L’Oceanográfic

Acabo de atravesar el costillar gigante de una bestia, extendido a lo largo de cien metros. Pretenden hacerme creer que se llama Museo de las Ciencias Príncipe Felipe, cuando sus huesos, calcáreos al sol, son inequívocos. Transito un babilónico jardín, L’Umbracle, donde crecen más de 6.000 especies de la flora valenciana. Un inmenso ojo humano, con pupila y párpados incluidos, sigue mis movimientos en formato Imax desde L’Hemisféric. Todo esto sucede mientras intento llegar a L’Oceanográfic, que forma parte del complejo de la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, un sueño escapado de la mente curvilínea de los arquitectos Santiago Calatrava y Félix Candela. Erigido en un extremo de los remozados Jardines del Turia, cinturón verde que ocupa el antiguo cauce, el complejo parece un ninot consagrado, una falla perfecta y perenne que se sucede en curvas y alegorías mientras celebra el resurgir de una ciudad entera, más moderna y cosmopolita que nunca.
Ya estoy en el mayor parque marino de Europa, que prevé albergar un total de 45.000 ejemplares de 500 especies diferentes. Para ellas se han recreado los principales ecosistemas marinos del mundo, divididos en nueve edificios distintos y distintivos. Todos están construidos al borde de un lago y se conectan entre sí a través de pasarelas de madera o pasadizos sumergidos. Y todos se sostienen en la misma piedra angular: el mar. La orilla de este océano recreativo es el edificio de acceso, una ola congelada de tres caras, un tsunami reflectante de azules. Me zambullo y aparezco en el pabellón Mediterráneo. Allí, un grupo de niños se pelea por introducirse a gatas en un túnel que se interna en el acuario de La Rompiente. Al final, una burbuja acrí-lica permite contemplar la vida flotando al alrededor. Los observo intrigado; la fascinación les petrifica. Miran hacia arriba y cuentan, incluso los que no pudieron entrar: 5,4,3,2, 1 y… una enorme ola ficticia rompe contra la pequeña carcasa y acuna violentamente la flora y la fauna del acuario, mientras un micrófono reproduce su sonido en el exterior. Adentro, como si nada. Cada dos minutos, una ola se estrella contra el “fondo marino”, mostrándonos la perfecta adaptación de los peces a este habitat en continuo movimiento. Mientras escucho a lo lejos otra cuenta atrás -5,4, 3…-, me dirijo a la zona de Templados a través de un pasaje subacuático.
Decenas de tortugas flotan a cámara lenta. En rítmica sucesión ondulan los bosques de kelp, algas que alcanzan los 50 metros de altura; son tan ciclópeas como los cangrejos gigantes, de cuatro metros de longitud que evolucionan en una réplica del ecosistema de la península de Izú (Japón). En medio de la muestra emerge el Acuario de los Sentidos: puedo percibir el mar y sus residentes con los ojos cerrados, las manos prestas y los oídos atentos; es un encuentro con seres rugosos y afelpados, gélidos y cálidos, agrios, estridentes. Continúo con un gusto salino en la boca, fruto de mi experiencia multisensorial.
El edificio de Templados y Tropicales parece una isla hueca que enseña sus entrañas. Recorriéndolas, con sus curvas, ascensos, miradores a flor de tierra y ventanas, contemplamos la vida de las focas y las tortugas marinas en 3D y technicolor. Aunque cada edificio fue diseñado según el habitat que pretende recrear, por dentro sigue el psicodélico patrón del interior de un caracol, siempre en descenso y siempre hacia arriba en un eterno ritmo de oleaje.
Nado hacia la zona de Tropicales a través de un túnel de 70 metros de largo, el mayor de Europa. Da lo mismo que desconozca los nombres de los peces, muchos de los cuales admito ignorar: son tan numerosos como sus tonos. Conforme avanzo por las distintas latitudes, desde los mares templados a los tropicales, la fauna va cambiando. Mi travesía concluye en las dos ventanas paralelas de la Sala Oval, donde se enfrentan distintos arrecifes coralinos: a un lado, el sistema indopacífico, al otro, el caribeño, y en medio, los humanos, que vamos y venimos en una marea de curiosidad. Asciendo a la superficie por una de las once torres submarinas. Una niña abraza un peluche de pingüino (el merchandising no podía estar ausente), mientras su madre la lleva en volandas al grito de: “¡que empieza el espectáculo de los delfines!”. La exhibición se desarrolla en un escenario que acapara 23 millones de litros de agua: o sea. más de la mitad del volumen total del parque: 42 millones, tanto como quince piscinas olímpicas. LOcea-nográf ic se abastece directamente del Mediterráneo, y un sistema de 101 filtros, que actúa cada cuatro horas, depura diariamente más que todo el área metropolitana de Valencia. Si existiera algún problema con el suministro -contaminación, por ejemplo-, el complejo cuenta con la infraestructura y la tecnología necesarias para fabricar algo más de un millón de litros de “agua marina”.