Plaza San marcos

plaza san marco

Tras ese muro que ven ahí un joven y ya insoportable Miguel Ángel se hacía romper la nariz por un compañero. Se trata de los jardines que Lorenzo el Magnífico había destinado para sus academias de filosofía y Bellas Artes. Claro que más que una academia, aquello era un lugar de encuentro y experimentación donde cada uno hacía loque se le ocurría. De todos modos sirvió para que Lorenzo descubriera las dotes de un Miguel Ángel en ciernes, aquien, desde entonces protegió y ayudó.
Casi enseguida la vía Cavour desemboca en la Piazza San Marcos donde se levanta la IGLESIA Y CONVENTO DE SAN MARCOS
La Iglesia, de una sola nave del siglo XIII, fue reconstruida muchas veces y finalmente lapidada con una anodina fachada en el 1780. Como verán, en Florencia la más humilde capilla perdida en el último callejón tiene obras de arte dignas de figurar en algún museo. Naturalmente también la Iglesia de San Marco posee obras importantes, pero ustedes hagan de tripas corazón y vayan directamente al CONVENTO que se abre a la derecha.
Las obras del claustro fueron confiadas por Cósimo a Michelozzo quien lo construyó alrededor de 1440.

La fama del convento se basa en la antagónica personalidad de dos de sus más famosos monjes. Fra Giralomo Savonarola y Fra Angélico.
Savonarola era uno de sus seres delirantes que ejercen una fascinación hipnótica sobre su auditorio. Sus sermones que eran verdaderas profecías apocalípticas hacían temblar las multitudes que se apretujaban para escucharlo en Sta. María dei Fiori.
“El sol es purpúreo como sangre roja ¡huid pues vendrá una lluvia de fuego y lava…” ¡Oh Italia! Vendrá un tormento tras otro! La guerra, el hambre, la peste y después de nuevo la guerra!… No habrá bastante sobrevivientes para enterrar los muertos! Habrá tantos en vuestras casas que los sepultureros recorrerán las calles gritando ¿Quién tiene muertos? Y saldréis a su encuentro diciendo “he aquí mi hijo, mi hermano, mi esposo…”
En fin. Lo que se dice un pesimista. Llevaba una vida ascética y condenó públicamente la afición de Lorenzo por las frivolidades, pues según él, cada cuadro o escultura debía aportar un provecho a la gran obra de salvación de las almas. Organizó un ejército de niños inquisidores para la observancia de las buenas costumbres. Estos pequeños monstruos de blanco decidieron luego cuáles serían las obras de arte a destruir en la gran hoguera que organizó para la quema de las vanidades donde se redujeron a cenizas obras únicas del arte y la literatura.