocos pasos de San Marcos.
Naturalmente, nuevamente me abstendré de detallarles las obras de arte que se exhiben allí, que para eso están los catálogos. Básteles saber que verán allí a su conocido David (esculpido a los 25 años de edad por Miguel Ángel, utilizando un trozo de mármol desechado por otros) igualito a todas las copias que pululan por ahí.
Podrán ver también los esclavos, estatuas que debían integrar el dichoso Mausoleo de Julio II y que Miguel Ángel iba dejando por ahí como Hansel y Gretel las migas de pan. Terminada la visita de la Academia, tomen la via Battisti, que une la Piazza San Marco con la Piazza de la S. S. Annunziata.
La Piazza de la S. S. Annunziata es una preciosa plaza renacentista, diseñada con un criterio humanista, no monumentalista. Es un lugar para ser vivido, no contemplado desde un helicóptero. Esa estatua ecuestre que están viendo es la de Fernando de Médicis (todos los Médicis tienen un aire de familia), última obra -ésta- de Jean Bologne (1608). Las dos fuentes con esos simpáticos monstruitos marinos son de Pietro Tacca (1629). Frente a ustedes (y si no está enfrente, giren y lo estará), verán el Hospital de los Inocentes precedido por un precioso pórtico de Brunelleschi (1421). Los medallones de terracota esmaltada de Andrea della Robbia, entre arco y arco, representan a unos bebés fajados como panqueques. Esa costumbre de inmovilizar a los bebés (que se continuó hasta hace muy poco) -contrariamente a lo que uno pensaría- no les causó, al crecer, más traumas que los que hacen la delicia y subsistencia de los analistas que tratan a las actuales generaciones que se han criado en el libre ejercicio de sus bracitos y piernitas.

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