Palazzo Vecchio
Pero a partir de ahí, al tiempo que la pintura experimentaba con los colores cada vez más exhuberantes de un Veronese, los dramáticos claroscuros de un Rembrandt e incluso las deformaciones de la realidad de la mano de Goya, la escultura se agotó en esos ejercicios operáticos del tipo de “Rapto de la Sabina”.
Antes de entrar en el Palazzo Vecchio podrán ver el “Judith matando a Holofernes ” de Donatello (1460) y una de las copias del David que andan por el mundo pasando frío. El león con el escudo de la flor de lys, se mudó al Bargello, dejando también en su lugar la copia que están viendo.
En cambio nadie se molestó en sacarle una copia al Hércules y Cacus de Bandinelli (1533) al que Cellini llamaba irónicamente “una bolsa de papas”.
Los 9 signori eran elegidos al azar, sacándose sus nombres de una bolsa donde se echaban los de todos los elegibles que habían sido votados en un sufragio que se repetía cada cinco años.
Ahora claro, no todos tenían derecho al voto en esa curiosa democracia florentina. Estaban excluidos los campesinos, los ciudadanos de ciudades sometidas, las mujeres, los que no pertenecían a alguna de las Corporaciones, y aquellos que, aún perteneciendo, no estuviesen al día con sus impuestos. Y como el ser humano no ha cambiado demasiado, tomando en cuenta este último extremo, es probable que la lista de votantes fuese bastante exigua.
El Palacio fue comenzado a construir por Arnolfo di Cambio (1298), y es a esa época que pertenece la fachada de bloques irregulares y galería cubierta que corona el edificio. La torre está desfazada del centro porque ocupa el lugar de la anterior que existía en ese lugar.
En sucesivas ampliaciones, desde 1343 hasta 1549, se extendió hasta llegar a la calle de los Leones, 1lamado así porque había allí unos leones alimentados por la República. Se elegía entre los ciudadanos más honestos y respetables a aquellos que quedaban encargados de cuidar y alimentar los animales. Lo cual parece un excelente medio para estimular hasta al honesto más fanático a dejar de serlo.

