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Durante la monarquía visigótica, los judíos no vivieron en el mejor de los mundos. Claro que no siempre pasaron las de Caín pero a menudo tuvieron que sufrir los bruscos cambios de humor del soberano de turno. Por ejemplo Ervigio, ya los favorecía concediendo a los conversos títulos de nobleza, ya los condenaba a ser siervos de sus propios siervos y sus hijos arrancados de su lado en caso de comprobarse que seguían la ley de Moisés.
Aparte de las veleidades reales, los judíos resentían los hábitos sexuales algo licenciosos de los visigodos, según surge de los concilios toledanos que hablan de “todo linaje de aberraciones y de crímenes, incluso el más feo y abominable de iodos los vicios que mancha y envilecen la naturaleza humana”
En fin, que siendo los judíos más bien Victorianos en sus costumbres sexuales, no es de extrañar que pensaran que los árabes invasores eran el castigo de Jehová. Una especie de reedición de como había manejado casos similares (léase Sodoma y Gomorra). Por otro lado, estando dotados de buena memoria, no les debe haber resultado desagradable vengarse de las muchas y repetidas afrentas de los cristianos, aliándose con los moros.
Y tan así fue, que los árabes a menudo dejaron en manos dejudíos la guarda de ciudades o fortalezas que iban rescatando del poder de los visigodos que se habían atomizado en luchas intestinas. Esta travesura se la harían pagar con creces los reyes de la reconquista.

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Del ángulo sureste de la Plaza, la calle del Conde Priego lleva hasta el MONUMENTO A MANOLETE a quién, según los entendidos, la mala suerte enfrentó a un toro tuerto.
Parecería que éste (el toro) por ver mal, en lugar de fascinarse con sus verónicas, le encajó la fatal cornada que lo catapultó al Olimpo de los ídolos cordobeses. La Iglesia de Santa Marina que le sirve de fondo es una interesante construcción gótica en tres naves con un campanario renacentista.
El interior (que usted se cuidará de no visitar) fue transformado en un estilo barroco en 1751.
Hacia el Sur, la calle Morales lleva al Palacio del Marques de Viana de estilo clásico con 14 patios, escalera con techo artesonado, etc. En los salones se exhiben trabajos cordobeses en cuero, filigranas, etc.
De allí, tomando la calle Juan Rufo por dos cuadras, y luego doblando a la izquierda por la calle de Santa María, se llega al convento de Santa Marta con fachada ojival florido. Rodeando el convento, media cuadra hacia el sur, van a desembocar en la calle de San Pablo. Sigan por ella hasta la PLAZA DE TENDILLAS, verdadero centro neurálgico de la ciudad. Del ángulo sudeste de la Plaza, la calle de Homachuelos lleva a la Iglesia de la Compañía (1564) de estilo jesuítico. Esta iglesia junto con la de la Victoria de 1780, rodean la Plaza de El Salvador, adornada con un infaltable San Rafael.

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Abandonen la mezquita, lanzando anatemas contra Carlos V. Siendo más de la 1:00 se les permitirá zambullirse en Los Patios, un simpático y -para mejor- cercano mesón en el número 6 de la misma calle del Cardenal Herrero. Luego de disfrutar de una comida razonablemente módica, haga la sobremesa… caminando.
Por ejemplo, diríjanse al ángulo noreste de la mezquita, donde nace la callejuela de LAS FLORES, desde donde todo el mundo saca una foto de la mezquita encuadrada entre los balcones floridos.
Y bueno… hágalo también usted.
Luego, caminando siempre con un ritmo que respete su digestión, tome por la calle del Magistral González Francés, que bordea la mezquita por su lado occidental, o sea, la que corresponde a la última ampliación. Aproximadamente, frente a la primera de las puertas arranca la calle Martínez Ruker, que formando un ángulo hacia la izquierda se convierte en la calle de Santa Clara. Esta, luego de pasar por la casa de los marqueses del Carpió (S XV) desemboca a pocos metros del ARCO DEL PORTILLO (a su derecha). Este arco es de lo poco que queda de las murallas árabes que dividían la ciudad. Allí nomás se levanta la iglesia de San Francisco (1782) con fachada barroca y claustro gótico restaurado. Abre con un jardín sobre la calle de San Fernando. Ni se le ocurra sacarle fotos. De allí por la calle de Romero Barrios se llega a la PLAZA DEL POTRO, donde verán una estatua de… aunque usted no lo crea: San Rafael. Aunque, claro, más allá está la fuente adornada por un potro.

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Hay ciudades que se han atenido al precepto bíblico de nacer, crecer y morir. Otras en cambio, como Córdoba, se han empeñado obcecadamente en renacer de sus cenizas como el ave fénix.
Córdoba comenzó su existencia como molino de esos locos fenicios que recorrían los mares en sus endebles embarcaciones. Luego se convirtió en una próspera colonia romana y con el tiempo llegó a ser la capital de Bética, la España romana.
Los vestigios de ese primer período glorioso han sido mayormente reciclados. Por ejemplo muchas de las columnas de la famosas Mezquita son de esa época. Queda sí, el Puente Romano de Octavio Augusto, reconstruido por los moros y luego restaurado varias veces.
Pero si el nombre de Córdoba no está unido a ruinas romanas importantes, al menos tiene el privilegio de haber sido la cuna de Séneca, preceptor de Nerón (por lo cual es un verdadero ídolo para todos aquellos que sostienen que la educación no sirve para nada). Fue un hombre riquísimo que había logrado escapar de la condena a muerte de Calígula argumentando que tenía asma. Un pretexto algo pueril considerando que se trataba de uno de los filósofos más destacados de sus tiempos. Curiosamente le dio resultado y fue indultado. El emperador Claudio, quién sucedió a Calígula luego que éste fuera apuñaleado, lo confinó a Sicilia porque, al parecer, el asma no le impidió mantener un sonado romance con su (de Claudio, claro) tía Julia.
Envenenado Claudio por su mujer Agripina, ésta eligió a Séneca como preceptor de su excesivamente amado hijo Nerón. Y tan bien se llevaron alumno y maestro que incluso Nerón llegó a nombrarlo cónsul. Poco después Nerón lograría superar su complejo de Edipo haciendo asesinar a su madre (¡Qué hermosa era! fueron sus sentidas palabras sobre el cadáver desnudo de Agripina).
Desaparecida su protectora, poco después Séneca fué invitado al suicidio. Esta vez el repetido y poco original argumento del asma no logró salvarlo, así que se empinó la cicuta y se cortó las venas Y para aquellos que sostienen que el suicidio es una inclinación genética, allí está Lucano, primo de Séneca y otro de los famosos hijos de Córdoba. Este cometió el garrafal error de ganar un concurso de poesía donde también intervenía Nerón. Poco después recibió la gentil invitación al suicidio, cosa que cumplió en medio de una alegre fiesta donde, rodeado de público, se cortó las venas sin dejar de recitar sus poemas. Lo más triste es que, por lo que resta de su obra poética, sus versos eran bastante mediocres y realmente no justificaba perder la vida por ellos.
Con la caída del Imperio Romano, Córdoba perdió su importancia y quedó subordinada a Toledo, capital de los visigodos. Pero lejos de marchitarse recordando su esplendoroso pasado, durante el dominio árabe renació con los bríos de una ciudad adolescente. Desde 719 los emires se habían instalado en Córdoba bajo la autoridad del califa de Damasco. En 929 Abdelrraman III se proclama califa y funda el califato de Córdoba. Para entonces la ciudad tiene 300 mil habitantes, una famosa universidad, varios palacios y 300 mezquitas de las cuales queda como testimonio la Gran Mezquita que por sí sola justifica la visita a la ciudad.
Un par de cientos de años más tarde comienza a marchitarse de nuevo con la atomización del califato en pequeños reinos. En 1070 Córdoba es incorporada al reino de Sevilla.
En los caóticos años que siguen, Córdoba aún logra mantener su importancia intelectual gracias al árabe Averroes (matemático, físico, filósofo, médico y yo qué sé que más) famoso por haber hecho conocer a Aristóteles en el Occidente, y el judío Maimónedes. Este último, igualmente inteligente pero mucho más obcecado para desgracia de los demás judíos, se había empeñado en anunciar la llegada del Mesías para el año 1358. Una teoría que era como mentar la proverbial soga en la casa del ahorcado (que en este caso en particular serían dos ahorcados: uno árabe y el otro cristiano). Y aunque los cristianos no necesitaban de sutiles argumentos teológicos para reanudar los progroms (los Anales Toledanos dan cuenta de uno en 1108), pero de todos modos removió la vieja herida producida por la no aceptación de Cristo como el Mesías por parte de los judíos. En cuanto a los árabes, les recordó una promesa hecha supuestamente a Mahoma 5 siglos antes, según la cual, si el Mesías no se asomaba en los siguientes 500 años, los judíos abrazarían la fe musulmana. Como la otra opción era la muerte, muchos (entre ellos Mainómenes) eligieron prudentemente el exilio.
La reconquista cristiana de 1240, lejos de mejorar la situación de la ciudad sumida en un caos político, logró empeorarla. En efecto los trabajos de irrigación de los árabes fueron descuidados,, y la próspera industria del cuero se destruyó poco a poco.