Embarcando hacia la Antartida

“La estación Mawson parece una terminal de contenedores en la que ha estallado una bomba”, dice alguien que no estaba muy equivocado. Es una mezcla de edificios nuevos y viejos, algunos de hace 35 años, y tuberías por todos lados. Hay cuerdas en varias partes (para asirse a ellas en caso de borrasca).
Dentro de los laboratorios la cosa es muy parecida al campo Davis. No es que aquí no se esté haciendo ciencia, pero los presupuestos son muy desbalanceados; se dedica mucho dinero al mantenimiento de la base y no tanto a los programas experimentales. Aún así, “si no fuera por los biólogos que vienen a estudiar los pingüinos, no habríamos tenido mucho de qué escribir”, comenta un veterano de más de 30 años en Antártida, “en los viejos tiempos, todos podíamos hacer de todo, ahora se necesita un especialista hasta para arreglar el aire acondicionado”. En el verano hay aquí 55 habitantes, en invierno 25. Las banderas de los edificios, indicando la nacionalidad, son de primera importancia, aunque los edificios estén juntos. Lo mejor sería reunir los presupuestos y hacer un programa internacional, pero la política es la política y eso no ha sido posible. Si fuera así, se podrían efectuar más programas de glaciología, geología y otras materias.
Hacemos nuestra última excursión y salimos ocho de nosotros en un vehículo para todo terreno, que es el medio principal de transportarse, mientras Diana Patterson, la líder del campamento, se despide.
Atrás de la estación se extiende el gigantesco pastel de hielo que constituye al continente. El piso, duro como roca, hace imposible caminar sin espolones de hierro.
Dos planos, uno blanco y el otro azul, separados por una bien marcada línea, el horizonte. Este es blanco y se conserva siempre arriba del nivel de los ojos, al frente. Un extraño poder emana de él, jalando al espectador; uno quiere ver después del horizonte, pero una vez que se avanza un poco, lo mismo, blanco sobre el nivel de los ojos. El piloto del helicóptero que nos acompañaba dijo que si uno está volando a 3,000 metros de altura sin instrumentos, podría perderse con el blanco y el azul interminables hasta el horizonte.
Los caminos están marcados con tambos de combustible y latas de cerveza clavados con varas de bambú; por su resistencia y flexibilidad, cuando hay nieve, son los reflectores perfectos para el radar.
Llegamos a una montaña, un retiro para descansar de la monotonía de la estación. De regreso, pasamos por donde está un viejo aeroplano ruso. Hace 20 años, tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia. Aún así habría podido volar de nuevo, pero un desertor checoslovaco lo atacó en repetidas ocasiones con su grúa dejándolo inservible. “La venganza de Praga”, lo llamaba él.
En cuanto al cuidado del medio ambiente, los australianos son un modelo ejemplar. Literalmente todos los desperdicios se regresan a Australia para disponer de ellos allá. Inclusive llegan al extremo de que, cuando salen de excursión, colectan sus excrementos en bolsas de papel
para quemarlos en la estación.
Caminé por última vez hacia el brazo Este, una península que se mete un buen trecho hacia el mar. En el extremo me senté a dar un útimo vistazo a los hielos, la explanada, y el océano helado.
Siguiendo las huellas congeladas de nuestro paso cuando entramos, llegamos de nuevo a la orilla del hielo y al mar abierto. Salí a cubierta para despedirme del lugar con la mirada. Estaba solo, ya nadie quería saber de la Antártida. Todos pensaban en regresar a casa. Pero aún faltaban 10 dias de camino.
La comunidad forzada que habíamos integrado las siete pasadas semanas se desintegraba. Los conflictos reprimidos empezaron a salir. El peorde todos, el cocinero. Quemaba la comida, y no sabíamos cómo habíamos sobrevivido a sus artes culinarias. Todas las pláticas se centraban en en el futuro.. Nadie mencionaba a la Antartida. Solo algunos pasajeros que regresaban con nosotros des-pues de haber permanecido 14meses
en el continente helado, se mantenían aparte. Tenían sus propios pensamientos. Ahora se tendrían que readaptar al mundo del tráfico, de las cuentas bancarias, de los extraños, del ruido. Ahora tendrían que rehacer sus vidas. El índice de divorcios entre los expedicionarios de la Antártida es muy alto.
Una vez más, la carta de navegación es el centro de la atención de todos. Se corren apuestas acerca de la fecha en que llegaremos.
El último día, subo a cubierta, hay algo diferente. Las montañas de Tasmania siguen detrás del horizonte , pero hay algo en el aire. ¡ El olor a madera! ¡Tasmania! Nos juntamos en la proa. Vemos en silencio conforme las nubes en el horizonte se convierten en montañas, conforme aparecen los valles, conforme pasa junto a nosotros un barco pesquero.
A las 21:30 horas, después de 57 días, el viaje más largo que ha realizado el’ Tcebird” termina cuando nos detenemos en el puerto de Hobart.

Viajar a la Antartida Argentina

Los pasajeros se dispersaron. Cada quien estaba atareado en sus actividades y completando sus programas: los geólogos se habían ido al Sur, los de los medios de comunicación trabajaban frenéticamente en la red de radio, estaban instalando un sistema vía satélite. Muchos de los “científicos” que fueron eran meros colectores de datos; los verdaderos científicos preferían quedarse a esperar en sus universidades para evaluarlos más tarde… desde lejos.
Pero hay labores que no pueden hacerse en forma automática. Hay que estar ahí para realizarlas, como el proyecto de Simón y Simón, dos biólogos que se dedicaron a marcar pingüinos y pesarlos, antes y después de comer, atrapándolos justo después que salían del mar y haciéndolos vomitar para analizar el contenido de sus estómagos. Su tarea era increíblemente cómica: vestidos con impermeables amarillos, perseguían a los pingüinos con una especie de red de mariposa para atraparlos.
A bordo otra vez los ánimos se encontraban en lo alto de nuevo. Otra nave, la “Lady Franklin” vendría pronto para llevarse 40 pasajeros a Hobart. La intriga comenzó: quiénes serían los 40 afortunados, era un misterio. Al final los vimos irse con el sentimiento de habernos quedado solos. Los recuerdos empezaban a impererar en el ambiente.
Horas después el barco daba tres llamadas para despedirse de la bahía Davis, las anclas arriba. Sobre la ruta señalamos en el mapa la posición de los hielos. Como un espejismo, los grandes picos brillan con la pálida luz a lo lejos. Luego de día y medio regresamos a la orilla del hielo fuera de Mawson.
Otra vez al viejo juego: hacia adelante y hacia atrás. Rrrrrummmmsh, psssst. Siempre lo mismo. Aunque esta vez hay más esperanza de poder llegar. Una bomba hidráulica rota nos cuesta otro día, pero ya traspasamos la etapa de tomar en cuenta el tiempo por días.
De pronto, algo se siente diferente. Tras largo tiempo de estar a bordo, hemos desarrollado un agudo sentido de los cambios en el sonido de los motores y las vibraciones del casco. Ya no echamos reversa. Caminamos directo de frente. En cosa de minutos, todos los pasajeros están sobre cubierta, todos sentimos el cambio. Despacio pero seguro el “Icebird” avanza a través de hielo delgado, derecho hacia la costa. Todos animamos al “Icebird”: “¡¡¡Adelante!!!… ¡¡¡vamos!!!…” alguien parado junto a mí brinca constantemente de alegría.
De repente ya estábamos ahí. Un mes después de nuestro primer arribo, la ocasión en que no pudimos pasar, entramos a la ensenada de la herradura. Dos horas después, el “Icebird” estaba anclado y a salvo, a tiro de piedra de la estación Mawson.
La siguiente mañana todo está cerrado y la estación es invisible a 50 metros del barco. La borrasca ruge desde la planicie y nos quedamos a participar en juegos de mesa. Veinticuatro horas después amanece un día brillante sobre la Antártida.

Aventura por la antartida

Un día después, desde la estación Davis, nuestro segundo puerto del itinerario, nos reportan condiciones de hielo favorables. Luego de 17 días de espera a las afueras de Maw-son todos nos rendimos.
Rrrrrruuuummmmmsh, pssssssst, Rrrrrruuummmmmsh, psssssst. El sonido del hielo rompiéndose. Rnrruumssssh. El sonido era diferente de pronto. Llegamos a tierra.
Pasaron horas en lo que el “Icebird’ ‘ rompía hielo en la bahía Davis cuando, ni a dos kilómetros de tierra firme y casi en la posición ideal, chocamos con las rocas. Nada poco usual en aguas de las que no existen mapas. Aunque las cosas no pintaban tan mal tres horas antes de la marea más alta del mes. Dos horas más tarde nos liberamos. Bombeando, y alejando con palancas de un lado a otro el hielo, la tripulación liberó a la nave. Por suerte el doble casco no sufrió daños.
Lo que comenzó como un desastre se convirtió en la tarde más memorable de todo el viaje. Ewald, siempre talentoso, bajó al agua el bote llamado “Chicken” y nos invitó a un crucero.
Para empezar visitamos la Isla Magnética, un santuario de pingüinos. Millones de pequeños individuos de la variedad “Adélie” (Py-goscelis adeliae) anidan ahí. La vista (y el olor) son tan asombrosos, que incluso olvidé tomar fotografías al principio. En tierra, estos animales no tienen enemigos naturales, así que vinieron corriendo hacia nosotros, inspeccionando las bolsas de las cámaras, husmeando las lentes. Tomó un buen rato darnos cuenta que estábamos sobre un cementerio gigante. Un santuario no es sólo un lugar para nacer, sino un lugar para morir también: el piso está formado de millones de cuerpos de miles y miles de generaciones de pingüinos.
Al regresar a la nave, nuestro curso lleva el mismo camino de un grupo de icebergs a la deriva. Ni un sonido perturba la total quietud; todos miramos asombrados el paisaje congelado alrededor. Algunos derraman lágrimas. La bebida caliente con que nos convidó Ewald ciertamente se suma a esta impresión, y todos nos damos cuenta que ésta es una experiencia que sólo se vive una vez en la vida.
El “Icebird” permaneció anclado a dos kilómetros de Davis. Las colinas Vestfold, donde se localiza esta base, son llamadas un “oasis” en terminología antartica: el término describe áreas libres de hielo, pues ahí no crece otra cosa que unos cuantos liqúenes y musgos. Estos lugares son raros en la Antártida: sólo el 2% del continente permanece sin hielo.
Eso quiere decir, algo así como 400 km2. Rocas y arena. El lugar es ideal para bases científicas, y santuarios de pingüinos, y elefantes marinos. Todos nos aglomeramos en las pocas áreas libres de hielo, las regiones “ideales”. En realidad, escasea la tierra en este solitario continente sin principio ni final.
Al siguiente día todos los pasajeros fuimos a tierra en el helicóptero. Para algunos, esto significaba tener tierra firme bajo sus pies por primera vez en 30 días.
La base Davis se parecía a los pueblos mineros del centro de Australia. Calles llenas de polvo, edificios rojos y verdes de aluminio. Tal como lo dispusieron los burócratas en Canberra, decidiendo desde tan lejos sin haber estado nunca ahí.
Guiados por la mano experta de un viejo experimentado de la Antártida, Rod Leadingham, un pequeño grupo recorrimos algunos kilómetros por la costa para ver los elefantes marinos. Después de algunas horas caminando entre las rocas y playas areno-
sas, encontramos algunos. Los primeros en arribar de las grandes manadas que llegarán en las próximas semanas. Son machos jóvenes, demasiado jóvenes para tener su harén. Llegan aquí para revolcarse en la arena “tibia”. Tres toneladas y hasta cinco metros de músculo y grasa. Nos miran con sus ojos inyectados como si fuéramos de otro mundo. Lo somos. Por lo general no se perturban con la presencia humana: en la estación los podíamos ver tiempo después acostados justo en medio del área de descarga, donde las grúas y camiones trabajaban 24 horas.
A bordo, la tripulación se acercaba al agotamiento total descargando provisiones día y noche.

Navegando en la antartida

Hay situaciones en las que ningún lugar del globo terráqueo es diferente, aun en las regiones más remotas. Así, hasta en la Antártida, los políticos son primero. Cinco miembros del Subcomité de la Antártida reservan su lugar. Su tarea: evaluar la posibilidad de llevar turismo y su probable impacto ecológico en el lugar una vez que se lleve a cabo. Con el tiempo, la mayoría de los otros pasajeros tiene éxito en sus intentos por ir a tierra aunque sea por unas horas antes de tener que volver al barco. Ahí se sientan con una vista panorámica del lugar, cada quien llevando a cabo sus programas.
Los estados de ánimo se han amargado desde hace tiempo. Más y más pasajeros critican a la Organización Antártida Australiana. No es fácil pasar por alto el hecho de que todos los viajes anteriores a Mawson se habían, llevado a cabo dos o tres semanas después del año, cuando el hielo se rompe con más facilidad.
Aún así, el “Icebird” debe llegar hasta Mawson forzosamente. Todo el combustible que utilizará la estación durante el siguiente invierno, está a bordo. La única alternativa sería evacuar la estación.
Los rumores entonces proliferan. “Regresemos”…, “iremos a otro lado”…, “vendrá un rompehielos”. Lo que llega en su lugar es una llamada de auxilio.
Se perdió una nave en ruta a un lugar cercano de aquí. “Si esto no hubiera sucedido, alguien lo hubiera inventado”, comenta Doug Thost, un geólogo que se pasó el verano en las montañas “Príncipe Charles” tierra adentro. “Cuando menos nos estamos moviendo”. La búsqueda del “Wilhaditurm” era la gota que derramó el vaso, lo que necesitaba Des Lugg desesperadamente para rompernos la moral. Por otra parte, esto demostraba de manera drástica el terrible aislamiento extremo en que nos encontrábamos. Esperar cualquier ayuda que pudiera llegar de fuera aquí, en el verdadero fin del mundo, sería ridículo. “Los trajes de supervivencia con que contábamos en nuestras cabinas, sólo prolongarían la agonía. Si cualquier cosa sucede, voy a saltar desnudo al agua”, indicó Peter Hadamek, el contramaestre. Su opinión no era para que se tomase muy a la ligera. Era uno de los pocos sobrevivientes del naufragio del “Kampen”, la nave hermana del “Icebird”.
El aislamiento se mostraba en forma gráfica en las cartas de navegación en el puente, donde estaba marcado nuestro curso —una delgada línea trazada sobre un gran mapa que mostraba una pequeña fracción del océano Indico—. El “Wilhaditurm”, por cierto, reapareció una semana después: habían mantenido su radio en silencio para no interferir con un “trabajo científico”…
De regreso a la orilla del hielo, los pingüinos hacen grandes aspavientos. Nos han reconocido tal vez. Mirarlos es casi nuestra única distracción. Todos los torneos: tenis de mesa, backgamoon, persecución trivia, vienen arrastrándose con nosotros. Ni uno solo ha llegado a terminarse.
La moral cayó y la tensión se elevó. Algunos pasajeros se quedan en cama todo el día, otros sobre cubierta por largas horas mirando el paisaje. La vida ha llegado a sus límites extremos: nos levantamos a las 11:30, comemos, dormimos la siesta, cenamos… los más energéticos tal vez jueguen una partida de tenis de mesa. Después, corriendo al bar, cuando el tiempo está en buenas condiciones, los bebedores salen a cubierta… luego que la provisión de 98 botellas de ginebra se ha agotado.
Casi no tenemos comunicación, nadie quiere hablar. Sólo el aparato de video se mantiene trabajando las 24 horas del día: “Top Gun” y “Co-nan” una y otra vez. Sueños de poder.
‘ ‘Siempre es el hielo el que te dice qué debes hacer, nunca es al revés”; expresando esto, Ewald, el capitán, sonríe. Un zona de baja presión se mueve hacia nuestra posición y levantamos anclas. Pasamos trozos de hielo del tamaño de pueblos pesando unos cuantos miles de toneladas. Incluso una nave como la nuestra podría quedar aplastada entre ellos en cosa de segundos. Echando vapor de un lado a otro, siempre por el mismo curso, nos mantenemos por un camino conocido. Después de todo, las aguas aquí son casi desconocidas para los cartógrafos.
Al siguiente día, Ewald trata de romper el hielo. Cuando menos lo intenta. Como si estuviera patinando en hielo con la nave, maniobra al “Icebird” un poco a la izquierda, un poco a la derecha, hacia adelante y hacia atrás, para dar lugar al hielo roto. En el transcurso de un día, ganamos un kilómetro. La mañana siguiente, el paso que habíamos abierto, está congelado de nuevo.

Viaje a la Antartida

El buque alemán “MV Ice-bird” (“Pájaro de Hielo”) es utilizado para llevar provisiones a las bases australianas en el Antartico durante los meses de verano en el Sur. Esta es la historia de uno de esos viajes. Todo comenzó en Hobart, Tasmania.
“Ya te acostumbrarás. Es cierto que se mece un poco”, expresa Werner Schlieker, el segundo de a bordo, sentado muy tranquilo en su silla del puente. A su alrededor brillan los despliegues digitales de números, radares y medidas gráficas en luces rojas y verdes. El piloto automático voltea la nave forzándola hasta 30 grados contra el ventarrón que sopla a su costado. “Los rompehielos se mecen, eso es todo”, murmura mientras continúa leyendo su libro.
Eso está muy bien, pero no me dice cómo podría dormir parándome de cabeza y luego de pie, alternadamente, aunque al final del día, eso ya no importa. Lo que importa es estar presente, aquí, a bordo del barco que se mueve con lentitud desplazándose por el sur del océano Indico hacia el menos accesible de todos los continentes: Antártida, con 100 pasajeros y 25 de tripulación, todos por cortesía de la División Antártida Australiana. Científicos, políticos, gente de la TV, soldados, obreros, mecánicos diesel, médicos y un filósofo, todos juntos a bordo del “Ice-bird” proveniente de Hamburgo con su tripulación alemana. El buque ha sido empleado año tras año para llevar provisiones y hombres a las bases antarticas australianas.
El tiempo pasa, y los días parecen hacerse más largos en la realidad misma y en nuestras mentes. Una página de notas garabateadas, un juego de tenis de mesa, y se siente uno agotado. Bajamos nuestro ritmo al de alrededor, a la monotonía. Los mismos cielos grises, los mismos mares grises, los mismos albatros.
Aún así nos seguimos aferrando a los viejos hábitos: mirar por la ventana, por ejemplo, sabiendo, pero sin darnos cuenta, que no hay nada en lo que podamos fijar los ojos.
Nuestros relojes internos se deterioran. Todos duermen hasta muy tarde. Los días comienzan a la hora de comer, y terminan a las 3:00 de la mañana. Sólo la tripulación del barco se apega a los horarios establecidos: en el puente, el cambio de guardias es cada 4 horas. La tripulación, trabaja en turnos de 8 horas.
Las noches en el bar de nombre “Stoppy’s” transcurrían una tras otra. Era el centro de gravedad de la nave después de la cena. La conversación, con ginebra y agua de quina, era sobre las expectativas de las cosas que pasarían, el sentimiento de estar encerrado en esa “lata” de 109 x 19 metros, improvisando temores disfrazados de palabras amables, tratando de conocernos mutuamente. Eramos un grupo de muchos individuos, y no un equipo homogéneo, acercándonos a la costa más remota en nuestro planeta.
Luego, un día de tormenta, aparece el primer iceberg ante nuestros ojos. “Alarma Kodachrome” le llamó Tim Bowden, un radiorreportero australiano, llamándonos a ver la escena. Cien cámaras fueron disparadas al espejismo blanco que se hallaba a kilómetros de distancia.
Se acercaban más y más mientras pasaban los días. Como imágenes de una escena teatral del pasado, se veían con una perspectiva en dos dimensiones únicamente. No había puntos de referencia, nuestra percepción de los tamaños no asimilaba el de los icebergs, muchas veces de kilómetros de largo.
Luego llegaron las corrientes de hielo. Conforme crecían, la velocidad del barco disminuía. Entonces, cuando un gran trozo pasó rozando un costado del “Icebird”, todos salimos a cubierta con rapidez. Un iceberg. Los gigantescos monstruos blancos nos rodeaban, brillando en la escasa luz del sol de medianoche.
Una y otra vez, la quilla del “Icebird” empuja rompiendo el hielo. La nave completa vibra, y se detiene un poco. Luego, el peso de 7,000 toneladas rompe el hielo otra vez, rajándolo con la velocidad de un rayo. Algunos trozos resultantes pasan por un lado y otros por debajo del casco. Con un rugido oscuro, todo se va resquebrajando a través de la superficie con apariencia de gelatina: el agua de mar casi se congela a
menos dos grados.
Los pingüinos y las focas se sentaban sobre los trozos grandes de hielo, mirando al gran monstruo rojo brillante que irrumpía en su mundo con 5,400 caballos de fuerza. Un extranjero gaudiano en su planeta. Sobre la loma de un iceberg inclinado, un grupo de pingüinos mira el agua sin cesar: las ballenas asesinas, sus peores enemigos, patrullan la orilla vigilando sus bocadillos.
Mirando en silencio, todos los pasajeros están en cubierta. Parece casi una blasfemia penetrar este mundo, como entrando a una dimensión desconocida. “Nosotros no pertenecemos a esto”, dice alguien al micrófono de Tim, sin quitar los ojos de la escena. Con excepción del ruido del hielo al romperse y un ocasional sonido emitido por los pingüinos, nos rodea el silencio total. Mientras la luz en los icebergs se vuelve cada vez más surrealista, nos vamos acercando al continente antartico.
“Hasta aquí”, manifiesta Roger Rúsling, el tercero de abordo, mientras apaga el motor y se recuesta sobre su silla en el puente. Había estado llevando la nave a través del hielo en las últimas horas. Ahora ve la situación que nos esperaba por delante: hielos rápidos, una masa blanca compacta, desde aquí hasta la costa. Los desplegados digitales mostraban los datos de nuestra localización: 3,161 millas náuticas de Hobart, 67° 05′ Sur, 62° 56′ Este, Olh 50′ tiempo local. “WP 1, 30 NM” se leía en el sistema de navegación por satélite. Esto significaba que estábamos a 30 millas náuticas de nuestro destino, a escasos 54 ki-lómetros de Ifawson, nuestro primer puerto propuesto. Y entre nosotros, nada. Sólo el hielo.
El límite del hielo. En las semanas subsecuentes tendría para nosotros un significado casi mágico. Se transformaría en nuestro objeto de furia, odio y desesperación. Estábamos en
una situación similar a la de las primeras expediciones. Mañana, o con seguridad un día después, navegaríamos con tierra a la vista.
Más tarde, ya era visible. En el aire cristalino y puro, tras la estación Mawson, se levantaban el monte Henderson y el monte Rumdoodle, a 70 kilómetros de distancia.
La mañana siguiente a nuestro arribo el ambiente se torna en una especie de fiesta. Todos estamos contentos, esperando ir a tierra.
Esto cambió rápidamente cuando el capitán Ewald regresa de un vuelo de reconocimiento en helicóptero: “Olvídenlo, hay hielo sólido de aquí a la bahía”, señala. A pesar de
esto, el correo y los primeros pasajeros llegan a la bahía volando, sólo para regresar algunas horas después.
El jefe de la estación se negó a permitir que alguno se quedara a pasar la noche en la base. Aun Sandra Fahey, la esposa de un expedicionario, tiene que volver. Ha ganado el viaje anual del “Club de las Esposas Antárticas”, para ver a su esposo que estaría un año allí. Ahora tuvo que regresar al barco.
Llegó el momento de la intriga. Des Lugg, el líder de viaje, se ahoga en peticiones e intensos esfuerzos de nuestra parte por un lugar. Todos queremos ir a tierra, pero llevar en el helicóptero a 100 personas ida y vuelta al día una distancia de 54 kilómetros queda descartado.