Los roques

Una habitación con un telar
En San Roque, un pueblo vecino de Human, la principal actividad es tejer y parece que cada casa tiene una habitación con un telar. El primer taller donde nos detuvimos se dedicaba a la confección de sacos de sisal. Las fibras de sisal se producen a partir de un tipo de planta de agave que posee alargadas hojas carnosas, como una planta de yuca. Las fibras extraídas se venden en grandes haces y, lo mismo que la lana, se deben cardar e hilar, para formar un hilo con el que se pueda trabajar. Es mucho más tosco y duro que la lana, de modo que en lugar de utilizar peines de cardado manejados a mano, pasan los haces por una serie de grandes lanzuelas como clavos que sobresalen de un bloque fijo de madera. La primera máquina mecanizada que habíamos visto en todo el día fue un tosco motor eléctrico, colocado para hacer funcionar un sencillo mecanismo para hilar las fibras del sisal. En el otro extremo de la habitación había un telar de madera levantado sobre el que se tejía la tela. La producción no estaba mecanizada y cada hilera do hilo se tejía a mano. Aquí, al menos, no era necesario introducir ningún dibujo y la sencilla tela se empleaba simplemente para hacer sacos.
Colina abajo, en el mismo pueblo, los telares manuales se emplean para un uso más complejo. Aquí es donde se hacen las decorativas colgaduras de la pared que había visto en el mercado. Utilizando lana de diversos colores, los tejedores producen toda clase de complicados dibujos, algunos geométricos, otros representaciones estilizadas de animales o escenas rurales. Lo que más me sorprendió fue observar cómo las tejedoras, que trabajaban a partir de una fotografía o de memoria, sabían exactamente dónde colocar los diferentes hilos.
Durante todo el recorrido, Jorge realizó un magnífico trabajo informándonos sobre el estilo de vida y las tradiciones de cada pueblo, y explicándonos las habilidades prácticas que estábamos observando. Al final del día habíamos visto una enorme variedad de artesanía y, sin embargo, aún tuvimos tiempo para pasar por San Antonio de Ibarra. a 20 kilómetros al norte de Otavalo. Este pueblo es conocido por las tallas decorativas realizadas a partir de maderas duras. Muchas de las piezas reproducen un tema religioso, mientras que otras son abstracciones y estudios de la forma humana. Visitamos varias galerías en la plaza principal, muchas de las cuales incorporan talleres en los que puede verse el proceso de creación de las tallas a partir de trozos de madera sólida.

Que llevar de viaje a los roques

QUE LLEVAR
□ Equipo de buceo y sobre todo máscara, tubo y aletas sí las tiene.
□ Su tarjeta de calificación como buceador.
□ Mucho protector solar de factor elevado.
□ Gafas de sol y sombrero.
□ Repelente contra insectos.
□ Un buen libro.

Viajar a la Isla los roques

Cuándo ir
Las condiciones para bucear son excelentes en cualquier época del año, pero quizá sean algo mejores durante los meses de verano (de mayo a octubre). La temperatura del agua oscila entre los 25 a los 30 °C. La temperatura del aire es razonablemente constante durante todo el año, con una media de 29 °C, que alcanza sus valores más altos en julio, con 34 °C. Puede llover entre septiembre y enero, pero raras veces dura ya que los vientos alisios del nordeste suelen alejar las nubes de lluvia.

Archipielago los Roques

A vista de pájaro
La construcción, el mantenimiento y la formación como piloto de ultraligero han avanzado mucho desde la década de 1970, cuando los pioneros de estos aparatos arriesgaron sus vidas en los armatostes. Cuando vi a Hernando que descendía hábilmente para un suave aterrizaje con otro cliente, me convencí de estar en buenas manos. La sesión informativa me permitió averiguar cómo entrar y salir del estrecho asiento trasero de la cabina y localizar el chaleco salvavidas situado bajo el asiento, nunca utilizado hasta entonces. Una vez puesto el cinturón de seguridad y el casco, observó a Hernando tirar del regulador para aumentar las revoluciones del motor y luego carreteamos hacia la pista.
Pocos momentos después de acelerar, el ultraligero estaba en el aire y Hernando viró a la derecha y se dirigió al sur, sobre Madrizqui La vista era impresionante. En la isla, por debajo de nosotros, una hilera de sombrillas de brillante color amarillo parecía como alfileres sobre un mapa del mundo tomado por satélite, mientras que un reluciente yate blanco contrastaba nítidamente con las aguas de color verde jade. Al sur de Madrizqui volamos sobre isla Pirata, cuyo nombre refleja la pasada popularidad del archipiélago entre los bribones de la historia marítima que explotaron sus aguas serenas y seguras y su situación estratégica para distribuir el contrabando dirigido a América del sur. El centro de la isla está ocupado por una laguna de un marrón tanino. Desde isla Pirata, Hernando giró al este, hacia cayo Muerto y Saquisaqui y continuó por encima de numerosos bancos de arena sumergidos hasta la Gran Barrera Arrecifal del Este Allí, la gran cantidad de olas del Caribe cargaban y rompían contra los muros de defensa de coral del archipiélago.
De vez en cuando, Hernando trazaba giros en espiral con los que rompía el trance inducido por la sobrecarga paisajística y volvíamos a ser conscientes de nuestra situación: nos encontrábamos a 120 metros de altura, en el aire, sostenidos por un ala de nailon, una carlinga de fibra de vidrio y un motor de dos tiempos para mantenernos allí. Ya de regreso, pasamos por la aislada Nordisqui, en forma de judía, antiguo cayo Noreste, hasta el cayo del Francés, la isla más popular para tomar el sol y realizar las excursiones de buceo. A modo de gran final. Hernando descendió sobre el viejo faro holandés de Gran Roque, pasó sobre los tejados del pueblo y luego ejecutó su maniobra marca de la casa, un giro cerrado para regresar al aeródromo y efectuar un aterrizaje seguro.

Archipielago los Roques

En el archipiélago caribeño de Los Roques, todo el mundo parece haber encontrado al fin un pequeño trozo de paraíso, ya sea sobre las aguas azulverdosas, en su superficie, o por debajo de ellas.
El archipiélago está a unos 166 kilómetros al norte de Caracas y se compone de 42 islas (ocayos), lo bastante permanentes como para tener nombres y más de 300 que sólo aparecen con la marea baja. Designado como parque nacional en 1972, las 225.153 hectáreas del archipiélago constituyeron la primera y una de las más grandes reservas marinas del Caribe. De todas las islas, sólo Gran Roque tiene una población importante (unas mil personas) y una pista de aterrizaje, mientras que casi todas las demás están deshabitadas y sólo son accesibles en barco. Este aislamiento, el gasto relativo de visitarlas y la imposición de restricciones sobre las actividades, ha contribuido a que las islas permanezcan relativamente intactas.
Era poco después de Año Nuevo y el aeropuerto de Caracas estaba lleno de gente de vacaciones. Después de buscar un poco encontré una pequeña compañía aérea, llamada Vipro, que tenía plazas disponibles para su vuelo de la tarde a Gran Roque. De los once asientos del bimotor, diez estaban situados junto a las ventanillas y a mí me asignaron el otro. Mientras admiraba los remaches del fuselaje, todos los demás utilizaron sus mejores calificativos para describir las islas que sobrevolábamos. En la pista, los mozos de equipaje no mostraron su habitual interés por llevar cualquier bolso o maleta personal con tal de recibir una abultada propina; de hecho, sólo dos de ellos se molestaron en acercársenos. Si los mozos de equipaje eran tan tranquilos, el resto de la población seguirá probablemente los dictados del «vuelva usted mañana». En una infructuosa búsqueda de alojamiento, comencé la peregrinación por las posadas,todas ellas con el cartel de «completo», y las casas de brillantes colores, a lo largo de la polvorienta calle principal. Finalmente, encontré habitación en la posada Terramar, un lugar muy agradable, un par de calles del aeropuerto.
Aunque Los Roques tiene fama de ser el mejor lugar del Caribe para la práctica del submarinismo, allí sólo hay una empresa de buceo, Sexto Continente. Con tantos turistas como visitan la isla, principalmente italianos, que descubrieron sus grandes atractivos en la década de 1960 y sólo dos embarcaciones para bucear, las plazas en las expediciones de buceo están muy solicitadas. No había espacio disponible para la salida del día siguiente, así que dirigí mi atención al cielo en busca de diversión. Hernando Arnal, el tranquilo propietario del popular bar Rasquatekey, en la plaza principal, es un piloto de ultraligero que ofrece vuelos de 15 y 30 minutos sobre las cercanas islas y arrecifes. Puesto que no había podido disfrutar de la vista aérea a mi llegada, no dudé en reservar plaza para un vuelo a la mañana siguiente. Al caer la noche di un paseo por la playa. Desde el tortuoso muelle de madera los niños locales se lanzaban al agua por puro placer y decenas de pelícanos pardos (Pelecanus occidentalis) elevaban el vuelo en espectaculares misiones de buceo-bombardeo en picado para capturar peces.