Laguna verde desde San Pedro de Atacama

Conducir con Domingo
Aunque la mayor parte de la excursión de tres días que emprendí a Uyuni, en Bolivia, desde San Pedro, la hice en un vehículo todo-terreno (esencial para una zona tan inhóspita), la fase inicial, subiendo desde la ciudad hacia las montañas, la hice en un autobús local verde di’ aspecto anticuado. En el viaje se me unieron cuatro israelíes, dos holandeses, un suizo y un australiano. Nos reunimos a las 8.00 horas, con nuestros suministros de agua y otras provisiones, como zumo de frutas y barras de pan (se nos había advertido que la comida ofrecida en el viaje organizado sería básica).
El autobús tardó un par de horas en subir traqueteante las montañas hasta la laguna Blanca, un lago blanco lechoso junto al que Bolivia mantiene un diminuto puesto de control de inmigración. Aquí cambiamos nuestros últimos pesos por bolivianos, una mujer vestida con los atuendos típicos del país nos sirvió un desayuno en el vecino café, con un sombrero hongo airosamente encaramado sobre su cabeza. En el exterior, bandadas de flamencos se alimentaban en las aguas del lago.
A corta distancia, al pie del Lincancábur, llegamos a la laguna Verde, llamada así porque un cóctel de minerales da a sus aguas una tonalidad verde a medida que avanza el día. El color se aprecia mejor después del mediodía, pero el lago es notable en cualquier momento por las burbujas blancas de bórax que se ven al borde del agua. Jirones de espuma son arrastrados por el viento, mientras que el resto se endurece al sol, dejando un anillo salado exterior.
Desde la laguna Verde continuamos nuestra ruta en dos Toyota Landcruiser hasta la laguna Salada, un estanque termal bastante embarrado donde es posible bañarse. El conductor de mi Landcruiser. llamado Plácido Domingo, iba acompañado por su chica, Constantina sentada a su lado. Lamentablemente, no cantaba ópera y tampoco hablaba idiomas, pero nos dejó que pusiéramos nuestros casettes de música y se tomó la excursión a un ritmo relajado, lo que nos permitió tener mucho tiempo para ver cada lugar. Constantina, por su parte, dormitaba mientras avanzábamos y se despertaba para prepararnos la comida a base de bocadillos, ensaladas y fruta para almorzar, y sopa seguida de pollo y patatas o espaguetis para cenar, todo ello de mucha mejor calidad de lo que habíamos esperado.

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