En balsa por el Coroico

En balsa por el Coroico
Antes de descender hasta la orilla del río. Jordán me proporcionó un casco, un chaleco salvavidas y un remo, amén de una breve conferencia sobre seguridad en el descenso. Junto al río Coroico ya se había preparado una balsa in-flable de recio aspecto, en la que descenderíamos los cuatro por los rápidos que fluyen a gran velocidad entre altos muros de verde jungla. El agua turbia confiere al río un aspecto más amenazador de lo que sugeriría un río de aguas más claras, cuyos obstáculos fuesen más evidentes.
El descenso tiene una longitud de unos 17 kilómetros, y culmina justo antes de la cascada de Puerto León; dura algo más de una hora, aunque parece que sea mucho más. En una corriente tan fuerte, se necesita poco esfuerzo para remar y me alegré de tener alguna experiencia previa en balsa. En plena temporada de lluvias, el río tendría aún mayor caudal, lo que suavizaría los encontronazos contra las rocas, pero también aumentaría considerablemente la fuerza de la corriente.
Junto al pueblo de Choro, un puente en suspensión salva el río Coroico y un par de curiosos nos observaron mientras salvábamos los rápidos en este complicado recodo del río. Más tarde. Jordán me dijo que seis años antes, durante una gran competición de raftig. el peso de los espectadores sobre el puente había terminado por derrumbarlo, muriendo tres niños. El siguiente conjunto de rápidos se llama el Paso de Mi Hermano: según la tradición, si uno se cae y alguien le salva, esa persona se convierte en tu hermano. Afortunadamente, no tuvimos que ponerlo en práctica.
Cuando llegamos al punto de salida, bajo el puente de Puerto León, estaba agotado. Jordán había dispuesto que la camioneta esperase para llevarnos a nosotros y al equipo de regreso a la base, pero antes fuimos a ver la cascada. Mientras vadeaba, corriente arriba, avanzando cuidadosamente sobre las resbaladizas rocas hasta el lugar adecuado para verla, escuché el estruendo que producía; incluso desde la distancia a la que me encontraba, a varios cientos de metros, el rocío de la poderosa cascada me empapó la cara.
Me metí la mano en el bolsillo y descubrí que el talismán de cóndor se había roto en dos. ¿una señal de que se me había terminado la buena suerte’.’ Decidí jugar sobre seguro y me retiré. Después de un delicioso almuerzo en La Cascada, regresé a Coroico para más relajación y cuidados. Es lo menos que uno se merece, antes de afrontar el viaje de regreso a La Paz.

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