Humboldt

Un gran paso
Llenamos las cantimploras con el agua deliciosamente fresca y helada del lago, ajustamos las correas de las mochilas e iniciamos la ascensión por la ladera de la montaña cubierta de cantos rodados. Nuestras botas se esforzaban por afianzarse sobre las rocas sueltas y tuvimos que detenernos con frecuencia para respirar, jadeantes, insuficientes bocanadas de aire. A nuestro alrededor, aparecieron unos pocos bolsones de nieve y la temperatura descendió notablemente. Juan se ganó más simpatías al señalar que no necesitábamos continuar más allá del contrafuerte negro, ya que nuestro sendero se desviaba a la derecha por una repisa ancha y plana. Aún quedaban más ascensiones que hacer, pero tuvimos la sensación de haber dado un gran paso hacia la consecución de nuestro objetivo. La vista desde la repisa era extraordinaria pues abarcaba las aguas de la laguna Verde allá fondo, en el valle, el glaciar de Humboldt y los pliegues aparentemente interminables de las montañas y riscos, hacia el noreste. Bajo el cálido sol, nos relajamos y descansamos un momento para comer unos frutos secos.
Al cruzar el collado sembrado de rocas, formado por una hondonada semejante a un arco entre dos picos, el viento alcanzó por breves momentos una fuerza inusitada, penetró por el hueco y azotó nuestros cuerpos. Peter empezaba a sentirse nuevamente mal. pero ahora la forma más rápida de bajar era continuar. A Janet también le estaba resultando dura la ascensión. Sean y yo parecíamos arreglárnoslas de modo razonable, lo mismo que Travis y Joe, que tenían que combatir el problema adicional del vértigo. Las cosas parecían marchar bien, lo suficiente como para que al menos cuatro de nosotros intentáramos llegar a la cumbre. Por la tarde aparecieron unas amenazantes nubes grises procedentes del valle, que dejaron caer sobre nosotros cuatro gotas de lluvia y nieve. Nuestra ruta cruzó por entre bosques del extraño y prolífico frailejón, del que hay más de 50 variedades en la región del páramo, entre los 3.000 y los 4.500 metros por encima del nivel del mar. Algunos árboles de esta especie pueden llegar a alcanzar hasta dos metros de altura. Sus hojas puntiagudas, con un tacto parecido al fieltro las protegen del frío extremo, y también son muy útiles para los humanos que las emplean para envolver la mantequilla, como alimento y para el rellenado de colchones, dependiendo la variedad.
A pesar del espectacular paisaje había sido una dura jornada y la prolongada ascensión final hasta el campamento base, a 4.600 metros de altura, resultó agotadora para todos nosotros. Peter era el que más sufría. Completamente extenuado, se movía muy lentamente y al llegar al campamento apenas logró beber algo de té antes de caer dormido en su tienda, Joe empezaba a sufrir de dolor de cabeza y después de un día de ascenso por entre rocas, tanto él como Travis no estaban seguros de poner a prueba su temor a las alturas atacando la cumbre. Así pues, parecía que sólo Sean y yo emprenderíamos la ascensión a la mañana siguiente. Cuando el sol se hundió en el horizonte, levanté la mirada sobre una ondulada alfombra de nube anaranjada, allá abajo, en el valle. Me sentía bastante bien y Sean también parecía estar fuerte. Por primera vez. empecé a pensar que alcanzaríamos nuestro objetivo: llegar a la cumbre.