EL “MUNDO AL REVÉS” DE LOS JAPONESES

EL “MUNDO AL REVÉS” DE LOS JAPONESES
Los japoneses escriben y leen de arriba hacia abajo, pero… de derecha a izquierda. Los títulos de los artículos y reportajes se ubican a la derecha de la página, y las notas del editor en la parte superior de ésta. Al entrar en las casas, no se quitan el sombrero, sino los zapatos. Y son las mujeres las que les abren la puerta a los hombres para que éstos pasen primero, en vez de ser a la inversa, como en el mundo occidental. Por añadidura, en japonés se responde con un “sí” cuando se quiere decir que “no”. Por ejemplo: si a un japonés se le pregunta “¿No quieres comer?”, y responde “Sí”, lo que querrá decir es que si es cierto que no quiere comer.
Todas estas peculiaridades tal vez hagan pensar a algunos occidentales que el pueblo japonés es terriblemente difícil de entender. Sin embargo, estas diferencias son superficiales y hasta intrascendentes si se las compara con los muchos puntos que tiene en común con los demás pueblos civilizados del resto del mundo. Así, por ejemplo, la contaminación atmosférica de Tokio supera con creces a la de cualquiera de las grandes urbes occidentales, al extremo de que los policías de la capital en ocasiones se ven precisados a usar máscaras antigases para dirigir el tránsito en las zonas más céntricas; de otro modo no resistirían respirar durante horas el aire viciado por las emanaciones industriales más el monóxido carbónico que expiden los millones de vehículos motorizados que transitan por sus calles. Por lo demás, los japoneses continúan siendo extraordinariamente sensibles a la belleza física y espiritual. Aman la poesía, los jardines hermosos, la pintura, y la música… todo tipo de música, ya sea la tradicional o la que llamamos occidental. Los japoneses han demostrado al mundo que son profundamente sensibles y que están sinceramente preocupados por ideas y actitudes que constituyen ejemplos fehacientes de lo que el ser humano es capaz de lograr con la motivación debida, con disciplina, esfuerzo y trabajando en un clima de paz absoluta que le permita concentrarse en las verdaderas metas que desea alcanzar.

EL JAPON COMIENZA A OCCIDENTALIZARSE

EL JAPON COMIENZA A OCCIDENTALIZARSE
Los historiadores señalan el año 1543 como aquél en que los primeros europeos arribaron a las costas niponas. Lo hicieron a bordo de una nave portuguesa y, característicamente, la reacción de los japoneses no fue precisamente la de dejarse impresionar pasivamente por los adelantos que exhibían aquellos extraños que llegaban “del otro lado del mar”. De inmediato, se dedicaron a estudiarlos en todos sus detalles, y no tardaron en comenzar a fabricar sus propias armas de fuego, copiando a las que les habían presentado.
En cuanto al cristianismo, éste recibió inicialmente del Japón la misma acogida positiva que antes había dispensado el país al budismo original y luego al Zen. Sin embargo, la excesiva rigidez dogmática de los primeros misioneros cristianos antagonizó a los japoneses quienes estaban acostumbrados a aceptar y practicar las doctrinas que venían del extranjero, pero a su manera. El resentimiento que despertaron los frailes franciscanos y dominicos culminó en la expulsión de éstos, con el pretexto de que eran “agentes de las naciones coloniales europeas”.
Sin embargo, el Japón no cerró del todo sus puertas al contacto con el hombre blanco. A los holandeses que se habían establecido en la isla de Deshima —frente a Nagasaki— se les permitió permanecer allí, y de ese modo Deshima se convirtió en una especie de estación retransmisora a través de la cual pasaban al Japón los últimos adelantos de la cultura occidental. Los intelectuales japoneses viajaban a la isla para aprender el idioma holandés y tener así acceso a los tratados europeos de Medicina, Estrategia Militar, Biología, Arte y Literatura. Pero los peligros de permitir un activo intercambio comercial y cultural con naciones empeñadas en aventuras imperialistas no escaparon a la fina intuición japonesa, y la colonia de Deshima constituyó, durante mucho tiempo, la única excepción a la política de autoaislamiento que había adoptado el país.
Por su parte, las potencias occidentales habían descubierto también el enorme potencial mercantil que latía en aquel archipiélago, y durante el siglo XIX emprendieron una campaña en el terreno diplomático dirigida a lograr que el Japón cambiara su política de aislamiento por la de puertos abiertos. No fue hasta 1853 que el comodoro norteamericano Matthew Perry forzó a los japoneses —a punta de los cañones de la flotilla que tenía anclada en la bahía de Yokohama— a abrir sus puertos a las naves norteamericanas.
La forma humillante en que se arrancó al Japón este privilegio, tuvo el doble efecto de provocar profundo malestar entre la población y, al mismo tiempo, de poner en evidencia la franca desventaja social, económica y militar en que se hallaba el país frente a las modernas potencias que estaban surgiendo en el occidente. Las reformas, pues, se hacían imperativas, y los japoneses no vacilaron en acometerlas. El adiestramiento del ejército nipón se occidentalizó por completo, relegándose definitivamente a los samurai al rol de meros símbolos de una tradición ya obsoleta desde el punto de vista práctico. El feudalismo económico se fue erradicando paulatinamente. Se asimiló la religión shintoísta y se le dio preeminencia sobre el budismo, utilizándosele como instrumento ideológico para unificar al país. Y, ya por último, el gobierno se reestructuró sobre la base de una carta fundamental (1889) —la primera del país— inspirada en la constitución prusiana.
Así, al comenzar la última década del siglo XIX, se incorporaban los japoneses a la comunidad de naciones modernas, y la prueba más dramática y convincente de ello no se haría esperar. Primeramente emprendieron guerras de conquista en Corea, China y Formosa, y
triunfaron en las tres, con lo que se establecieron en el panorama del este asiático como nueva e importante potencia expansionista y, a la vez, sometieron a prueba su nueva maquinaria bélica occidentalizada.
Pero la prueba suprema lo fue la gran batalla naval librada en 1894 frente a Lushun —llamada entonces Puerto Arturo—, en la que la armada japonesa se enfrentó nada menos que a la flota del Báltico de la Rusia imperial, y la derrotó de
manera tan aplastante y decisiva que muchos historiadores consideran que esa batalla es el punto inicial del proceso que, veintitrés años más tarde, culminaría con la caída del régimen zarista surgía así el Japón, ya no sólo como nación preponderante a nivel regional, sino como potencia capaz de enfrentarse militarmente con cualquiera de los colosos occidentales. Lamentablemente, el auge que alcanzó el militarismo japonés a partir de la victoria de Puerto Arturo conduciría a la larga a ese cataclismo de manufactura humana que fue la segunda guerra mundial.

LA CULTURA JAPONESA

LAS INFLUENCIAS QUE PERFILARON LA CULTURA JAPONESA: EL PERIODO CHINO.
La mayoría de los historiadores señala el año 666 a.J.C. —precisamente la época en que la Grecia clásica alcanzó su máximo esplendor— como aquél en que comenzó a integrarse el grupo étnico que hoy constituye el pueblo japonés. Fue en ese año que el legendario Simmu Tenno llegó a las islas niponas al frente de un pueblo que procedía del nordeste asiático. Estos invasores comenzaron inmediatamente a mezclarse con los ainos, misterioso pueblo integrado por individuos velludos y de piel blanca que ya habitaban el archipiélago. Simmu Tenno se proclamó entonces monarca de las islas, fundando así la primera dinastía imperial japonesa.
En los inicios de la era cristiana, nuevos colonos procedentes del norte de lo que es hoy China, arribaron a las costas japonesas, llevando consigo las innovaciones propias de la edad de bronce del este asiático. Lejos de resistir la introducción de esta nueva cultura, los nativos del archipiélago la aceptaron y asimilaron con entusiasmo. Lo mismo hicieron alrededor de un siglo más tarde —hacia el año 108— al adoptar los implementos que aparecieron con la edad de hierro.
A mediados del siglo VI de nuestra era, el soberano de Paek-che —reino situado en territorio de la Corea actual— envió al emperador japonés la imagen de Buda, acompañada de varios escritos sagrados, y del mensaje de que aquélla era “la religión del mundo civilizado”. El emperador aceptó tanto el obsequio como la prédica que venía con él, y el budismo no tardó en convertirse en la religión oficial del imperio. Sin embargo, y a diferencia de las demás regiones asiáticas en que se practicó, la doctrina budista no adoptó en el Japón un carácter exclusivamente religioso y ritualista. Los japoneses la transformaron en una filosofía de la conducta, cuyas normas ensalzaban muy especialmente la autodisciplina, la meditación y los buenos modales, así como las artes marciales.
En el año 604, una nueva teoría religiosa enriqueció la versión japonesa del budismo: la de Confucio, con su énfasis en la armonía estética entendida en su sentido más amplio, es decir, abarcando no sólo la belleza física, sino también la espiritual, la que se lograba llevando una vida decorosa y dedicada al cumplimiento del deber. Esta filosofía dio gran impulso en Japón al cultivo de las artes.
A principios del siglo VIII se implantó en Japón la escritura china, la que había servido hasta entonces de vehículo de difusión para las doctrinas budistas contenidas en los sufras o libros sagrados. Esta innovación llegaría a adquirir una importancia crítica para los estudiosos del Japón, ya que fue a partir de ella que se inició la compilación de datos sobre la historia de su pueblo. También la adopción de su sistema de escritura marcó lo que pudiéramos llamar el ”período chino” en la evolución de la cultura japonesa, va que, durante los siete siglos que siguieron, ésa fue la influencia extranjera que más se hizo sentir en todo el archipiélago, tanto en el aspecto espiritual como en el material.
En el siglo X, los japoneses asimilaron una nueva versión del budismo que había surgido en el sur de China bajo la dinastía Sung: el Zen, el cual abrió nuevos v amplios horizontes tanto a los intelectuales nipones como a los sectores militares, ya que los sacerdotes Zen eran sumamente diestros en el manejo de la espada: pronto sus técnicas de esgrima comenzaron a ser favorecidas sobre la tradicional de los samurai japoneses.
Otro importante aporte de los sacerdotes Zen a la cultura nipona fue la introducción del diario ritual de la toma del té. Este se preparaba y practicaba con un ceremonial tan minucioso detallado que contribuyó no poco a desarrollar en los japoneses el espíritu disciplinado y perfeccionista, y la preocupación por los detalles que los caracterizan aún hoy, y que siempre han constituido a su vez factores importantísimos en su progreso industrial y económico.

LA GEISHA YA NO REPRESENTA A LA MUJER JAPONESA

LA GEISHA YA NO REPRESENTA A LA MUJER JAPONESA
Contrariamente a la idea tan generalizada en el mundo occidental, las geishas no son prostitutas, sino mujeres de gran sensibilidad y cultura a las que se entrena desde pequeñas en el arte de hacer que el hombre se sienta bien. Este adiestramiento es tan completo y esmerado que hay quienes lo comparan con el estudio de una carrera universitaria, y entre las aptitudes que tienen que aprender y cultivar las aprendices, figuran las de entonar embrujantes canciones, acompañándose a sí mismas con el semi-sen (un instrumento de cuerdas de origen ancestral); narrar relatos placenteros; y dar masajes que vigoricen al hombre y calmen en lo posible, la tensión nerviosa que pudiera aquejarle.
Sin embargo, la profesión de la geisha está decayendo, y cada día son menos las jóvenes que escogen esta “carrera”. A pesar del celo con que los japoneses guardan sus costumbres, algunas tradiciones tienen forzosamente que debilitarse bajo el empuje del progreso, y ya las geishas comienzan a lamentarse de la creciente preferencia de los hombres por las discotecas más bien que por las casas de té. Las propias jóvenes, por su parte, también se muestran hoy más atraídas por las sonoras guitarras eléctricas que se utilizan en las bandas de rock que por el tradicional semisen de las geishas.
Ya observamos que, aunque la ley japonesa actual les confiere a las mujeres absoluta igualdad con el hombre, esta igualdad no ha pasado aún de constituir una declaración altisonante en los textos legales. En las universidades, en efecto, hay aún una abrumadora mayoría de estudiantes varones, y las pocas mujeres que han terminado carreras universitarias acaban, en la mayoría de los casos, por emplearse como oficinistas, o casándose y dedicándose por entero al hogar y a los hijos, en la misma forma en que lo hicieron antes sus madres y sus abuelas
En las áreas rurales del Japón, la tradición es aún fuerte, y los hombres se muestran mucho más renuentes a permitir que se menoscaben sus prerrogativas tradicionales. Esto ha dado lugar a un éxodo masivo de las mujeres hacia las grandes ciudades, reduciéndose a tal punto la población femenina en el campo que el problema comienza a tomar proporciones de crisis. En la zona de Hokkaido, por ejemplo, ocho mil hombres casaderos que no veían la menor posibilidad de encontrar pareja en la comarca y sus inmediaciones, decidieron buscarlas mediante una campaña publicitaria efectuada a través de los periódicos, de panfletos, y hasta de agencias turísticas. Pero el plan fracasó, debido sin dudas a lo exigentes que se mostraron los solicitantes en el anuncio. Decía así el aviso en cuestión: “Se necesitan ocho mil novias para ocho mil solteros. Las candidatas han de estar dispuestas a trabajar duro en el campo y en la casa, a cocinar, a preparar el baño del esposo, y a tener muchos hijos. Deben ser dóciles y respetuosas con la familia del esposo, hablar japonés con fluidez, y gustarles pasar los inviernos en la casa. Pasaje de ¡da gratis para las elegidas. Llenar su solicitud en el Buró Campesino de Novias de Hokkaido”.
Para una japonesa, alcanzar una posición ejecutiva en la empresa privada requiere un enorme esfuerzo y una tenacidad inquebrantable. Algunas lo han logrado, pero constituyen la célebre excepción que confirma la regla general: la de que los altos niveles profesionales y de administración corporativa siguen siendo dominios casi exclusivamente masculinos. De hecho, la mayoría de los hombres que ocupan altos cargos en la gerencia de los grandes conglomerados industriales, tiene una edad promedio que oscila entre los 50 y 60 años, y su generación se formó conforme a la vieja máxima japonesa “danson johi!”, que quiere decir “respetar al hombre y despreciar a la mujer”. No es extraño, pues, que les resulte terriblemente difícil —por no decir imposible— aceptar como iguales a las mujeres dentro de su círculo. Las pocas a las que se ha permitido alcanzar cargos ejecutivos, por lo general no asumen responsabilidades importantes ni toman decisiones respecto de la política y operaciones de la empresa. Más bien se les encomienda el entrenamiento de las secretarias y oficinistas, y otras tareas de menor envergadura, que no constituyan competencia directa para los hombres.

La sociedad japonesa

LA ESTRUCTURA SOCIAL JAPONESA: A TONO CON EL PASADO Y CON EL PRESENTE
Los japoneses conservan y protegen celosamente los conceptos de la familia y del clan y, dentro de éstos, el régimen paternalista, aunque de acuerdo con su flexibilidad característica, han permitido pro-
fundas modificaciones de estas estructuras sociales a fin de hacerlas compatibles con las circunstancias del presente. Los miembros de la familia japonesa, en efecto, se agrupan sólidamente en torno a la figura del padre, pues entienden que este sistema es el que más propicia el respeto a las tradiciones por parte de la juventud. No obstante esta arraigadísima costumbre, la actual constitución japonesa, promulgada después de la guerra, no sólo confiere a la mujer el derecho del sufragio, sino que le reconoce igualdad absoluta con el hombre ante los ojos de la ley. Y, si bien es cierto que, en la práctica a las mujeres japonesas les falta mucho por andar para hacer de estos derechos una realidad; tiempo hace ya,que vienen notándose síntomas inequívocos de la tendencia a la emancipación femenina definitiva: las jóvenes de Tokio, Yoko-hama y demás grandes ciudades, han cambiado el abanico con que tradicionalmente echaban fresco a los hombres por el radio de transistores; el tradicional kimono por la minifalda y los hot pants; y los pesados chanclos de madera por las altas botas de vinilo de los diseñadores occidentales.
Entre los rasgos temperamentales japoneses que han contribuido en gran medida al desarrollo de su país en los campos económico e industrial, figuran su meticulosidad y su arraigado sentido del trabajo colectivo. Aunque, sin duda alguna, el japonés es sumamente laborioso, la realidad es que, en términos de horas laborables, su jornada es igual, si no más corta, que la de muchos otros pueblos asiáticos. El secreto de su espectacular productividad radica en la eficiencia de su trabajo, la cual es a su vez producto de su disposición para coordinar su labor individual con la de sus compañeros en la producción. En la línea de ensamblaje de las grandes fábricas, los japoneses son probablemente más disciplinados que ningún otro pueblo del mundo, y se despojan por completo de todo desvarío individualista, al extremo de castigar a cualquier infractor con una especie de ostracismo social dentro del recinto laboral que resulta incluso más temible y efectivo que cualquier medida disciplinaria por parte de la gerencia, sin excluir al despido. “El clavo que sobresale tiene que ser martillado”, dicen los japoneses, y esta filosofía les ha permitido colocarse en una posición sumamente ventajosa en lo que se refiere al rendimiento de su labor.
El japonés es extraordinariamente sensible a la crítica provocada por el incumplimiento de sus deberes, sea cual sea el campo en que éstos se desarrollan, y su sentido del honor se extiende de lleno a este aspecto de la conducta. Una trágica prueba de esto la constituye el altísimo índice de suicidios que se registra entre los estudiantes en general, y muy especialmente entre los de secundaria, quienes prefieren perder la vida antes que a-frontar el bochorno de los reproches de sus familiares si han recibido malas calificaciones en la escuela.
Es en este horror a las críticas que puede hallarse el origen del arraigado sentido colectivista del pueblo japonés, el cual no le viene impuesto por ninguna norma escrita, sino por la tradición. A través de los siglos, el japonés ha tenido que luchar contra un medio natural relativamente adverso, que le ha planteado serios problemas de supervivencia. Ha aprendido así a trabajar en forma coordinada y armoniosa con sus semejantes, y tal vez gracias a ello es que ha sido capaz de sobrellevar el enorme problema que representa actualmente la superpoblación: 113 millones de habitantes en un archipiélago de menos de 378 mil km.
El excesivo individualismo pugna con el carácter japonés hasta el punto de que, en ese idioma, se considera de pésimos modales el uso repetido del pronombre “yo”, a pesar del hecho, aparentemente contradictorio, de que el citado pronombre tiene en japonés nada
menos que 93 formas distintas. En realidad, éstas se utilizan para denotar la posición social del que habla, otra muestra de la importancia que entre los japoneses tienen la jerarquía y la autoridad.

Desarrollo del pueblo Japones

LOS JAPONESES ARMONIZAN LO TRADICIONAL CON LO MODERNO, LO NACIONAL CON LO FORÁNEO
No es fácil dar nombre apropiado a esa especial cualidad del pueblo japonés que le permite desarrollarse con tanta rapidez. Tal vez la palabra que mejor la describa sea sincrasis, la que el diccionario define como “el poder de fusionar elementos diversos en un todo nuevo, revitalizado y poderoso”; es decir, la aptitud de integrar, con los factores más disímiles, nuevos vehículos de progreso. Esta sincrasis de los japoneses se manifiesta no sólo en el orden tecnológico, sino también en el cultural. Así, por ejemplo, el ejecutivo típico de un gran conglomerado industrial japonés pasará el día vestido de cuello y corbata, como cualquier occidental, ocupado en resolver complejísimos problemas de producción, costos y mercadotecnia; pero, por la noche, es probable que asista a una función de teatro kabuki, en la que se presentará algún drama romántico japonés prácticamente en la misma forma en que se hacía en el siglo XVIII.
A un visitante no le sorprenderá asisitir a una típica ceremonia nupcial celebrada al estilo tradicional japonés y oficiada por un sacerdote shintoísta. Su asombro comenzará cuando le informen que el local en que se efectúa la boda es el salón de recreo para los empleados de un planta manufacturera ultramoderna; que los novios se conocieron a través de un servicio compu-tarizado mantenido por el departamento de personal de la empresa para buscar pareja a sus trabajadores; y que los contrayentes abandonarán el salón, una vez concluida la ceremonia, no entre las sonoras notas de una exótica melodía japonesa, sino a los grandiosos acordes de la marcha nupcial de Félix Mendelsohn, interpretada por un vibrante órgano electrónico.
En lo que se refiere a los gustos musicales de los japoneses, los amantes de este arte han podido notar cómo en los últimos diez años el número de solistas instrumentales japoneses que se presentan en las salas de concierto más renombradas del mundo —interpretando composiciones del repertorio clásico occidental— ha aumentado asombrosamente. Y es que los japoneses, seguidores de una tradición musical propia y típicamente oriental, tampoco han querido permanecer ajenos al genio de Beethoven, Chopin y Mozart. Una de las más poderosas empresas electrónicas del Japón —la Hitachi— patrocina su propia orquesta sinfónica, considerada como una de las mejores del país, e integrada totalmente por miembros voluntarios de su personal. La Orquesta Filarmónica del Japón se está acreditando rápidamente como uno de los mejores conjuntos de su clase, y sus grabaciones ya están en el mercado bajo la prestigiosa etiqueta fonográfica de Nonesuch Records. Este empeño japonés en dominar también el mundo de la música occidental tal vez tenga su expresión más destacada en la persona de: Seiji Ozawa, quien actualmente dirige la Orquesta Sinfónica de Boston, una de las más importantes de América y del mundo.
También en la escritura se manifiesta la habilidad de este pueblo para combinar lo foráneo con lo nacional en un todo dinámico y funcional. Los caracteres que usan regularmente los japoneses son los ideográficos del ancestral alfabeto chino, a los que llaman kanji. Pero como hay sonidos netamente japoneses —principalmente aquéllos en que figura el de la “rr”— que no pueden expresarse en kanji, lo hacen mediante un segundo sistema de escritura denominado hira-gana. En cuanto a los extranjerismos (con excepción de los de origen chino, que se expresan, lógicamente, en kanji), estos se escriben en un tercer sistema llamado kata-kana. Nuestro alfabeto romano
constituye el cuarto y último sistema, y se usa, entre otras cosas, para enseñar a los occidentales la forma oral del idioma japonés, mediante una fonética en la que las vocales tienen los mismos sonidos que en español, mientras que las consonantes se pronuncian en forma parecida a la del inglés.
Esta facilidad para conciliar lo que para muchos resulta inconciliable la manifiestan los japoneses aún en materia de religión, hasta el punto de que para ellos resulta perfectamente normal pertenecer a dos religiones al mismo tiempo. Un japonés puede ser, por ejemplo, budista y shintoísta, o incluso shintoísta y cristiano a la vez, sin atormentar su espíritu con las contradicciones reales o aparentes que pueda haber entre ambos credos. Simplemente toman de cada uno los valores que consideran más importantes para su desarrollo espiritual, y los cultivan y practican con la mayor seriedad y honradez.
La otra cara de la moneda de esta facilidad sintética de los japoneses la constituye la preservación de las tradiciones de su cultura milenaria. Y, en este sentido, ninguna institución japonesa es más reveladora que la de darles a ciertos individuos la categoría de verdaderos monumentos nacionales vivos. Los escogidos para este alto honor son aquéllos que se han distinguido en las artes antiguas, tales como la artesanía, el tejido, la forja de espadas, e incluso el manejo de los títeres. Se les da el título oficial de Pilares de las Propiedades Intangibles Importantes, el que va acompañado de una subvención estatal para que puedan dedicarse a la práctica y enseñanza de sus valiosos oficios, a fin de que éstos no desaparezcan bajo la influencia de la producción en masa de la industria moderna, y puedan ser conocidos y practicados por las generaciones futuras.

Caracteristicas de los japoneses

Si como afirman los sicólogos, no sólo existen diversas formas de inteligencia, sino también “inteligencias colectivas” que caracterizan a los pueblos y naciones, no cabe duda de que los japoneses están dotados de una de las modalidades más provechosas del desarrollo intelectual: la de asimilar los adelantos tecnológicos y culturales de los demás pueblos, perfeccionarlos, y luego competir ventajosamente con sus creadores originales, no sólo al aplicarlos al mejoramiento de la vida nacional, sino también al venderlos en el mercado de exportación. Esta cualidad —combinada con su propio genio creador y su extraordinaria laboriosidad— se ha manifestado en más de una ocasión a lo largo de la historia del pueblo nipón, pero nunca como en las tres décadas transcurridas desde la terminación de la segunda guerra mundial.
Ante las abrumadoras pérdidas sufridas en la conflagración —tanto en vidas como en riqueza material— los japoneses tenían que escoger entre dos caminos: o se mantenían estáticos, lamentando estérilmente la destrucción de su país, o se unían en un esfuerzo supremo para hacerlo resurgir de sus propias cenizas y reconstruirlo.
Fue típico de su temperamento que eligieran el segundo, y el resultado salta a la vista. En 1945, el Japón era no sólo una nación vencida, sino arrasada por la más cruenta conflagración de la historia, devastación que, en su caso, se vio agravada por el espanto de los dos únicos bombardeos nucleares no experimentales que han tenido lugar hasta el presente. Pero en 1964, apenas transcurridos veinte años desde su rendición incondicional, Tokio, la capital japonesa, al servir de sede a los juegos olímpicos cuatrienales, le mostraba al mundo el “milagro japonés”, el más asombroso prodigio económico de todos los tiempos: el Japón era de nuevo una potencia de primer orden, con una economía tan sólida (o más) que la de cualquier nación capitalista del mundo occidental. Las fábricas en ruinas, más que reconstruirse, se habían multiplicado, y de ellas salía la mayor producción de buques mercantes del mundo; la segunda de vehículos de motor; y la tercera de acero por citar sólo tres renglones importantes.
Seis años más tarde, los miles de personas que visitaron el pabellón japonés en la feria exposición Expo ’70, celebrada en Montreal, Canadá, pudieron comprobar que el imperio del Sol Naciente, en el término relativamente breve de veinticinco años, había transformado una aplastante derrota bélica en una extraordinaria victoria industrial y comercial.

TAMBIÉN HAY EQUIPOS PESADOS “HECHOS EN JAPÓN”
La aptitud japonesa para la manufactura no se limita a la de radios de transistores, cámaras fotográficas, y otros equipos pequeños de precisión. De sus astilleros salen hoy en día los más grandes cargueros y buques tanques que cruzan los mares, como el gigantesco Olympic Athlete, que fue construido a un costo de 14 millones de dólares para el desaparecido magnate naviero Aristóteles Onassis, y cuyo desplazamiento alcanza más de 216 mil toneladas.
Los japoneses no sólo fabrican grandes barcos para los demás, sino también para sí mismos. En 1976 (último año para el que existen estadísticas definitivas), su flota mercante desplazaba un total de más de 41 millones de toneladas netas, y en sus bodegas se transportó una buena parte de la infinidad de automóviles, camiones, televisores, equipos de alta fidelidad, y demás productos industriales con que actualmente inunda el Japón el mercado de consumo en los más apartados rincones del planeta.
Normalmente, sería de esperar que un país tan superpoblado como el Japón —y en el que, por añadidura, la tierra cultivable es relativamente escasa— viviera en un estado de crónica pobreza y constantes crisis económicas. Pero los japoneses son los japoneses. Su extraordinaria productividad le ha dado a la nación una reserva de divisas equivalente a más de 17 mil millones de dólares y —según las cifras de 1976— un mercado de exportación que asciende a unos 67.275 millones de dólares. Aun más extraordinario resulta el hecho de que, paralelamente a los vastos complejos industriales, a las megalopolis cada vez más numerosas y crecientes, a los pozos petroleros, y a las múltiples minas de carbón, cobre, hierro, estaño y otros metales, florezca una producción agrícola y ganadera que es modelo para el mundo entero.
Las estadísticas no sólo reflejan la grandeza económica y comercial de los japoneses, sino también la naturaleza y magnitud de sus aficiones. Entre éstas figura en primer término la lectura, como lo evidencia el hecho de que, actualmente, se publiquen en Japón 180 diarios, así como 6.241 revistas y otras publicaciones periódicas no diarias, mientras que —en 1974 solamente, último año en que las estadísticas de este tipo son ya definitivas— se imprimieron 32.378 libros. Igual que en el resto del mundo civilizado, la palabra escrita compite ferozmente por el favor de los japoneses en sus horas libres con la televisión, la que ya cuenta, en conjunto, con un total de más de 4 mil telemisoras en todo el país.