Cataratas del iguaçu

Brindis a los trópicos
Empecé a familiarizarme con las cataratas en el lado brasileño, alojándome en el Hotel Tropical das Cataratas, un gran edificio de color rosado y crema, construido en estilo colonial e inaugurado en 1958. A principios de siglo estas tierras habían sido propiedad de la granja de Elfrida Schimmelpfeng, una emigrante alemana dedicada a cultivar soja. Cuando la visitó el aviador brasileño Alberto Santos Dumont, éste quedó tan impresionado por las cataratas que convenció al gobernador del estado para que comprara las tierras y las convirtiera en un parque nacional. Ahora, el parque abarca 170.000 hectáreas en la orilla norte del río Iguaçu buena parte de las cuales están fuera de los límites de los turistas.
Una de las ventajas de alojarse en el Tropical (o en el Sheraton International, su competencia moderna en el lado argentino) es que podrá contemplar las cataratas y caminar por los parques antes de que se abran al público, a las 9.00 horas y después de que se cierren, a las 19.00 horas. Bien vale la pena hacer el esfuerzo de levantarse temprano, pues el amanecer es uno de los mejores momentos para observar las aves y desde el camino que conduce al hotel puede detectar el cuco de pico oscuro (Coccyzus melacoryphus), halcones, lechuzas, golondrinas y dos tipos diferentes de tucanes. Según se dice, ver las cataratas por la noche, a la luz de la luna, es también una experiencia memorable, pues la luz lunar da un resplandor azulado al rocío del agua que se precipita.
Una línea de árboles impide la visión de las cataratas, de las que sólo se ve un atisbo desde el Tropical, pero el sonido bajo y atronador del agua está siempre presente. A pocos metros de los escalones de la entrada principal del hotel ya se observa la primera vista espectacular del conjunto de cascadas conocidas como el Salto Bossetti (véase recuadro, página 148) y la verdosa isla rocosa de San Martín, que se eleva resueltamente entre los violentos torrentes de agua teñida de rosa que desciende a su alrededor. El color procede de la tierra de un rojo óxido que arrastra el caudal de agua.
Rodeando los acantilados, y extendiéndose a lo largo de 1,5 kilómetros hasta la garganta de las cataratas Florianó, se encuentra una pasarela para caminantes. A lo largo de ella es muy probable que vea coatíes (Nasua nasua nelsoni) un astuto pariente del mapache, que aprovecha las migajas dejadas por los turistas. La pasarela permite contemplar vistas excelentes, sobre todo cuando desciende al nivel de las cascadas y puede mirarse directamente a la atronadora cara de la garganta del Diablo, mientras una media de 1.750 centímetros cúbicos de agua por segundo se estrellan atro-nadoramente a su alrededor. Si tiene la intención de recorrer esta parte de las cataratas no olvide llevar una bolsa de plástico para proteger las cámaras del rocío. Cuando hay sol, los arco iris se arquean a través del agua. No en vano se dice que Argentina pone el espectáculo, mientras que Brasil cobra por las vistas.
Si no le apetece volver a subir hasta la carretera, por poco dinero puede utilizar el ascensor que funciona en las cataratas Florianó. Yo preferí caminar y de camino pude ver una gran balsa hinchable que se precipitaba hacia las atronadoras cascadas, en una misión aparentemente suicida. Mi siguiente visión de las cascadas será desde el interior de esa misma embarcación.