Desierto de chile
Una zona lacustre desértica
El soroche, el mal de altura, empezó a afectarme cuando llegamos al geiser Sol de Mañana, a casi 5.000 metros de altura, donde las fumarolas vomitaban un barro de color gris cemento y un fango aniarronado en el paisaje más desolado que hubiese visto nunca. Mi palpitante cabeza no logró despejarse con la brisa que soplaba en los alrededores de la laguna Colorada, un lago de 60 kilómetros cuadrados, con notables aguas rojas, bordeado de anillos de sal blanca y musgos verdes y habitado por cientos de flamencos. Al llegar al extremadamente humilde albergue levantado junto al lago, me alegré de que hubiera preparada una cama y una manta para acogerme.
Al día siguiente, una vez desaparecido el dolor de cabeza y recuperado el apetito, me sentía ávido por continuar el viaje a través de la Reserva Eduardo Avaroa. el parque nacional boliviano que abarca los lagos del altiplano, especialmente después de haber asistido a primeras horas de la mañana a la matanza de una llama en los terrenos situados junto al albergue. Mientras la sangre del animal muerto se derramaba por el corte practicado en el cuello, cayendo en un cuenco, nos dispusimos a inspeccionar el Árbol de Piedra, creado por siglos de aullantes vientos del desierto. Cerca, Plácido se detuvo para señalarnos una viscacha (Lagidium spp.), un animal parecido a un conejo, de cola larga, y la extraña planta llamada llareta. Este musgo, tan duro como una roca, que sólo crece un milímetro al año se halla protegido en el parque, junto con la vicuña (Vicugna rictygna), uno de los camélidos de América del Sur.
A medida que avanzaba el día vimos más lagos, incluida la laguna Hedionda (llamada así por su olor sulfuroso) y más flamencos, y pasamos ante el volcán Ollagüe. un pico de 5.870 metros de altura a caballo sobre la frontera entre Chile y Bolivia. Antes de llegar al volcán vimos las extrañas formaciones de lava de un campo de barros volcánicos creadas antes del tiempo de los incas. Desde aquí, la ruta descendía hacia el Salar de Chiguana, una llanura blanca incrustada de bórax, cortada por una línea férrea. En la temporada de las lluvias, toda esta zona se transforma en un gigantesco baño de barro. Nuestra base para pasar la noche se hallaba en el extremo más alejado de la llanura, más allá de unos cuarteles del ejército compuestos por gigantescos iglús camuflados, en San Juan, un polvoriento pueblo de adobe que no desentonaría en una película de Western.
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