Ciudad jesuita de Bolivia

Hace más de 300 años, los jesuítas llegaron al territorio guaraní de la actual Bolivia para evangelizar a sus habitantes. Las misiones que allí fundaron, incluidas en el Patrimonio Mundial, son las únicas supervivientes de un arte único que asimiló la estética europea a la exuberancia de la selva circundante.

Es el tercer río que cruzamos. Primero dejamos atrás el m j Grande o Guapay, luego el San Miguel, y ahora, el San Pablo. Antes, los riachos fueron incontables: cursos espesos de lodo que se han sucedido constantemente desde que salimos de Santa Cruz de la Sierra; nuestro objetivo es conocerlas únicas misiones jesuíticas de Sudamérica que han vencido la batalla contra el abandono del hombre y el acoso de la selva. En 1990, la Unesco reconoció los
méritos de esas siete supervivientes y las incluyó en el Patrimonio Mundial.
Recorro el perpetuo sube y baja de sierras y lomas, de ruta roja y selva a la vera del camino. El paisaje seguramente es el mismo de 1551, cuando la Compañía de Jesús se instaló en la región guaraní que hoy comparten Boli-via, Brasil, Argentina y Paraguay. Sus misiones o reducciones, precedidas por un foso para defenderse de los esclavistas portugueses, seguían una política comunal de reparto de tierras con la
que cosechaban excelentes rendimientos. Esa fue su ruina: en 1767, las intrigas, guerras y campañas de desprestigio terminaron por expulsar a los jesuítas de los dominios españoles.
Atardece. Los monos aulladores están en plena actividad y los tucanes levantan el vuelo a nuestro paso. Detrás de una colina, la vegetación se abre como un telón; entonces surge San Javier, la primera misión jesuítica fundada en la región de Chiquitos (1691). Ya me habían anticipado que su iglesia era la más bella de todas. El crepúsculo le otorga un aire recoleto que conjura a la selva exterior, cantante y danzante, a no entrar. Y si el perfil de San Javier por la noche roza lo místico, al alba es sobrecogedor. Entre 1744 y 1752, el arquitecto y jesuita Martin Schmidt tomó la estética de su Suiza natal y agregó la explosión de colores y formas propias del entorno tropical. Así, los arcos ojivales parecen palmeras vistas desde abajo; las retorcidas columnas, árboles y enredaderas que se entrelazan en una especie de círculo fecundo; los arcos de madera que recorren las tres naves, el perfil de la floresta; y los diseños de las paredes, la recreación del entorno, vegetal y primitivo, que convive con los habitantes.
En efecto, la selva, sacra para las tribus de los guarayos y chiquitos, fue trasladada a estos ámbitos cristianos. Aunque en vez de las aves, eran los ángeles, santos y mártires quienes presidían el cielo, rosay raso. Pinturas, estatuas y bajorrelieves se encargaban de dar volumen a las paredes, y el horizonte ya no era encierro, sino infinito. Los jesuítas invitaron a los indígenas a pasar al interior, donde nunca se sintieron extraños: esta fue la táctica adoptada por los religiosos, partidarios de adaptar las enseñanzas de Cristo a los ritos locales.

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