Turismo en Hungria

De lo sublime a lo íntimo:
Tras sus grandiosos monumentos, Budapest oculta rincones más recoletos, como los parques, balnearios y cafés, donde se puede rastrear su poliédrica personalidad. He aquí algunas sugerencias para gozar de todas las facetas de la capital húngara.
Magiar, otomana, imperial y vanguardista, la capital de Hungría conserva huellas de una identidad forjada a través de diversos ciclos históricos. La ciudad que hoy conocemos, de dos millones de habitantes -una quinta parte de la población del país-, fue constituida el 17 de noviembre de 1873 con la unión de tres municipios: los montañosos Obuda y Buda, en el margen izquierdo del Danubio, y la llana Pest, en el derecho. Entre los nueve puentes emblemáticos que enlazan ambas orillas sobresale el más antiguo: el Széchenyilán-chíd o de las Cadenas.
Cada una de las tres unidades conserva una mentalidad propia, marcada por su peculiar deuda histórica. El Danubio siempre ha simbolizado la frontera psicológica y política; ha establecido una barrera natural entre el imperialismo urbano de las zonas nobles y altas, de un lado, y las culturas nómadas provenientes de las llanuras, del otro. Los céntricos puentes de Isabel y Margarita presentan  buenas panorámicas de ambas personalidades: la señorial de su cara montañosa y la plebeya del área horizontal, que vista o paseada desde sus rakpart (malecones fluviales) justifica el sobrenombre de “París centroeuropea”. En medio del curso aparecen un puñado de islas; principalmente la de Margarita, de 2,5 kilómetros de longitud, un pulmón urbano para el esparcimiento.
La ciudad guarda también una relación más telúrica y ancestral con otras aguas, las subterráneas, de propiedades mineromedicinales, que reinan sobre una extraña orografía de fuentes termales y espacios kársticos como las cuevas terapéuticas de Szemlo-hegy y Pál-volgy.

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