Sevilla
Sevilla es una ciudad con una vocación turística centenaria. Vocación cuyos orígenes se remontan al año 1481, cuando las primeras hogueras de la Santa Inquisición atrajeron multitudes fervorosas a los campos de la Tablada en Triana.
Claro que este tipo de espectáculo siempre ha gozado de gran popularidad (el Circo Romano, la guillotina, el boxeo, etc. son tantos otros ejemplos) pero los Autos de Fe tenían a su favor además, unapuesta en escena digna del mejor Cecil B.de Mille.
Para mejor, este primer opus pirotécnico, además de la novedad, estaba rodeado de una aureola romántico-trágica que debe haber contribuido a su clamoroso éxito de público. En efecto, cuando en Sevilla se supo que el Santo Oficio proyectaba trasladarse allí luego del visto bueno del Papa a las purificaciones “por vía de fuego”, algunos de los conversos más notorios se juntaron para poner las barbas en remojo. Hay que recordar a ese respecto que la Inquisición, lejos de ocuparse de los judíos, se afanaba por devolver a la grey de Moisés (algo chamuscados,claro),a aquellos que consideraba que se habían convertido al cristianismo sin verdadera convicción.
Resulta que la hija de uno de los conspiradores (tan hermosa que pasó a la historia como la “fermosa fembra”), quién al parecer andaba de amores sin la anuencia paterna, delató la conspiración, reduciendo así acenizas laoposición paterna. Y al padre también.
Y grande debió ser el éxito de estas primeras fiestas de la fe, porque los Inquisidores mandaron construir cuatro enormes estatuas de los profetas para adornar el estrado del Quemadero. Y tal como M.Guillotin pudo probar su intentoen cuello propio, también el constructor del Quemadero tuvo el privilegio de disfrutar de las excelencias de su obra cuando fue llevado a la hoguera.
A partir del siglo XVI, las coloridas procesiones de la Semana Santa volvieron a atraer el fervor popular, algo hastiado ya de la pestilencia de las hogueras. Máxime considerando que, a falta de infieles combustibles, últimamente se desenterraban los huesos de los supuestos falsos conversos y se les quemaba en imagen, lo cual naturalmente es mucho menos emocionante que la quema en cuerpo presente, aunque la confiscación de los bienes de sus herederos no dejaba de tener su atractivo.





