Merida turismo
Planificación
Mérida es el lugar donde reservar plaza en excursiones organizadas y económicas. La mayoría de operadores turísticos organizan varios viajes por Los Llanos, aunque Bum Bum Tours es la única que ofrece visitas al hato El Jaguar, presentado en este libro. La duración es de cuatro y cinco días. Otras visitas más caras se encuentran también en Mérida, en Arrasari Trek (parte de Bum Bum Tours) y en Caracas y San Fernando de Apure. Varios hatos bien establecidos en la región ofrecen facilidades turísticas, incluidos el hato Pinero y el hato Doña Bárbara, en los que se puede reservar plaza directamente. Normalmente, los precios de los viajes incluyen desplazamiento, comida, alojamiento, excursiones y guías.
Aunque es posible viajar por la región de modo independiente, con su propio vehículo, no resulta muy práctico. En Los Llanos, el verdadero núcleo de la vida está en los ranchos y es virtualmente imposible viajar a solas hasta ellos. Hay una red de carreteras muy limitada que sólo enlaza las ciudades principales y no hay servicios regulares de embarcaciones por los ríos. En cualquier caso, es preferible contar con un guía para localizar y explicar la abundante fauna que existe.
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CONSEJOS PARA EL VIAJERO
Para obtener las mejores vistas en la carretera desde Mérida a Barinas, siéntese en el lado de la izquierda del autobús. En los tramos a caballo o a pie por los ranchos, procure hacer el menor ruido posible. Intente situarse delante del grupo, ya que muchos de los animales se asustan con facilidad y probablemente ya habrán desaparecido cuando lleguen los miembros rezagados. Si el organizador de la excursión en el hato le pregunta sobre su habilidad para montar, no exagere, ya que tienen caballos capaces de volar. Los que montamos estaban excepcionalmente bien entrenados. Compruebe que el operador turístico cuyos servicios utilice tiene mosquiteras de buena calidad, diseñadas para ajustarse sobre las hamacas. Bum Bum Tours dispone de protecciones nuevas, lo que permitió que dormir en la selva fuera un verdadero placer. Encontrará adecuadas opciones vegetarianas en la alimentación pero, como puede imaginar, en medio de un país ganadero, la carta no ofrece mucha variedad. Finalmente, no fantasee con la idea de jugar con las pirañas, dentro o fuera del agua. Su mordisco es realmente peligroso, incluso cuando aún permanecen atrapadas por el anzuelo y parecen muertas.
Los Llanos del orinoco
Cuándo ir
En Los Llanos sólo hay dos estaciones, que son muy diferentes. En la temporada húmeda, de mayo a noviembre, las lluvias torrenciales convierten toda la zona en un lago gigantesco y la vida resulta fácil para la fauna. No obstante, la mejor época para viajar es durante la temporada seca, de diciembre a abril. Apenas ha dejado de caer la lluvia, cuando el implacable sol evapora el agua y deja llanos de barro agrietado y seco. Cuando escasea el agua, la fauna se acumula en grandes cantidades en las pocas fuentes que quedan, en un intento, que no siempre tiene éxito, por sobrevivir hasta las próximas lluvias. Las semanas desde finales de noviembre a finales de diciembre son las mejores entre los dos extremos. En la temporada húmeda, la actividad de descenso en rueda por aguas bravas se sustituye por descensos de clase III/IV en balsa por el mismo río.
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Frenéticas devoradoras
Para la cena de nuestra última noche. Ramón nos envió a capturarla por nuestra cuenta. Si se hubiera tratado de gallinas, habría sido fácil, pero nuestro menú iba a consistir en pirañas. Seguramente, aquello sería una batalla para ver quién se comía primero a quién.
Acertada o equivocadamente, tengo catalogadas a las pirañas, junto con los cocodrilos los hipopótamos, como criaturas peligrosas para la salud humana. No obstante, existen diversas variedades y no todas son demonios devoradoras de hombres. Recordé un programa de televisión en el que presentaron a una famosa por su naturaleza sedienta de sangre, la piraña de vientre rojo (Serrasalmus nattereri). Le pregunté a Camilo qué tipo tratábamos de capturar. «Las de vientre rojo», me contestó con una sonrisa. Estas asesinas plateadas, con manchas rojas en sus vientres por lo demás blancos, alcanzan los 30 centímetros de longitud. Sus potentes mandíbulas están llenas de afilados dientes, dispuestos como los de una sierra y utilizados para desgarrar trozos de carne de sus víctimas. La piraña de vientre rojo vive en grandes bandadas y cuando tienen mucha hambre sus esfuerzos combina dos han llegado a reducir una vaca a un montón de huesos en apenas 15 minutos. Cuando el sol del verano seca los estanques y se intensifica la competencia por el alimento, sus ataques se hacen más frenéticos y llegan a devorarse entre sí.
Emprendimos la marcha por la tarde, en la caja de otro camión abierto en el que cruzamos la sabana hasta el puente de pesca, donde a los sencillos sedales se les colocan cebos de trozos de pescado fresco. Tras arrojar el sedal al agua, que se movía lentamente, sólo tenía deseos a medias de atrapar una. El puente no tenía barandilla de seguridad, así que todos procuramos retirarnos un poco, por si acaso. Martin fue el primero en tener suerte, y todos nos arremolinamos para verle depositar en el suelo al feo monstruo. Sus grandes ojos adelantados, el lomo jiboso y la mandíbula inferior adelantada hacía honor a su imagen de película de terror. Cuando dejó de moverse, uno de nuestros guías la recogió y le abrió las mandíbulas, para dejar al descubierto los dientes, tan afilados como cuchillas. Capturamos un total de siete pirañas, sin que ninguna hubiese mordido mi anzuelo, aunque tuvimos suficiente para la cena. Pero todavía no era el momento de comerlas.
Pasaríamos la noche final en la selva, sobre una diminuta isla cubierta de bosque. Subimos a una embarcación de fondo plano y emprendimos una corta travesía por el pantano. Bajo la luz del atardecer, tuvimos la suerte de ver una familia de capibaras (Hydrochaeris hydrochaeris), el roedor más grande del mundo, que parece un conejillo de Indias al que se han administrado dosis suplementarias de hormonas del crecimiento. Cuando llegamos al lago de la isla ya había oscurecido. Cambiamos el fondo plano del bote por una canoa inestable que convirtió la travesía en una miniaventura. La cosa resultó bastante más interesante cuando nuestras linternas descubrieron los ojos rojos y brillantes de un caimán.
Freímos las pirañas en una hoguera y las servimos con ensalada fresca. La gruesa carne era realmente jugosa. Sentados alrededor del fuego, escuchamos a Ramón hablar apasionadamente de los ocho jaguares que quedaban en la propiedad (Panlhera onca) y de su sueño de convertir el hato en una reserva oficial de fauna. Al deslizamos bajo las mosquiteras, en nuestras hamacas y observar al grupo de monos que comían y jugaban en los árboles, por encima de nosotros, no pudimos sino estar de acuerdo con él. Son muchas las regiones del mundo que exigen reconocimiento como importantes centros de fauna, pero Los Llanos, una zona de la que pocos habrán oído hablar, merece hallarse entre los lugares más destacados de esos paraísos de la fauna protegida. Habíamos disfrutado mucho con nuestra aventura y todo lo que contribuya a proteger la región será muy apreciado por las generaciones venideras.
Llanos del orinoco
Caballos alados
Tuvimos que animar a los caballos para que descendieran por una ladera y cruzaran un estanque profundo y cubierto de barro, pero el fluir de la fauna exótica no cesaba. Los caimanes tomaban el sol en llanos de barro o nos espiaban desde el agua, las araraunas escarlatas (Ara macao) volaban sobre nosotros emitiendo sus chillones gritos mientras que las enormes garzas baco (Tigrisoma lineatum) se mantenían Firmes en su terreno, como artísticas estatuas camufladas. Por una vez, un viaje emprendido para observar la fauna estaba haciendo honor a su nombre. Quedamos impresionados, aunque no pudimos ver a la anaconda (Eunectes marinus) tan común en esas tierras. Cuando el sol de un dorado líquido se hizo de un rojo rosado y se hundió en el horizonte, llegó el momento de regresar al rancho. Los caballos saben muy bien cuándo es el momento de regresar a casa y el mío, con mi aprobación explícita, demostró su verdadera naturaleza galopando todo el trayecto. Ya en el módulo de hamacas, se nos unieron algunos de los llaneros del hato que, junto con el polifacético Camilo, nos deleitaron con cantos tradicionales y tocando instrumentos alrededor de una hoguera de campamento.
Por la mañana, los llaneros volvieron al trabajo de acarrear búfalos de agua (Bubalus bubalis) para darse un baño. En el hato hay unos 2.500 búfalos de agua, que han demostrado ser un negocio lucrativo, ya que los de dos años se venden en el mercado por 2.000 dólares. Estas grandes criaturas con cuernos, que habitualmente se encuentran en el sudeste asiático y que llegan a pesar una tonelada, han efectuado con éxito su transición al ambiente de Los Llanos. Ramón ha entrenado incluso a algunos para que los visitantes puedan montarlos por los pantanos, una experiencia novedosa que probablemente no se encontrará en ninguna otra parte del continente.
Después de otro recorrido más corto a caballo hasta el otro lado de la propiedad, dispusimos de un par de horas para relajarnos en las hamacas y juguetear con el mono residente, otro capuchino de cara blanca, al que le gustó encaramarse sobre la cabeza de Martin, agarrar su lengua y, ocasionalmente, hasta golpearlo.
Refugio de animales
Refugio de animales
Al llegar al sendero que conducía al hato, cambiamos la embarcación por otro viejo camión para emprender el trayecto de 40 minutos que nos llevaría hasta la casa. El rancho, de 25.000 hectáreas, está dirigido por Ramón Moser, un anciano sabio y encantador de Caracas, que no pudo resistirse al hechizo de Los Llanos. El negocio está en pleno funcionamiento, pero Ramón lo ha convertido en realidad en un refugio no oficial para la fauna, al prohibir por completo la caza en sus terrenos.
Después de un delicioso almuerzo en el edificio principal, estrictamente funcional, establecimos el campamento en un módulo auxiliar de hamacas, al aire libre, con vistas maravillosas sobre la sabana. Mientras disfrutábamos de una hora de descanso en nuestras hamacas, los hombres del rancho ensillaron los caballos para iniciar por la tarde el recorrido por la propiedad. Resulta difícil averiguar la naturaleza de un caballo sólo observándolo, pero me gustaron los ojos de mi rada alerta del que me tocó en suerte y demostró ser un excelente animal. A los caballos sudamericanos se les entrena para responder al peso del jinete y sólo se precisa una mano para sostener las riendas. Un simple giro de la muñeca es todo lo que se necesita para dirigirlo, y respondió bien a nuestras instrucciones de ir mas lapido o más lento.
El sendero seguía una estrecha calzada entre espeso matorral bajo. Pocos minutos después un destello rojizo entre las altas hierbas verdes hizo que nos detuviésemos. Un solitario aunque no por ello menos espectacular ibis escarlata se alimentaba en las marismas, introduciendo su alargado pico curvado en el agua. Su impresionante cuerpo rojo y sus alas nos dejaron asombrados. Tenía un color tan vivo que me pregunté si acaso un artista no habría pintado por la noche con una capa de pintura uno de la variedad blanca que habíamos visto antes en el río. Un poco más adelante, una bandada de ibis rojos y blancos salió volando de la marisma y levantó el vuelo como un montón de globos de helio soltados durante un festival. Poco después los ojos de Camilo se iluminaron nos señaló frenéticamente hacia la derecha. En el otro extremo de un pequeño estanque, cuatro o cinco hembras de ciervos de Virginia (Odocoileus virginianus) huían hacia los matorrales, tratando de alejarse de nosotros. Sus cuerpos de color marrón rojizo contrastaban nítidamente con el brillo blanco de la parte inferior de sus colas, que actúan como advertencia de peligro para el resto de la manada.
Capibara
UN GIGANTE
Entre los pantanos y ríos de Los Llanos vive el roedor más grande del mundo, el gigantesco capibara (Hydrochaeris hydrochaeris). Son excelentes nadadores, debido en parte a sus patas traseras palmeadas y pueden bucear en busca de plantas acuáticas (su principal alimento). Cuando descansan, a menudo permanecen semisumergidos en el agua. Su carne era muy apreciada por los llaneros, a consecuencia de lo cual estuvieron a punto de extinguirse. También resultan el bocado preferido del caimán.
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Una cría chillona
Río arriba observamos la insólita técnica de alimentación del picotijera negro {Rynchops nigra). El pico rojo de este gran pájaro blanco y negro tiene la peculiaridad de que la mitad inferior es más alargada que la superior El propósito de esta disposición quedó claro al observar cómo el ave se deslizaba justo sobre la superficie del agua, en la que sólo introducía la mitad inferior del pico para recoger así el plancton y los peces pequeños. Pero el momento culminante de la tarde fue cuando Camilo detectó un nido de caimanes en la orilla. Mientras nosotros retrocedíamos hacia el fondo de la embarcación, Camilo se adelantó y recogió una de las seis crías diseminadas por entre la orilla cubierta de barro. Fue increíble verla desde tan cerca. Apenas tenía un mes y sus afilados dientes empezaban a formarse; emitía unos diminutos grifos para advertir de su paradero a sus oí ros her manos. Un par de minutos más tarde había regresado con ellos y nos apresurábamos a abandonar el lugar, por si acaso mamá decidía regresar temprano.
Después de otra noche tranquila en las hamacas, nos levantamos temprano para iniciar la travesía de tres horas en barca que nos llevaría hasta el hato El Jaguar. Nuestra ruta nos hizo pasar brevemente por el río Apure para tomar luego uno de sus afluentes más pequeños, el río Pagüey. Ahora, con las dos orillas tan cerca del hoto, aquello resultó ser una fiesta para contemplar la fauna. El ave más peculiar fue el desgarbado hoatzin (Opis-thocomushoatzin). Fácilmente identificable por su complicada cabeza y su grito chirriante, el hoatzin vive en grupos de una docena en las ramas bajas de los árboles, cerca del borde del agua. Tiene patas muy fuertes, lo que le viene muy bien porque a menudo está a punto de caer de las ramas en las que se encarama. Tampoco son muy elegantes al volar, ya que parecen bombarderos sobrecargados cuando levantan el vuelo. Durante la travesía vimos iguanas de todos los colores y tamaños, incluidas las gigantes de brillante color verde (Iguana iguana), tumbadas en pequeñas playas y una de ellas nadó justo por delante del bote.
Habíamos emprendido el viaje con la esperanza de divisar uno o dos caimanes. Después de ver más de veinte, la gente dejó de gritar y señalar. Fue increíble. Al escuchar el ruido del bote, raras veces se quedaban quietos, aunque ocasionalmente pudimos acercarnos a uno oculto por detrás de los manglares. Estos acorazados descendientes de los dinosaurios pueden alcanzar 1,8 metros de longitud y se caracterizan por su naturaleza agresiva, sobre todo cuando protegen a sus crías. Sabíamos que el ruido del motor les asustaba y que probablemente no podríamos acercarnos mucho, pero cada vez que uno de ellos se introducía en el agua, no podíamos evitar el mirar nerviosos a nuestro alrededor, por si acaso se le ocurría saltar para devorarnos.
LA DIFÍCIL SITUACIÓN DEL JAGUAR
LA DIFÍCIL SITUACIÓN DEL JAGUAR
El felino más grande de América del sur, el jaguar {Panthera onca) es ahora un animal muy difícil de ver, tanto que la mejor posibilidad es contemplarlo en los folletos de viajes, donde con frecuencia aparece irónicamente como el símbolo del estado salvaje de la selva latinoamericana. La destrucción humana de su habitat, su continua caza, que implica perseguirlo con perros especialmente entrenados hasta que está demasiado agotado como para resistirse al cazador, han situado a este potente animal a la cabeza de las especies en peligro de extinción. Sólo quedan unos cuantos ejemplares en Los Llanos, por lo que fue especialmente perturbador ver la piel de uno de ellos, muerto recientemente, puesta a secar en un árbol en una casa del río Pagüey. Del jaguar se venden todas las partes, aunque no se da utilidad a ninguna de ellas, y el cazador puede obtener unos 3.000 dólares por cada uno que mata.
Navegando por el rio Apure
Trucos de tortuga
Bajo la mirada de unos pocos y fascinados niños locales, nos metimos cuidadosamente en el agua y la corriente nos arrastró lenta pero inevitablemente hacia el primer rápido. Al introducir las manos en el agua, pude maniobrar la rueda con facilidad, incluso demasiado fácilmente pues pocos segundos después había girado en redondo y entrado en el rápido de espaldas, aleteando con las piernas y los brazos como una tortuga que intentara enderezarse desesperadamente. Las aguas, frías y turbulentas, me rodearon pero antes de que pudiera dejarme llevar por el pánico ya había salido disparado hacia el otro extremo del rápido y flotaba hacia el resto del grupo para comparar con ellos nuestras técnicas igualmente cómicas de descenso.
El resto de la tarde fue una agradable mezcla de giros a través de los rápidos y de flotar tranquilamente en los tramos en calma, cuando era posible tumbarse y disfrutar de los sonidos terapéuticos del agua y contemplar el bosque húmedo que pasaba. De regreso en Finca Cielo, nos sirvieron una buena comida a base de pollo y pasta y nos bebimos las cervezas que habíamos llevado como garantía de que la novedosa experiencia de dormir en hamacas no nos robaría el sueño.
A primeras horas de la mañana siguiente, abandonamos la finca para emprender el viaje bastante monótono de tres horas por las llanuras, hacia San Vicente, un pequeño pueblo a orillas del río Apure. El tramo final de la carretera era un camino duro, levantado sobre una calzada para impedir que se inundara durante la temporada de las lluvias. Aquí empezamos a ver algunos ejemplares de fauna exótica por la que tan famosa es la región. A través de las ventanillas del autobús pudimos ver con facilidad el caimán {Caimán crocodii-lus), el ibis blanco (Eudocimus albus) y hasta un solitario ibis escarlata (Eudocimus ruber), lo que despertó nuestro apetito por lo que esperábamos fuesen encuentros más de cerca en los ríos. Una vez en San Vicente, una alargada embarcación de madera con motor
fuera borda nos esperaba para llevarnos a la puesta del sol que contemplaríamos por las anchas y amarronadas aguas arriba del Apure.
La refrescante brisa sentida en el bote fue un agradecido alivio ante el opresivo calor de las tierras bajas, pero no tardaron en aparecer más animales. Camilo identificó los frecuentes golpeteos contra el fondo de la embarcación como los sonidos de las pirañas que trataban de saltar fuera del agua. «A veces han llegado a saltar incluso dentro del bote», nos dijo con una gran sonrisa, antes de añadir: > No se asusten y, desde luego, no traten de coger ninguna». Como para terminar de convencernos, nos mostró la cicatriz en forma de media luna de su dedo meñique cuando intentó hacer precisamente eso. Un momento más tarde, como dispuestas a hacer su aparición más profesional, una piraña voló ágilmente cruzando el aire y cayó junto a los pies enfundados en sandalias de un asustado Ravia. Durante un instante, hubo una gran confusión mientras la piraña aleteaba de un lado a otro, en un intento desesperado por regresar al agua y Ravia malinterpretó sus movimientos como premeditados intentos por arrancarle los dedos a mordiscos. Los demás no dejábamos de reír. Transcurrió un buen rato antes de que el pez perdiera su energía lo suficiente como para arriesgar de nuevo sus dedos para arrojarla al río. Sólo entonces nos reveló que el pez en cuestión no era una piraña, sino una especie inofensiva de aspecto bastante similar.










