Pico bolivar

Cuatro abajo, dos arriba
Nos levantamos al amanecer y descubrimos que las mochilas se nos habían congelado por la noche. Mientras tomaba el té. la luz del sol descendió lentamente por la enorme banda rocosa que se elevaba sobre nosotros, haciéndola dorada. Por encima de la cresta, el cielo era de un azul muy intenso y las nubes del valle de allá abajo parecían haber quedado atrapadas. Todo indicaba que se mantenía nuestra buena suerte y que iba a ser un día perfecto para intentar alcanzar la cumbre. Peter, Joe, Janet y Travis decidieron dirigirse a la estación del teleférico, acompañados por «El Burro», uno de los guías. Había sido una excursión gratificante, incluso sin necesidad de alcanzar el objetivo propuesto y se marcharon felices, sabiendo que habían llegado más alto que nunca en su vida.
Juan y David, los dos guías restantes, Sean y yo, recogimos nuestro equipo y concentramos la mente en el esfuerzo sostenido que había que hacer durante las siguientes tres a cinco horas de ascenso muy escarpado. A pesar de los numerosos y serios intentos por escalar el pico Bolívar a principios de la década de 1930, no se conquistó hasta 1935. El 5 de enero. Enrique Bourgoin, un médico de Mérida. acompañado por su guía Domingo Peña, conquistó finalmente el glaciar de hielo y nieve, que por aquel entonces era mucho más grande, y llegó hasta la cumbre.
Esperábamos encontrar muy poca nieve o hielo en la ruta, así que emprendimos la marcha con la mochila ligera, llevando sólo la ropa esencial, anoraks, comida, piolets y cascos. Tras ascender una plataforma rocosa situada por encima del campamento, bordeamos la laguna Timoncito e iniciamos el ascenso más escarpado por un barranco. Ahora, la altura hacía que cada movimiento fuera un verdadero desafío y nos deteníamos a cada 20 pasos para absorber más oxígeno. Era una buena excusa, además, para empaparnos de las maravillosas vistas que se contemplaban tanto montaña abajo, como hacia los recortados picos de arriba. Pronto nos encontramos al pie del primero de siete tramos, llamados pendientes en términos de escalada, donde tuvimos que utilizar cuerda para asegurar nuestro progreso, así que nos pusimos los arneses de escalada y los cascos y preparamos los piolets. Juan ascendió por delante con un extremo de la cuerda y se aseguró a una cadena previamente colocada (llamada punto de amarre). Luego le seguimos nosotros. Este sistema de relevos continuó mientras ascendíamos sobre rocas muy expuestas y barrancos de nieve.
Una nevada reciente caída la tarde anterior hizo que las condiciones fueran más duras de lo esperado. A medida que ascendíamos, las nubes empezaron a envolver el pico y el viento aumentó su fuerza, lo que hizo descender aún más la temperatura. Entre una pendiente y otra, nos sosteníamos sobre diminutos rebordes donde no nos quedaba otra opción que abrazarnos para combatir el frío que se calaba hasta los huesos, mientras esperábamos a que que dará preparado el siguiente punto de amarre. En una de las pendientes sobre un esearpado barranco nevado fue necesario tallar escalo nes en la endurecida nieve para que pudiéramos afianzar las botas. Cada vez que golpeaba el hielo con el piolet, una rociada de fragmentos helados me salpicaba la cara. Esto estaba resultando ser una verdadera gran aventura.
Las últimas pendientes estaban compuestas por cortos tramos de roca casi vertical y para salvarlas se requería pensar un poco y acompañar los movimientos con una buena dosis de valor. Después de atravesar una plataforma muy expuesla. llegamos a la base de la escalada final a la cumbre. El corazón me latía con fuerza, tenía la boca reseca y un ligero dolor de cabeza, pero ahora ya estaba seguro de que iba a conseguirlo.

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