El oceanográfico de Valencia

Como una corola floral, el restaurante Submarino se alza en el centro de este mundo onírico. Su techo imita un nenúfar y se presenta como una sucesión de olas que se desplazan en círculo, sin encontrar nunca la rompiente. La planta inferior está circunvalada completamente por una cubierta cristalina, en la que una riada de peces plateados evoluciona alrededor de los comensales. Muy cerca, una gran esfera, tubular y transparente, alberga la zona de los Humedales, esos puestos fronterizos donde la tierra y el mar se disputan el territorio. La cúpula sostiene el frondoso hogar creado para las aves del manglar y el marjal (ecosistema característico del Mediterráneo que aparece, por ejemplo, en L Albufera de Valencia).
Más allá, en el tiempo y el espacio, prosigue el festival de curvas y una concha marina abre sus valvas. El interior conforma un auditorio para más de 400 personas, sin telón, pero con una escenografía viva que recrea el habitat y los habitantes del mar Rojo. La contrapartida climática emerge al lado en forma de iglú: el Ártico. Mediante un efecto lumínico, su cúpula simula el cansino ritmo solar del Polo Norte. Próximamente, las morsas, tranquilas en sus acantilados, tendrán que competir por el protagonismo con las albinas y cantarínas belugas, que parecen delfines diseñados por Botero. Llegarán desde el Mar del Plata (Argentina) para habitar los bloques de hielo que tienen adjudicados y formar parte de una investigación sobre su repertorio acústico, uno de los más ricos del mundo marino. No hay que olvidar que L’Oceanográfic cuenta con dos laboratorios dedicados al estudio de la biodiversidad y la salud de los mares.
Al abandonar el Ártico atravieso el centro de la Tierra: se trata de un pasadizo rebosante de colores, movimiento y efectos sonoros que me conecta al Polo Sur. En oposición a las pesadas y desgarbadas morsas del norte, los pingüinos se presentan elegantes y simpáticos mientras se zambullen en dos dimensiones o caminan chaplinescamente.
Una pareja de ancianos descansa la vista de azules, cambiándolos por los rosas del centenar de flamencos que ocupa un sector del lago. Están sentados en un banco, compartiendo el almuerzo comprado en cualquiera de los seis establecimientos que ofrecen comida en el parque. A esta hora también se le despierta el apetito a las estrellas del parque: los tiburones, que viven en el pabellón de los Océanos y comen de la mano de sus cuidadores tres veces por semana. Con sus siete millones de litros, este recinto albergad mayor acuario del complejo y uno de los más vastos del mundo. Recrea los ambientes del océano Atlántico, entre las islas Bermudas y las Canarias, conectadas por un túnel de acrílico de 35 metros de longitud. A mi lado pasan niños, rayas, peces guitarra, águilas de mar, barracudas y familias enteras… de tiburones. Tan próximo es el contacto que distingo claramente las hileras de dientes, los perfiles aserrados y un ojo, carnívoro y cazador, que me acecha. Atrapo el comentario de un guía, que sintetiza: “Lo más destacable del complejo es que recrea ecosistemas. Se puede ver la convivencia de todas las especies.”

L’Oceanográfic

Acabo de atravesar el costillar gigante de una bestia, extendido a lo largo de cien metros. Pretenden hacerme creer que se llama Museo de las Ciencias Príncipe Felipe, cuando sus huesos, calcáreos al sol, son inequívocos. Transito un babilónico jardín, L’Umbracle, donde crecen más de 6.000 especies de la flora valenciana. Un inmenso ojo humano, con pupila y párpados incluidos, sigue mis movimientos en formato Imax desde L’Hemisféric. Todo esto sucede mientras intento llegar a L’Oceanográfic, que forma parte del complejo de la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, un sueño escapado de la mente curvilínea de los arquitectos Santiago Calatrava y Félix Candela. Erigido en un extremo de los remozados Jardines del Turia, cinturón verde que ocupa el antiguo cauce, el complejo parece un ninot consagrado, una falla perfecta y perenne que se sucede en curvas y alegorías mientras celebra el resurgir de una ciudad entera, más moderna y cosmopolita que nunca.
Ya estoy en el mayor parque marino de Europa, que prevé albergar un total de 45.000 ejemplares de 500 especies diferentes. Para ellas se han recreado los principales ecosistemas marinos del mundo, divididos en nueve edificios distintos y distintivos. Todos están construidos al borde de un lago y se conectan entre sí a través de pasarelas de madera o pasadizos sumergidos. Y todos se sostienen en la misma piedra angular: el mar. La orilla de este océano recreativo es el edificio de acceso, una ola congelada de tres caras, un tsunami reflectante de azules. Me zambullo y aparezco en el pabellón Mediterráneo. Allí, un grupo de niños se pelea por introducirse a gatas en un túnel que se interna en el acuario de La Rompiente. Al final, una burbuja acrí-lica permite contemplar la vida flotando al alrededor. Los observo intrigado; la fascinación les petrifica. Miran hacia arriba y cuentan, incluso los que no pudieron entrar: 5,4,3,2, 1 y… una enorme ola ficticia rompe contra la pequeña carcasa y acuna violentamente la flora y la fauna del acuario, mientras un micrófono reproduce su sonido en el exterior. Adentro, como si nada. Cada dos minutos, una ola se estrella contra el “fondo marino”, mostrándonos la perfecta adaptación de los peces a este habitat en continuo movimiento. Mientras escucho a lo lejos otra cuenta atrás -5,4, 3…-, me dirijo a la zona de Templados a través de un pasaje subacuático.
Decenas de tortugas flotan a cámara lenta. En rítmica sucesión ondulan los bosques de kelp, algas que alcanzan los 50 metros de altura; son tan ciclópeas como los cangrejos gigantes, de cuatro metros de longitud que evolucionan en una réplica del ecosistema de la península de Izú (Japón). En medio de la muestra emerge el Acuario de los Sentidos: puedo percibir el mar y sus residentes con los ojos cerrados, las manos prestas y los oídos atentos; es un encuentro con seres rugosos y afelpados, gélidos y cálidos, agrios, estridentes. Continúo con un gusto salino en la boca, fruto de mi experiencia multisensorial.
El edificio de Templados y Tropicales parece una isla hueca que enseña sus entrañas. Recorriéndolas, con sus curvas, ascensos, miradores a flor de tierra y ventanas, contemplamos la vida de las focas y las tortugas marinas en 3D y technicolor. Aunque cada edificio fue diseñado según el habitat que pretende recrear, por dentro sigue el psicodélico patrón del interior de un caracol, siempre en descenso y siempre hacia arriba en un eterno ritmo de oleaje.
Nado hacia la zona de Tropicales a través de un túnel de 70 metros de largo, el mayor de Europa. Da lo mismo que desconozca los nombres de los peces, muchos de los cuales admito ignorar: son tan numerosos como sus tonos. Conforme avanzo por las distintas latitudes, desde los mares templados a los tropicales, la fauna va cambiando. Mi travesía concluye en las dos ventanas paralelas de la Sala Oval, donde se enfrentan distintos arrecifes coralinos: a un lado, el sistema indopacífico, al otro, el caribeño, y en medio, los humanos, que vamos y venimos en una marea de curiosidad. Asciendo a la superficie por una de las once torres submarinas. Una niña abraza un peluche de pingüino (el merchandising no podía estar ausente), mientras su madre la lleva en volandas al grito de: “¡que empieza el espectáculo de los delfines!”. La exhibición se desarrolla en un escenario que acapara 23 millones de litros de agua: o sea. más de la mitad del volumen total del parque: 42 millones, tanto como quince piscinas olímpicas. LOcea-nográf ic se abastece directamente del Mediterráneo, y un sistema de 101 filtros, que actúa cada cuatro horas, depura diariamente más que todo el área metropolitana de Valencia. Si existiera algún problema con el suministro -contaminación, por ejemplo-, el complejo cuenta con la infraestructura y la tecnología necesarias para fabricar algo más de un millón de litros de “agua marina”.

La ciudad del Danubio

SEÑAS DE IDENTIDAD.
Para finalizar, la ciudad del Danubio remite a espacios inesperados donde profundizar en su compleja identidad: la tumba del
poeta anarquista Amia József, en el cementerio Kerepesi; el túmulo sagrado del derviche turco Gül Baba, un centro de peregrinaje islámico; las cúpulas bulbosas de la Gran Sinagoga, la mayor del mundo después de la de Nueva York; el mercado cubierto y los patios interiores del viejo barrio Rákóczi; el pasadizo Gozsdu udvar, construido en 1904 bajo el corazón del barrio judío; el complejo de casas experimentales de los años treinta en la avenida Na-praforgó; y la colonia residencial de Wekerle, de reminiscencias transilvanas. Estos lugares articulan un microcosmos, destapan una urbe alternativa, escondida entre la poderosa frontera del río, que ya no recuerda a París, Viena o Estambul, sino que nos habla de una Budapest inconfundible. Como si “cada instante -escribe Peter Ester-házy en La ojeada de la condesa Hahn-Hahn- de esta ciudad desafortunada encerrase en sí una ciudad afortunada, que ni siquiera sabe que existe”.

Consejos para viajar a Budapest

De recuerdo:
En Budapest pueden adquirirse productos locales a precios un 20 por ciento más bajos que en España. Las especialidades son los artículos y libros antiguos, el foie, el vino y los discos de música folclórica y clásica. Es recomendable curiosear en algún mercadillo semanal, como el de antigüedades de Ecseri Piac (Nagykórosi, 156), en la ruta del autobús 56. A pesar de estar alejado, ofrece cortinajes y artículos de brocante a buen precio, con regateo incluido, de lunes a sábado (en especial, este último día). Por su parte, los amantes de los grabados, postales o mapas deben acudir a Kózponti Antikvárium (Avenida Múzeum, 13) y Ulysses (Rákoczl, 7). Lo más rompedor del arte húngaro actual está en Várfok Galería, propiedad de Vároly Száloky, que ofrece piezas de conocidos artistas plásticos como Bak Imre o Bukta Imre.
Unos 30.000 visitantes diarios y hasta 180 puestos de volatería, artesanías, panaderías, pescaderías y artículos cotidianos forman el Mercado Central, en la calle Fóvám: es el sitio idóneo para comprar foie y otros productos gastronómicos. Y por último, un récord: la mayor tienda de discos de Centroeuropa se llama Rózsavólgyi Zenemóbolt (Szervita, 5) y cuenta con una gran sección de folclore y música zíngara.

Turismo en Hungria

De lo sublime a lo íntimo:
Tras sus grandiosos monumentos, Budapest oculta rincones más recoletos, como los parques, balnearios y cafés, donde se puede rastrear su poliédrica personalidad. He aquí algunas sugerencias para gozar de todas las facetas de la capital húngara.
Magiar, otomana, imperial y vanguardista, la capital de Hungría conserva huellas de una identidad forjada a través de diversos ciclos históricos. La ciudad que hoy conocemos, de dos millones de habitantes -una quinta parte de la población del país-, fue constituida el 17 de noviembre de 1873 con la unión de tres municipios: los montañosos Obuda y Buda, en el margen izquierdo del Danubio, y la llana Pest, en el derecho. Entre los nueve puentes emblemáticos que enlazan ambas orillas sobresale el más antiguo: el Széchenyilán-chíd o de las Cadenas.
Cada una de las tres unidades conserva una mentalidad propia, marcada por su peculiar deuda histórica. El Danubio siempre ha simbolizado la frontera psicológica y política; ha establecido una barrera natural entre el imperialismo urbano de las zonas nobles y altas, de un lado, y las culturas nómadas provenientes de las llanuras, del otro. Los céntricos puentes de Isabel y Margarita presentan  buenas panorámicas de ambas personalidades: la señorial de su cara montañosa y la plebeya del área horizontal, que vista o paseada desde sus rakpart (malecones fluviales) justifica el sobrenombre de “París centroeuropea”. En medio del curso aparecen un puñado de islas; principalmente la de Margarita, de 2,5 kilómetros de longitud, un pulmón urbano para el esparcimiento.
La ciudad guarda también una relación más telúrica y ancestral con otras aguas, las subterráneas, de propiedades mineromedicinales, que reinan sobre una extraña orografía de fuentes termales y espacios kársticos como las cuevas terapéuticas de Szemlo-hegy y Pál-volgy.

Ir a Budapest

Como llegar:

La compañia húngara de bandera Malév ofrece vuelos diarios a Budapest desde Madrid.
El travecto dura tres horas. También se puede recurrir a la aerolínea alemana Lufthansa, aunque tarda bastante más, pues sus vuelos desde Madrid y Barcelona hacen escala en Munich o Frankfurt. La tarifa más económica cuesta 297 euros. El aeropuerto internacional de Ferihegy está a 20 kilómetros del centro de Budapest; existe un servicio de autobús shuttle que funciona entre ias cinco de la mañana y las diez de la noche al precio de 6,30 euros por viaje. Más barato resulta el transporte público: el autobús 93 y la línea nocturna 182 también circulan hasta el centro urbano. Si opta por coger un taxi procure hacerlo desde algún hotel o servicio reconocido.

Turismo en Budapest

La ciudad emocionada:
Intensa para la alegría y la tragedia, la capital húngara es, dice el autor, un lugar de avasalladora pujanza donde se ha cocinado una parte esencial de la identidad cultural europea.

Mil novecientos noventa y uno. Otoño junto a la fría ribera del Danubio. El ocaso teñía los otrora pretenciosos y ya decrépitos palacios de los diques de Pest en un ácido verde manzana.” Así da comienzo Imre Kértesz, premio Nobel de Literatura, una de sus grandes obras: Yo, el otro. Es un libro difícil de olvidar, que sin Budapest, sin el alma de Hungría, probablemente jamás habría sido concebido. Como tantos otros de las letras centroeuropeas, escritos en húngaro o alemán. Toda ciudad tiene literatura, pero pocas han dado tanto que pensar y soñar en las claves profundas de la cultura europea.
Buda y Pest se observan por encima del agua. Entre los dos municipios, que se unieron allá en el siglo XIX para formar la capital húngara, fluye el Danubio, siempre majestuoso, violento en primavera, reflejo de cien colores en otoño, cargado de placas de hielo en sus inviernos más duros. Novelistas y poetas, pintores y compositores, niños y guerreros, amantes y asesinos, nadie que haya estado en esta ciudad junto al río conseguirá jamás olvidar sus perfiles y cambios de luces. Unos y otros juegan sobre el agua con los puentes, que permiten el abrazo de estas dos urbes hechas una. Si en Viena el Danubio se distrae por los arrabales del noreste y en Praga el Vltava parece a veces, pese a sus románticos quiebros y rápidos, poco río para tan impresionante castillo, catedral tan gloriosa y población tan maravillosa, en Budapest, la gran corriente de Centroeu-ropa, el Danubio -Donau, Duna, Dunav, Dunai- y la ciudad se hacen perfecta justicia mutuamente, hasta la más inverosímil armonía.
Hoy es una avasalladora capital, donde hay que paliar la puj anza de la vida diaria para reconocer toda la historia con que carga, y la belleza que tantas veces se oculta, casi aturdida. Hay que buscar en las callejuelas y avenidas de Pest y en los laberintos de escaleras de Buda, en sus tabernas, donde tanto se han oído las czardas -melodías populares-. ::io los cánticos revolucionarios, y en sus cafés, donde
se ha conspirado a favor de las libertades y en su contra, y mucho se ha llorado por ellas después. Las calles han cambiado bastantes veces de nombre en vecindarios tan viejos y de vida tan tormentosa, donde se ha combatido con fiereza, adoquín a adoquín, implacablemente, y se ha reído, bailado y cantado de acera en acera, con alegría, ternura y romanticismo sin parangón. El escenario urbano siempre será el de una gran ópera y, viéndola como tal, hallando sus claves, se percibe su música grandiosa, se adivina su historia fascinante -gloriosa y trágica-, muchas veces tremendista, otras casi bufa, y se puede compartir con las generaciones ya ausentes una insólita melodía. Budapest constituye un largo poema repleto de emociones en el espacio y en el tiempo.
Es esta una ciudad de sentimientos intensos e imágenes conmovedoras, donde la diversión es omnipresente y, a un tiempo, todo invita a la reflexión. Los oficiales austrohúngaros se escapaban aquí para pecar en los jardines junto al hotel Géllert y en los hoy más populares junto a la plaza de los Héroes y la magnífica pinacoteca que la flanquea. Los aristócratas húngaros disfrutaban en sus palacios con la misma intensidad con que paseaban y presumían de sus pecados. El pueblo de Budapest gozaba de sus poetas y paliaba sus adversidades. La plaza de Vórósmarty, que toma el nombre de uno de ellos, muy cerca del puente de las Cadenas que une Bu-da con Pest, es hoy espacio de coqueteo, como siempre. La Vaci Utca, en su día la calle más occidental de todo el Pacto de Varsovia, es hoy más occidental aún, por sus carteristas y precios, que confirman el sueño ciudadano de considerarse parisinos con suerte. Para muchos de ellos, París es, al fin y al cabo, un Budapest más bien serio, menos lejano de las costas de América.
Mucho más que la capital de Hungría, es su preciada joya; desde siempre y tanto en guerra como en paz, bajo la nieve y la lluvia y en esos días soleados cuando la amplitud de sus panoramas y la intimidad de sus recovecos transmiten mensajes del pasado, tan actuales y eternos. Los húngaros saben escucharlos gracias a su especial don para la melancolía. La venerada ciudad está donde tenía que estar. En los altos de Buda se abre una magnífica atalaya sobre la inmensa planicie panónica que tanto maravilló a aquellas tribus asiáticas que eran los húngaros -antes también a los romanos, y siglos después, a los germanos y a los otomanos- y que se quiebra centenares de kilómetros hacia el sur, en otro capricho que hace el Danubio en su confluencia con el río Sava, en otro bello mirador, este asomándose hacia el norte, en Belgrado. Allí se guardaron durante milenios las llaves de los Balcanes, zona abrupta y misteriosa. Panonia siempre fue un topónimo evocador de riqueza, la gran llanura donde llegaron los húngaros y se quedaron. Dice la leyenda que fue un ciervo perseguido quien les enseñó, en un mítico acoso, aquella tierra prometida.
Otras leyendas menos solemnes cuentan que las tribus magiares salieron de las estepas asiáticas hace 1.500 años para buscarse lugares más cómodos y prósperos donde vivir. Temidos por su notoria falta de delicadeza al tratar a los pueblos que se iban encontrando en su viaje de no retorno hacia el oeste, llegaron a un punto indeterminado en el que unos clanes decidieron irse hacia el norte y otros, al sur. Los primeros, que acabaron en Finlandia, eran los más despistados. Los más inteligentes se fueron hacia la cuenca del Danubio. “Obviamente, los listos somos nosotros”, suelen decir con guasa los húngaros recordando su lejana parentela con los finlandeses, cuyo idioma se asemeja mucho al suyo; aunque las viejas tribus que entonces se desgajaron hoy en día ya no se entienden entre sí. Lo único que envidian los magiares a los nórdicos es poder presumir de haber derrotado en batalla a los rusos. En su ya más que milenaria historia en el corazón de Europa, los húngaros han sido dueños y vasallos, patriotas y fratricidas, ocupantes y ocupados; pero jamás se ha oído una voz que lamentara haber llegado a Panonia, haberse quedado en supuszta (paisaje de las llanuras), ese jardín de castillos y cereales, de cerezos y caballos, que marca el sentido húngaro; ni haberse inventado una ciudad con la mejor ubicación del mundo. En ella viven casi todos.
Existen los campesinos, por supuesto, con un papel muy importante en el concepto que tienen de sí mismos todos los húngaros. Algunas villas de provincias son tan maravillosas como Szeged; por no hablar de las que perdió el país tras la Primera Guerra Mundial, cuando fue amputado, como ninguno antes en la historia europea, de dos terceras partes de su territorio. Allende las fronteras quedaron Pozsony -hoy Bratislava, en Eslovaquia-, y otras muchas magníficas y tan incrustadas en la vida y la memoria húngaras como todas las transilvanas. Pero Budapest es, como decíamos antes, más que la capital: es un escenario, y ante todo, una idea.
Sus habitantes consideran, con bastante razón, que combinan el humor y la trascendentalidad, el entusiasmo con la depresión. Aceptan Viena con desgana; Praga con condescendencia; y París y Londres como iguales. Con la salvedad de que ellos cuentan con el Danubio. Quienes hemos leído, conocido y disfrutado la capital húngara sabemos lo que supone para los suyos y para Europa. Su urbanismo desafía los orígenes de quienes la crearon y las amenazas seculares de quienes ven en las ciudades una decadencia y so-fisticación insidiosas. Budapest es símbolo de ideas, estilo de vida, generosidad arquitectónica, entusiasmo paisajístico y emociones de una Centroeuropa que siempre fue encrucijada de culturas y plaza del pensamiento.
Todo está presente hoy para el viajero: sinagogas y mausoleos, héroes de la épica magiar y cafés de las conspiraciones decimonónicas y anticomunistas. Es una urbe melancólica, donde se funden la belleza y la tragedia. Insistimos: el sentimiento tiene que ser intenso, para el gozo y la tragedia. En pocos lugares existe un humor tan fino y se ríe más. Pero tampoco en ninguna ciudad europea se suicida tanta gente. Hace décadas, las autoridades comunistas tuvieron que prohibir la canción Bloody Sunday (Domingo sangriento, de U2) a causa de la disposición entusiasta de tantos habitantes por matarse en arrebatos de melancolía. Dicen que son añoranzas de un pueblo milenario venido de lejos, que considera Budapest una isla sofisticada y elegante, con inmensa devoción a las formas de trato. Esta gente aún sueña con estepas lejanas y abraza con energía de jinete asiático su futuro en una Europa donde, con la insondable profanidad de su idioma, ha sido alma entusiasta.
En muy pocos sitios se puede percibir tanta pasión por la vida como en estas dos ciudades convertidas en una, Buda y Pest, por las que se puede recorrer la historia europea, con sus monumentos y los muñones de sus tragedias y batallas. Es, siempre, una ciudad de cultura plena, un escenario pletórico de la vida, un microcosmos de ensueño, una urbe abrazada a un río que la convierte en ensueño.

Puerto de Ribadesella

Puerto de Ribadesella, localidad señorial que se convirtió en un lugar exclusivo de veraneo a principios del siglo XX.

Alojamiento en Santiago de Chile

Dónde dormir:

En Santiago:
Hotel Hyatt Santiago
Av. Kennedy No. 4601, Las Condes, 667.21 1 Santiago, Chile Tel. (56 2) 218-1234 Fax: (56 2)218-2513 info@hyatt.cl

En Mendoza:
Park Hyatt Mendoza
Chile No. 1124, 5500 Mendoza, Argentina Tel. (54 261) 441-1234 Fax:(54 261)441-1235
Estancia Los Chulengos
Tel. (54 261)496-0090 (necesario reservar con 15 días de anticipación). loschulen90s@infovia.com.ar

Dónde comer:
En Santiago:
Hyatt Santiago-Crostini (cocina italiana). Anakena (cocina tailandesa y grill).
Matsuri (cocina japonesa).
En Mendoza:
Park Hyatt Mendoza-Bistro M (cocina regional e internacional con un toque francés, ofrece además 2,500 vinos de la región).

Consejos para viajar a Chile

Clima:
Santiago goza de una temperatura en invierno entre los 0 y 15°C con lluvias; en verano de 15 a 35°C. En los sectores de la cordillera de los Andes neva durante el invierno (de junio a septiembre); en los valles cercanos sucede el fenómeno de amplitud térmica: en verano la temperatura llega a los 30°C en el día y -0°C por las noches; en invierno la temperatura es de 10 y -15°C. Mendoza tiene un clima similar al de Santiago, pero con escasas lluvias en invierno.

Cómo llegar:
Aeroméxico vuela diariamente con dos frecuencias hacia Santiago de Chile; LanChile vuela directamente desde las principales ciudades de América y Europa hacia Santiago.

Cuándo viajar:
Todo el año, pero toma en cuenta que la temporada invernal es del 15 de junio al 15 de octubre y el verano austral va del 16 de octubre al 15 de marzo.

Visa:
La mayoría de los ciudadanos de países latinoamericanos no requieren visa para entrar a Chile y Argentina; sin embargo casi todos pagan al entrar a estos países un impuesto de 15 dólares (los mexicanos cubren esta cantidad); los habitantes de Canadá y Estados Unidos pagan 50 y 65 dólares, respectivamente. Es mejor que te informes en la embajada chilena y argentina en tu país antes de viajar.

Idioma:
En Argentina y Chile el idioma oficial es el español.

Moneda:
La unidad monetaria es el peso chileno y el peso argentino, respectivamente. El tipo de cambio en Argentina con respecto al dólar es 1 a 1, y en Chile de 660 pesos por dólar.

Ropa / Accesorios:
En invierno ropa abrigadora, térmica y de preferencia un abrigo. Para las montañas ropa térmica, chamarra, zapatos de trekking, gorra, guantes, bufanda, lentes de sol y crema hidratante (con extracto de lechuga yjojoba).

Gastronomía:
Lo mejor de la cocina chilena se encuentra en su extensa gama de pescados y mariscos; entre ellos la centolla, fino crustáceo que sólo habita en Alaska y Punta Arena, puede disfrutarse al pil pil, que es una fritura de ajo y ají cacho de cabra en aceite de olivo; los picorocos al vapor con vino, crustáceo con concha de forma cilindrica que se cría en los acantilados; los choros zapatos en caldo, especie de ostiones de gran tamaño y concha negra; y en pescados el congrio a la plancha, frito, empanizado, en salsa Margarita (preparada a base de mariscos) o en caldillo acompañado con mejillones. Es tan bueno su sabor que incluso el poeta Pablo Neruda le compuso una oda al caldillo de congrio, su aspecto de culebra de mar no hace justicia a su deliciosa carne. En Mendoza podrás disfrutar del asado de chivo o res acompañado de verduras fritas y la tradicional parrillada, que es una fritura de ríñones, corazón, hígado y visceras de res.

Transporte:
En las ciudades Santiago y Mendoza existe una extensa red de transporte público formada por autobuses, trolebuses y taxis; además de autobuses foráneos que te pueden transportar entre Santiago y Mendoza. La capital chilena tiene tres eficientes líneas de tren subterráneo con estaciones cercanas a los sitios turísticos.

« Página anteriorPágina siguiente »