El oceanográfico de Valencia

Como una corola floral, el restaurante Submarino se alza en el centro de este mundo onírico. Su techo imita un nenúfar y se presenta como una sucesión de olas que se desplazan en círculo, sin encontrar nunca la rompiente. La planta inferior está circunvalada completamente por una cubierta cristalina, en la que una riada de peces plateados evoluciona alrededor de los comensales. Muy cerca, una gran esfera, tubular y transparente, alberga la zona de los Humedales, esos puestos fronterizos donde la tierra y el mar se disputan el territorio. La cúpula sostiene el frondoso hogar creado para las aves del manglar y el marjal (ecosistema característico del Mediterráneo que aparece, por ejemplo, en L Albufera de Valencia).
Más allá, en el tiempo y el espacio, prosigue el festival de curvas y una concha marina abre sus valvas. El interior conforma un auditorio para más de 400 personas, sin telón, pero con una escenografía viva que recrea el habitat y los habitantes del mar Rojo. La contrapartida climática emerge al lado en forma de iglú: el Ártico. Mediante un efecto lumínico, su cúpula simula el cansino ritmo solar del Polo Norte. Próximamente, las morsas, tranquilas en sus acantilados, tendrán que competir por el protagonismo con las albinas y cantarínas belugas, que parecen delfines diseñados por Botero. Llegarán desde el Mar del Plata (Argentina) para habitar los bloques de hielo que tienen adjudicados y formar parte de una investigación sobre su repertorio acústico, uno de los más ricos del mundo marino. No hay que olvidar que L’Oceanográfic cuenta con dos laboratorios dedicados al estudio de la biodiversidad y la salud de los mares.
Al abandonar el Ártico atravieso el centro de la Tierra: se trata de un pasadizo rebosante de colores, movimiento y efectos sonoros que me conecta al Polo Sur. En oposición a las pesadas y desgarbadas morsas del norte, los pingüinos se presentan elegantes y simpáticos mientras se zambullen en dos dimensiones o caminan chaplinescamente.
Una pareja de ancianos descansa la vista de azules, cambiándolos por los rosas del centenar de flamencos que ocupa un sector del lago. Están sentados en un banco, compartiendo el almuerzo comprado en cualquiera de los seis establecimientos que ofrecen comida en el parque. A esta hora también se le despierta el apetito a las estrellas del parque: los tiburones, que viven en el pabellón de los Océanos y comen de la mano de sus cuidadores tres veces por semana. Con sus siete millones de litros, este recinto albergad mayor acuario del complejo y uno de los más vastos del mundo. Recrea los ambientes del océano Atlántico, entre las islas Bermudas y las Canarias, conectadas por un túnel de acrílico de 35 metros de longitud. A mi lado pasan niños, rayas, peces guitarra, águilas de mar, barracudas y familias enteras… de tiburones. Tan próximo es el contacto que distingo claramente las hileras de dientes, los perfiles aserrados y un ojo, carnívoro y cazador, que me acecha. Atrapo el comentario de un guía, que sintetiza: “Lo más destacable del complejo es que recrea ecosistemas. Se puede ver la convivencia de todas las especies.”