Galápagos

Iguanas, albatros y alcatraces de patas azules

Fondeamos al otro lado de la isla, en Punta Sears, y desembarcamos sin mojarnos para el que resultó ser el mejor paseo del viaje. Allí mismo, en el embarcadero, los cangrejos rojos destacaban en nítido contraste con las rocas negras. Las iguanas marinas (Amblyrhynchus cristatus), con su negra piel moteada con manchas rojas y verdes, se amontonan sobre las rocas, unas sobre otras. Estas iguanas, los únicos y verdaderos lagartos marinos que existen en el mundo, alcanzan un metro de longitud y pueden pesar varios kilos. Hay diferentes subespecies en el archipiélago, pero las de
Española son las más vistosas pues mantienen parte de su moteado rojo durante todo el año, mientras que la mayoría de las subespecies son negras, excepto en la temporada de apareamiento.
Seguimos el sendero que se alejaba de las iguanas, para acercarnos a los nidos de los alcatraces enmascarados y los habitantes más famosos de las Galápagos, los alcatraces de patas azules. No está permitido salirse del camino y los guías comprueban que no se toque a los animales o se les incomode de algún modo. No obstante, y como no se molesta fácilmente a las aves y a menudo ponen los nidos en medio del camino, puede uno acercarse mucho a ellos para fotografiarlos más de cerca. Naturalmente, está prohibido utilizar flash, ya que eso podría molestarlos, pero si el tiempo está nublado aún podrá tener una buena oportunidad de conseguir una magnífica foto de un ave empollando los huevos o incluso hasta bailoteando cómicamente sobre las patas palmeadas de un brillante color azul.
Como si los alcatraces no despertaran suficiente interés, en este lugar también anidan masivamente los albatros (Diorineda inorata). Estas magníficas aves cruzan el aire con sus alargadas y delgadas alas, con una elegancia que no se corresponde con su pesado cuerpo; pero cuando se i rala de aterrizar, son divertidamente torpes. Para emprender el vuelo utilizan loque sólo so puede describir como una pista, situada cerca de lo alto de un acantilado. Avanzan pesadamente a lo largo de la pista, cobrando velocidad gradualmente hasta que caen al llegar al final y una vez en el aire ya son capaces de demostrar su dominio del medio aéreo. Los aterrizajes son igualmente poco elegantes y parecen depender por completo de la casualidad: con las alas aleteando rígidamente y batiendo las patas, se dejan caer al suelo y se mueven pesadamente hasta detenerse con toda la gracia de un avión estropeado.
Su cortejo es increíblemente fascinante y supone desplegar una compleja danza de pasos laterales y giros de cuello, para luego encontrarse frente a frente con picos que se abren y cierran con rapidez y que parecen entablar un duelo. Una vez más, toda esta actividad se desarrolla a muy pocos pasos del camino, de modo que tendrá oportunidades para fotografiarla; pero si está interesado por los albatros debe saber que la mayoría abandonan el lugar hacia mediados de diciembre y no regresan hasta finales de marzo.

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