San Miguel ciudad

Como los indígenas interpretaban la realidad a través de lo que veían, tocaban, gustaban y oían, los misioneros recurrieron a la pintura, el teatro y la música para evangelizarlos. Y en el camino levantaron las iglesias barrocas, exuberantes en curvas importadas de Europa y pletóricas de alusiones locales.
Por ser la pionera, San Javier sentó las bases del diseño arquitectónico. La segunda, Concepción, fue concluida en 1753: su estructura se impone a la sinfonía de verdes a través de sus profusos grabados de ángeles. Los niños escapan de la escuela cercana y me guían al interior del templo. El sol, que afuera es abrasador, avanza en una vía dorada hacia el altar que refulge, ciega y se eleva quince metros para culminar en la firmajesuítica: IHS (Iesus Hominum Salvator). Las columnas retorcidas no poseen la sutileza floral de San Javier, pero contienen la franca belleza de la selva; sería fácil engañarme y percibir cómo corre la savia por dentro de estos pilares. Las inmensas pinturas de santos, mártires y la Inmaculada Virgen de la Asunción se rebelan contra el claustro de las dos dimensiones y parecen escapar de las paredes. El respaldo de los bancos está tallado con escenas bíblicas y la madera aún despide un perfume resinoso que invade las tres naves. Pero el silencio no reina siempre: Concepción conserva un archivo de unos 5.000 folios de partituras musicales que fueron encontradas por casualidad en las distintas misiones y componen un patrimonio fundamental de la época barroca por la calidad técnica de autores como Zípoli y el citado y polifacético padre Schmidt.
Me sobresalto cuando un niño me toma la mano para guiarme en silencio hacia una puerta lateral. La entorna sin hacer ruido y allí, en una larga mesa, me recibe una muchedumbre celestial de Cristos, santos, vírgenes y arcángeles. Algunos hombres perfilan alas, y otros labran delicadamente crucifijos o trabajan el vidrio de pequeñas ampollas para el agua bendita o el vino. Concepción alberga el taller de restauración que está devolviendo la belleza y el estilo original propio del 1700 a las misiones chiquitanas. La restauración de todas sus fachadas, en mayor o menor medida, se debe a esta labor.
San Ignacio entra casi en la categoría de los milagros. Situada en la siempre verde provincia de Velasco, junto a Santa Ana, San Miguel y San Rafael, fue fundada en 1748. En el pueblo, donde transitan anchas calzadas de tierra roja, algunas casas mantienen aún características originales y miran decididas a la plaza central, donde se alza la iglesia de la misión. Ostentaba esta el diseño más elaborado de todas y era también la de mayor tamaño, pero en 1974 fue reemplazada por un adefesio de cemento de proporciones monstruosas, en tamaño y gusto.
Son los trabajos comenzados por otro suizo ya fallecido, el arquitecto franciscano Hans Roth, los que le están devolviendo a San Ignacio su antiguo esplendor. Los confesionarios y el altar original, con ángeles de alas doradas, anticipan el final de la obra, que continúa bajo la dirección del maestro local Juan Romero.
A pocos kilómetros está San Miguel. En primera instancia sólo distingo una austera casa de estilo alpino, frente a la plaza central. En el interior, un arcángel de madera se desprende del altar, labrado con hojas doradas, para recorrer las pinturas murales y los grabados del techo. Fundada en 1721, su iglesia está completamente restaurada, pero respetando todos los elementos originales; un mérito atribuible a los talleres locales. En San Miguel, varios Institutos Humanísticos forman a la mayor parte de los escultores y pintores de la región. El de San Pablo, por ejemplo, cuenta con más de 1.500 estudiantes, que cursan las materias de tallado y carpintería durante cuatro años. También es importante señalar que el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) ha financiado una asesoría técnica para que los artistas del taller Bolivia obtengan una certificación forestal. Sus trabajos se realizan exclusivamente a partir de talas selectivas, que garantizan la integridad de los bosques chiquitanos. Si consiguen el citado diploma, podrán vender su trabajo sin intermediarios, obteniendo así el justo valor por su talento.
La plaza central de Santa Ana está custodiada por algunos burros y un frondoso y rosado torobochi, árbol panzón que los indígenas usaban como cisterna de agua. No hay nada más. Igual de austera resulta la iglesia del pueblo, cuya construcción conserva de un modo más genuino la expresión local. Quizás porque Santa Ana fue construida por los indígenas en 1775, cuando los jesuitas ya habían sido expulsados. Al igual que en San Javier, aquí se fabrican arpas, violines y otros instrumentos, que celebran, en manos de los niños, su fiesta semanal todos los domingos.