Tell Mardikh

LA VERDADERA TRASCENDENCIA DE EBLA.
En cuanto al profesor Matthiae, el mismo deplora el furor especulativo que en el campo teológico han desatado sus hallazgos. No hace mucho, declaró lo siguiente: “La prensa internacional ha exagerado enormemente las relaciones más o menos indirectas que puedan existir entre Ebla y la Biblia, eclipsando la verdadera trascendencia del descubrimiento de aquélla. Esto se debe a la gran importancia que tiene el Antiguo Testamento para los protestantes y judíos, y en esto me refiero especialmente a la perspectiva de la prensa de los Estados Unidos. En realidad, como lo subrayó claramente un diario tan importante como el Times de Londres en una entrevista conmigo, la verdadera importancia del descubrimiento de Ebla es histórica. Hay dos maneras de enfocar la arqueología del Medio Oriente antiguo. Una es más corriente que la otra, pero, por desgracia, totalmente equivocada, y es la de contemplarla con la Biblia como trasfondo. Los norteamericanos tienden a referirse a todo ese período como ‘los tiempos bíblicos’, y ése es un punto de vista que obliga a contemplar toda la historia en la perspectiva de una concepción de tipo religioso. A los eruditos europeos, ésta les resulta una forma sumamente extraña de ver las cosas. “Si consideramos la historia del
Medio Oriente antiguo con una perspectiva laica”, añade el científico, “veremos que Ebla fue el asiento de muchos acontecimientos revolucionarios en la historia de la Humanidad. Por ejemplo, allí se inició el tipo de organización económica y social que caracterizaría a las etapas futuras. Pero, por sobre todo, vemos que el Medio Oriente antiguo fue la sede de la gran revolución urbana, del mismo tipo de vida que llevamos en la actualidad. En la vida de estas grandes ciudades orientales está el origen de nuestra civilización urbana actual en el mundo occidental.
“Claro que la Biblia es también una importantísima realización de aquellas tierras”, aclara el profesor Matthiae. “Pero, objetivamente, no representa más que uno de los muchos aspectos de una concepción más general de la historia, la economía y la vida social del Levante antiguo”.
En verdad, el impacto de Ebla, según ha observado un experto en estudios clásicos, ha sido algo así como si, de improviso, y en pleno siglo XX, los hombres del presente nos enteráramos de que hubo un tiempo en que una ciudad llamada Roma imperó sobre el mundo de su época. Y el desenterramiento de Ebla se encuentra sólo en sus inicios. Apenas se ha comenzado a excavar el interior del gran palacio, y de los millares de tablas de arcilla hasta ahora encontradas, sólo unas pocas han podido ser estudiadas. Así y todo, los efectos que, hasta la fecha, han resultado de los hallazgos de Tell Mardikh ya son, como se ha visto, lo bastante espectaculares, y pueden resumirse escuetamente de la siguiente manera:
1. Se ha confirmado que la Ebla a que aludían las inscripciones mesopotámicas halladas hace tiempo no fue un ente mítico, sino históricamente real. 2. Se ha establecido, que las grandes potencias mesorientales del tercer milenio antes de Jesucristo no fueron sólo Mesopotamia y Egipto, como se creía, sino que Ebla compartió con ellas la hegemonía. 3. Se ha establecido también que la civilización urbana se originó en Ebla muchos siglos antes de lo que pensaban los arqueólogos e historiadores.
4. Se han encontrado en los anales eblaítas paralelos con la Biblia que pueden tener repercusiones teológicas e históricas insospechadas.
Y son tan vivas las esperanzas de que al avanzar estas investigaciones surjan a la luz nuevas y sensacionales revelaciones que el Dr. Atif Bahnassi, Director General de Antigüedades del gobierno de la República Árabe de Siria, ha anunciado su propósito de publicar los resultados en una revista que aparecerá bajo el título de Eblaica. Parece como si la arqueología se encontrara ante el umbral de una nueva edad de oro.

EBLA Y LA BIBLIA

EBLA Y LA BIBLIA:

Uno de los aspectos más interesantes —y también más polémicos— del hallazgo de Ebla lo constituye el descubrimiento, entre las tabletas de arcilla del palacio, de algunos textos en los que aparecen relatos y referencias que guardan una semejanza asombrosa con algunos pasajes del Antiguo Testamento, así como menciones de nombres iguales a los de algunos personajes bíblicos destacados —pese a ser la Biblia posterior en varios siglos a los textos eblaítas. Entre éstos, en efecto, se encuentra uno referente a “las dos ciudades perversas” que parece referirse a Sodoma y Gomo-rra, y otro que alude al diluvio universal. Y entre los nombres mencionados se hallan los de Abu-Ra-Mu, similar a Abram, el nombre original del patriarca Abraham; É-Sa-Um, semejante a Esaú; Sau-Lu, como Saúl; y Dau-U-Dum, parecido a David.
Hasta el momento, con respecto a estas narraciones se tenían pocos datos aparte de los ofrecidos en la Biblia, por lo que las referencias eblaítas han dejado perplejos a los estudiosos. Se especula, inclusive, que el célebre rey Eberum, de Ebla, quien la gobernó durante su etapa de máximo florecimiento, no fue otro que el Heber del Antiguo Testamento y, por tanto, antepasado de Abraham y de todo el pueblo judío. Y entre los que han expresado esta opinión, se encuentra nada menos que el profesor Pettinato.
En efecto, en el capítulo 11 del Génesis se habla de Heber, de cuyo nombre parece derivarse el término hebreo, el habiru de los documentos mesopotámicos antiguos. A este Heber se le presenta como descendiente por línea directa de Sem —es decir, como un semita, así como uno de los antepasados más prominentes de Abraham. Y su nacimiento lo sitúan las cronologías bíblicas más actualizadas alrededor del año 2390 a.J.C. —el que cae dentro del período cumbre de la civilización eblaíta.
Este hallazgo resultó aún más significativo cuando se descifraron tabletas que datan de tiempos anteriores al reinado de Eberum, en las que se alude con frecuencia al dios El, a quien se identifica con la “simiente”, como fuente de toda la vida, y de cuyo nombre se derivaban muchos nombres de hombre: así aparecen nombres como Mica-El e incluso Israel. Esto afirma la ¡dea de que existe una relación muy estrecha con el pueblo hebreo, en cuyo idioma y escritos sagrados, El es uno de los nombres de Dios, y es mencionado solo, combinado —Elohim—, o en nombres masculinos similares a los encontrados en los registros de Ebla.
Pero la coincidencia se hace más marcada si se tiene en cuenta que en las tablas que fueron inscritas en los tiempos de Eberum y en los posteriores, en Ebla van desapareciendo gradualmente las referencias a El al mismo tiempo que aumentan progresivamente las menciones de Yah; y esta palabra, en lengua hebrea, es la abreviatura del nombre de Dios, es decir, Yahwéh, que aparece en muchas traducciones como Jehová.
Según el teólogo profesor John Allegro —catedrático de la Universidad de Manchester, Gran Bretaña, y representante de ese país ante el Consejo Internacional de Redacción de los célebres manuscritos del Mar Muerto— Yah es una variante o forma dialectal del nombre del dios griego Zeus, el cual simboliza la idea de un Dios supremo de toda la Creación. La Biblia menciona que la familia de la que procedía Abraham —refugiada tal vez en Mesopotamia después de la destrucción de Ebla— rendía culto a Yahwéh, sin dejar por eso de adorar a otros dioses.
Todos estos descubrimientos, y las diversas interpretaciones que se les han dado, han sacudido con gran fuerza a los círculos de los teólogos judeocristianos. Unos han acogido con beneplácito la revelación de estos paralelos, viendo en ellos la confirmación histórica de que los patriarcas del Antiguo Testamento existieron en realidad. Otros —de tendencia más ortodoxa— la han recibido con preocupación, pues consideran que pueden prestarse a interpretaciones desfavorables a las Escrituras.

LA RELIGIÓN EN EBLA

LA RELIGIÓN EN EBLA:
La ciudad propiamente dicha estaba dividida en cuatro distritos, a cada uno de los cuales se entraba por una gran puerta de acceso. Al parecer, esta división urbana corresponde a la concepción o principio cuatripartita del Universo que caracterizó ideológicamente a otros pueblos de la región y, específicamente, a los mesopotamios. Así lo sugieren ciertos objetos hallados por los arqueólogos, tales como la figura de un Atlas que sostenía sobre la cabeza un complicado símbolo compuesto por dos cabezas de leones y dos cabezas humanas contrapuestas en forma de cruz. También es significativo en este sentido que Naram-Sim —el destructor de Ebla— fuera el primer monarca del Medio Oriente en adoptar el título de Rey de las Cuatro Regiones del mundo conocido.
De la religión de los eblaítas no ha podido saberse mucho. Eran politeístas, y reverenciaban a cientos de dioses de ambos sexos. Entre las deidades cuyos nombres han podido averiguarse, figuran la diosa Ishtar—aquélla a que estaba dedicado el epigrama que puso al profesor Matthiae sobre la pista de lo que había bajo las arenas de Tell Mardikh—, así como el dios Dagan, los cuales parecen haber tenido un carácter dominante dentro de la mitología eblaica.
Al igual que entre otros pueblos contemporáneos, tanto el toro como el león parecen haber tenido una especial significación religiosa para los eblaítas. Así lo demuestran los hallazgos de relieves y figuras de extrañas criaturas que, como el feroz Minotauro de los griegos, tenía cuerpo de toro y cabeza humana, y otras de diosas a las que se representa defendiendo a toros y hombres-toros del ataque de manadas de leones.

La sociedad de Ebla

LA SOCIEDAD EBLAÍTA:
Naturalmente, la figura suprema no sólo de la burocracia de Ebla, sino de toda la comunidad, era el rey, cuyo título se denominaba ma-likum en el idioma eblaíta. En su función gubernamental, estaba auxiliado por un consejo de “padres” o “jueces” que le seguía en jerarquía administrativa. Los cargos individuales de supervisión iban con preferencia a los miembros de la familia real, al igual que las gobernaciones de las ciudades y regiones sometidas.
A un nivel menos encumbrado, pero figurando también entre los personajes más influyentes de la sociedad de Ebla, se encontraban los escribas. Estos habían realizado lo que de por sí constituía una verdadera proeza: la de adaptar la escritura cuneiforme mesopotámica a su lengua de origen semítico. Pero, por si esto fuera poco, su función resultaba vital en una estructura social tan burocratizada y comercializada, pues eran ellos quienes traducían —por así llamarle— las leyes y resoluciones gubernamentales, así como los tratados y acuerdos con otros reinos y ciudades-Estado, a un lenguaje escrito en que pudiera dárseles adecuada divulgación por todo el reino y sus estados vasallos. Había en la ciudad escuelas de escribas algunos de cuyos “libros de trabajo” —también en forma de tabletas de arcilla— han sido encontrados entre las ruinas, mostrando incluso marcas con las que se cree señalaban los maestros sus errores a los discípulos.
Ebla parece haber sido más liberal que Mesopotamia, no sólo en lo político, sino también en lo social. En los archivos, se mencionan los nombres de las mujeres que trabajaban en la servidumbre real, cosa inconcebible para los mesopotá-micos. Por otra parte, se consignan también en los registros numerosas sentencias judiciales, entre ellas algunas dictadas en casos de violación de mujeres y que revelan que a los culpables de este delito se les imponía la pena de muerte. Estos y otros indicios sugieren que la posición de la mujer en la sociedad eblaíta era considerablemente más elevada que en las demás comunidades de su tiempo. Pero lo más sorprendente era el papel importantísimo que desempeñaba la reina en la estructura estatal. Tenía bajo sus órdenes directas a una parte considerable de la burocracia eblaíta y, en algunos momentos, llegó incluso a asumir la dirección de la administración pública.
La artesanía eblaíta alcanzó un grado notable de desarrollo, y constituyó uno de los puntales del comercio del reino. Tal era su importancia que, dentro del mismo palacio real, funcionaban talleres de escultura y ebanistería que empleaban a cientos de artistas y artesanos.
Los muebles de madera tallada —de los cuales se han encontrado pedazos de tamaño suficiente para hacer posible aquilatar su calidad— eran de un refinamiento exquisito, y a menudo se les terminaba con un baño de oro. Las esculturas de piedra y madera tallada excavadas por el grupo de arqueólogos italianos demuestran un singular dominio de ese arte, al igual que las piezas de orfebrería. Pero, sin duda alguna, lo que dio fama a los artesanos de Ebla en todo el Medio Oriente fue su habilidad para el tejido en metales preciosos, es decir, en oro y plata. Los lingotes de estos metales se reducían a hilos increíblemente finos, y de ellos se hacían “telas” o bordados con los que se confeccionaban tapices, vestidos y ornamentos de increíble belleza.
Según el profesor Matthiae, la tradición de la artesanía eblaíta llegó a sobrevivir no sólo a la destrucción de la ciudad, sino incluso a su olvido. Los expertos le atribuyen la inspiración de la ebanistería de Siria y de los tejidos de oro y plata de Damasco —la actual capital de esa nación— que admiraron al mundo durante la Edad Media.

La Ciudad de Ebla

LA CIUDAD DE LAS PIEDRAS BLANCAS.

El idioma eblaíta en que estaba escrito aquel archivo era, según se comprobó, de origen semítico, al igual que el fenicio y el hebreo, con los que guardaba ciertas analogías; pero era anterior a estos últimos en más de mil años. El pueblo que lo hablaba había fundado a Ebla en alguna época que no se ha podido precisar, pero que había sido decididamente anterior al año 2500 a.J.C, y había alcanzado la cumbre de su civilización y poderío hacia 2300 a.J.C.
En términos generales, Ebla vivía en paz y sus reyes mantenían estrecho contacto con sus subditos. Así lo indica, al menos, el hecho de que uno de los patios del Palacio Real descubierto por el profesor Matthiae estuviera destinado a asambleas públicas, según ha podido establecerse. Esto contrasta fuertemente con el aislamiento en que vivían los reyes mesopotámicos, a cuyo bien fortificado palacio le estaba vedada la entrada al pueblo. Por lo demás, los archivos reales revelan que Ebla mantenía un comercio extraordinariamente activo —principalmente en tejidos metálicos, obras de ebanistería y otros productos de su espléndida artesanía—, no sólo con las ciudades que estaban bajo su poder o influencia, sino también con otras situadas fuera de éstos, tales como Mari — ya mencionada— y Alepo, en la propia Siria; Kanesh Karkemish, en la Anatolia; Akkad y Assur, en Mesopotamia; así como la fenicia Biblos, siendo esta última especialmente importante, ya que dominaba a su vez las rutas de caravanas hacia Egipto. Y es dudoso que semejante tráfico mercantil pudiera mantenerse en un clima de disturbios civiles y guerras constantes.
Sin embargo, Ebla no fue del todo ajena a las empresas militares. Sus mismos intereses comerciales determinaron una política de extensión gradual de su esfera de influencia que, en ocasiones, hizo inevitable la guerra con algunas de sus vecinas. En sus archivos ha aparecido incluso una carta dirigida por un general eblaíta llamado Enna-Dagan a su rey, en que aquél le da cuenta detallada al soberano de una victoriosa campaña que había llevado a cabo contra lblu-ll, rey de Mari. Esta poderosa ciudad-Estado —cuyas ruinas habían sido excavadas en un montículo parecido a Tell Mardikh— en realidad fue derrotada por Ebla no una, sino dos veces: hacia 2500 a.J.C. la primera, y de nuevo unos dos siglos y medio más tarde, alrededor de 2250 a.J.C. Los arqueólogos e historiadores especulan que fue precisamente esta última victoria de Ebla sobre Mari la que provocó los recelos del rey Naram-Sim, de Akkad, quien la atacó y destruyó poco después.
En su época de mayor esplendor, la ciudad de Ebla tuvo una población total que se estima en más de 250 mil habitantes, cifra verdaderamente extraordinaria para una ciudad que floreció hace más de cuatro mil años. Su gobierno contaba con una burocracia extensísima, al extremo de que se calcula que más de once mil personas trabajaban en la compleja maquinaria estatal.
De esta enorme burocracia, la mayor parte ejercía sus funciones en la propia Ebla, concentrada en el palacio real; pero había también numerosos enviados —tanto diplomáticos como comerciales— en diversas ciudades lejanas, fuera de los dominios del reino. Los archivos reales dan cuenta minuciosa de la entrega de remesas de comestibles a algunos de estos emisarios eblaítas en el extranjero, así como de verdaderos tratados internacionales —principalmente de carácter mercantil— que concertaban los mismos. También aparecen en estos archivos las entradas de los cuantiosos tributos que en productos agrícolas y metales preciosos pagaban a Ebla sus ciudades vasallas.

Yacimientos de Siria

COMIENZA A HACERSE LA LUZ.
El siguiente hallazgo de importancia tuvo lugar en 1973, al encontrarse en uno de los estratos más antiguos y profundos del tell unos pedazos de cerámica que databan del siglo XXV a.J.C, o tal vez de tiempos aún más remotos. A estos descubrimientos, siguió el de un palacio de tres pisos en cuyo enorme patio, escaleras y salones estaban esparcidos numerosos objetos cha-
muscados que indicaban que el edificio había sido pasto de las llamas. El estudio de los objetos referidos —principalmente cascos de cerámica— permitió establecer que el palacio había sido destruido a mediados del siglo XXIII a.J.C.
A partir de este hallazgo, la labor de los arqueólogos fue más bien detectivesca. Las inscripciones que se habían encontrado anteriormente en la Mesopotamia parecían afirmar que Ebla había sido atacada,
ocupada e incendiada precisamente por aquella misma época, y la aparición del palacio incendiado sugería que lo indicado en aquéllas podía haber sido cierto.
Al año siguiente, en 1974, los excavadores de Matthiae realizaron en una estancia del palacio un nuevo descubrimiento que, sin que ellos lo supieran, auguraba el esclarecimiento definitivo del misterio: más de cuarenta tabletas de arcilla endurecidas al fuego y repletas de escritura cuneiforme —es decir, en forma de cuña—, la escritura de Mesopotamia y también la más antigua que se conoce. El desaliento de los arqueólogos no tuvo límite al comprobar que los expertos en sumerio y akkadio —los dos idiomas mesopotámicos más antiguos— no podían descifrar aquellas inscripciones. El eminente lingüista italiano Giovanni Pettina-to, profesor de la Universidad de Roma y compañero de Matthiae, voló a Siria a ruegos de éste último, pero no tuvo mejor suerte. Sin embargo, los arqueólogos —a quienes se unió el profesor Pettinato— no cesaron en su empeño y continuaron las exploraciones.
El premio a su constancia demoraría aún dos años más en emerger. Fue hallado inesperadamente en 1975, en una de las estancias situadas cerca de la entrada del palacio: entre otras trece mil tabletas de arcilla con inscripciones cuneiformes, había aproximadamente un centenar que contenía la traducción al sumerio de unos tres mil vocablos de otra lengua. Esta no era otra que el eblaíta.
Aquel verdadero “diccionario” —que contenía inclusive algunas explicaciones sobre pronunciación— resultó ser el más antiguo de que se tienen noticias. Armados con él, los lingüistas expertos en sumerio pudieron al fin descifrar aquel lenguaje hasta entonces impenetrable; y éste les reveló que se encontraban ante un verdadero archivo gubernamental —también el primero en la historia de la humanidad— que, al descifrarse, permitió a los científicos italianos conocer, no sólo que Ebla sí había existido y que sus ruinas estaban allí, bajo sus pies, sino también numerosos detalles sobre aquella fantástica ciudad que obligarían a los historiadores a revisar cuanto se había escrito hasta entonces sobre la historia del Oriente Medio.

Localidad de Tell Mardikh en Siria

Hace poco más de quince años, un campesino araba la tierra en las inmediaciones de Tell Mardikh —un montículo situado a unas diez leguas al sur de Alepo, en la región septentrional de Siria— cuando su arado tropezó con lo que él creyó era una roca. Irritado, el labriego se inclinó para apartarla. Pero al extraer la tierra de sus alrededores, comprobó que no se trataba de un simple pedrusco, sino algo hecho por la mano del hombre. Examinado por arqueólogos sirios, se llegó a la conclusión de que se trataba de un arca de piedra de los tiempos del Imperio babilónico de Hammurabi, que se extendió desde 1792 hasta 1750 a.J.C.
Al principio, el hallazgo no pareció tener mayor importancia. Pero, al enterarse de él, un joven italiano llamado Paulo Matthiae se sintió vivamente interesado, no tanto por la naturaleza del objeto en sí como por el lugar donde había sido descubierto. Matthiae acababa de doctorarse en Estudios Levantinos—es decir, del Medio Oriente— en la Universidad de Roma, y sabía que en aquella región habían sido hallados anteriormente numerosos tiestos y vasijas de la Edad de Bronce. El joven arqueólogo estaba convencido de que se encerraban secretos mucho más trascendentales bajo aquel montículo arenoso.
En Siria no son raras las lluvias, y, por otra parte, sus fronteras han sido siempre fácilmente accesibles. Así, pues, las ciudades y pueblos de ese país han estado expuestos al ataque constante de sus enemigos, así como a los efectos no menos destructores de la intemperie; y esta acometida doble invariablemente ha acabado por reducir todos los edificios abandonados —generalmente hechos de adobe— a simples montones de escombros.

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En estos montículos de poca elevación (llamados tell en lengua árabe), los pobladores sucesivos construían sus edificios sobre las ruinas de los que les habían precedido. Así, pues, si se corta transversal-mente un tell, aparecerán unos tras otros, en los distintos estratos o capas de su suelo, los restos de las distintas civilizaciones que se han asentado en esa zona: una moneda, un casquillo de bronce, el pedestal de una estatuilla, el asa de un cántaro u otros objetos que revelarían a qué época corresponde cada estrato.
El montículo de Tell Mardikh, con una superficie aproximada de 55 hectáreas y un diámetro de poco más de un kilómetro, era el más grande de Siria, y se hallaba en las proximidades de un camino que era utilizado en la Antigüedad por mercaderes, viajeros y columnas de guerreros. Por otra parte, este tell mostraba notables semejanzas con otro denominado Tell Hariri, situado junto a la frontera sirio-iraquí, cuya excavación había puesto al descubierto a la antigua ciudad de Mari, que había llegado a ser uno de los grandes centros de la civilización de los amoritas —un antiguo pueblo de lengua semita que dominó a la Mesopotamia, Siria y Palestina entre los años 2000 y 1600 a.J.C. En opinión de Matthiae, era posible que Tell Mardikh guardara en su suelo los restos de alguna civilización tan importante como la de Mari.
En aquellos días, el joven arqueólogo contaba sólo 21 años de edad, y sus puntos de vista eran escuchados con escepticismo, y hasta con indiferencia, por sus colegas más experimentados. Sin embargo, Matthiae no se dejó desalentar por la falta de acogida, y decidió marcharse a Siria para realizar algunas exploraciones preliminares y regresar más tarde a Roma con lo que esperaba fueran pruebas suficientes de que su interés no se basaba en la mera fantasía.
En 1964, al frente de un pequeño grupo de arqueólogos y técnicos italianos, Matthiae comenzó la excavadón sistemática del montículo de Tell Mardikh y, durante los nueve años que siguieron, exploró y hurgó entre los estratos del subsuelo que correspondían a la época de mayor florecimiento de Mari, es decir, al período comprendido entre los años 2500 y 2000 a.J.C.
Los cuatro primeros años de esta labor casi fueron estériles. Pero en 1968, un epigrama inscrito en una estatua que habían descubierto vino a reforzar las esperanzas de Matthiae y sus colegas. El epigrama en cuestión había sido dedicado a una diosa local —Ishtar— por un personaje llamado Ibbit-Lim, a quien se describía como “hijo de Ikhrish-Knip, rey de Ebla”. Al escuchar al especialista en lengua akká-dica —una de las más antiguas de la Mesopotamia— mencionar la palabra Ebla, Matthiae y sus colegas no dieron crédito a sus oídos. ¿Se trataría acaso de la enigmática “ciudad de las piedras blancas” a que se referían vagamente ciertas inscripciones que otros arqueólogos habían hallado anteriormente en la Mesopotamia y que databan del Tercer Milenio antes de Jesucristo?
En un principio, descartaron la idea. Aunque no faltaban unos pocos expertos que sostenían que Ebla había estado emplazada al Norte de Siria, hasta aquel momento la mayoría estaba de acuerdo en que, de haber existido realmente, la ciudad había estado ubicada en territorio de lo que es hoy la parte meridional de Turquía. Los arqueólogos e historiadores convenían también, casi unánimemente, en que con anterioridad al año 2000 a.J.C, Siria no había conocido la escritura, ni había existido en su territorio ninguna gran ciudad civilizada. Entre la Mesopotamia y Egipto —las dos grandes potencias de aquel tiempo—, la región aparecía como un espacio gris y estéril, habitado por pueblos más o menos perdidos en la noche de los tiempos. Pero la sola posibilidad de que Ebla pudiera hallarse sobre las ruinas de aquel enigma histórico, los estimuló a proseguir sus excavaciones con redoblados bríos.
Sin embargo, aún habrían de transcurrir varios años antes de que Matthiae y sus colaboradores adquirieran la certeza absoluta de que habían realizado un descubrimiento arqueológico espectacular.