Escalar Pico Bolivar

Cuestiones de salud
El problema más común suele ser un cierto grado de mareo de altura. Entre las precauciones a tomar, debería proteger la piel expuesta ante un sol muy intenso, sobre todo en los tramos superiores de la escalada.

El pico de bolivar

Cumbre o busto
La plataforma de la cumbre del pico Bolívar, de afilados bordes es muy espectacular. Unas planchas de roca muy aguda y angulosa salen disparadas hacia arriba. Sobre una de ellas pudimos contemplar el famoso y gran bus-
to de bronce de Simón Bolívar, una visión realmente extraña después del paisaje salvaje y natural del camino para llegar hasta allí. La figura fue transportada hasta aquí el 19 de abril de 1951. como un tributo al gran líder: el principal héroe de Venezuela sobre su pico más alto.
Como para recompensar nuestros esfuerzos, las nubes se dispersaron brevemente, el sol calentó nuestros helados miembros y disfrutamos de las maravillosas vistas a lo largo de la plataforma. Para llegar hasta la estatua de Bolívar, Sean y yo respiramos profundamente gateamos con cuidado sobre las estrechas rocas, tratando de ignorar las fuertes pendientes a cada lado. Al alcanzar a nuestro objetivo, con una tremenda inyección de entusiasmo, hasta la propia estatua de Bolívar pareció sonreímos, en reconocimiento a nuestro logro.
Alcanzar la cumbre de cualquier montaña produce una gran emoción, pero descender de nuevo es probablemente lo más peligroso. Por mucho que habríamos disfrutado quedándonos más tiempo en lo alto, el limitado tiempo del que disponíamos (habíamos tardado cinco horas en alcanzar la cumbre) y las temperaturas cada vez más frías, nos obligaron a partir antes de lo que hubiésemos querido. La bajada demostró ser toda una epopeya, pues las manos heladas y los cuerpos cansados hicieron que el descender sujetos por las cuerdas fuera un verdadero desafío. Cuando llegamos de nuevo al campamento habían transcurrido diez horas desde que emprendimos la marcha. Estábamos agotados, pero la sensación de logro que experimentábamos era inmensa y tanto Sean como yo tuvimos que esforzamos mucho para encontrar la energía necesaria para esbozar una gran sonrisa.
Al día siguiente no fue una caminata fácil o corta la que nos permitió salir hacia la estación del teleférico de Loma Redonda, sino el hecho de ver un cóndor deslizándose sobre nosotros (Vultur gryphus), lo que contribuyó ciertamente a animarnos. Sólo al llegar a la estación empezamos a apreciar verdaderamente el papel del teleférico en la culminación de la escalada. El nivel de autosuficiencia exigido para coronar las altas montañas quizá sea lo que haga tan instructiva la experiencia, pero un poco de ayuda a la hora de bajar demostró ser igualmente gratificante.

Pico bolivar

Cuatro abajo, dos arriba
Nos levantamos al amanecer y descubrimos que las mochilas se nos habían congelado por la noche. Mientras tomaba el té. la luz del sol descendió lentamente por la enorme banda rocosa que se elevaba sobre nosotros, haciéndola dorada. Por encima de la cresta, el cielo era de un azul muy intenso y las nubes del valle de allá abajo parecían haber quedado atrapadas. Todo indicaba que se mantenía nuestra buena suerte y que iba a ser un día perfecto para intentar alcanzar la cumbre. Peter, Joe, Janet y Travis decidieron dirigirse a la estación del teleférico, acompañados por «El Burro», uno de los guías. Había sido una excursión gratificante, incluso sin necesidad de alcanzar el objetivo propuesto y se marcharon felices, sabiendo que habían llegado más alto que nunca en su vida.
Juan y David, los dos guías restantes, Sean y yo, recogimos nuestro equipo y concentramos la mente en el esfuerzo sostenido que había que hacer durante las siguientes tres a cinco horas de ascenso muy escarpado. A pesar de los numerosos y serios intentos por escalar el pico Bolívar a principios de la década de 1930, no se conquistó hasta 1935. El 5 de enero. Enrique Bourgoin, un médico de Mérida. acompañado por su guía Domingo Peña, conquistó finalmente el glaciar de hielo y nieve, que por aquel entonces era mucho más grande, y llegó hasta la cumbre.
Esperábamos encontrar muy poca nieve o hielo en la ruta, así que emprendimos la marcha con la mochila ligera, llevando sólo la ropa esencial, anoraks, comida, piolets y cascos. Tras ascender una plataforma rocosa situada por encima del campamento, bordeamos la laguna Timoncito e iniciamos el ascenso más escarpado por un barranco. Ahora, la altura hacía que cada movimiento fuera un verdadero desafío y nos deteníamos a cada 20 pasos para absorber más oxígeno. Era una buena excusa, además, para empaparnos de las maravillosas vistas que se contemplaban tanto montaña abajo, como hacia los recortados picos de arriba. Pronto nos encontramos al pie del primero de siete tramos, llamados pendientes en términos de escalada, donde tuvimos que utilizar cuerda para asegurar nuestro progreso, así que nos pusimos los arneses de escalada y los cascos y preparamos los piolets. Juan ascendió por delante con un extremo de la cuerda y se aseguró a una cadena previamente colocada (llamada punto de amarre). Luego le seguimos nosotros. Este sistema de relevos continuó mientras ascendíamos sobre rocas muy expuestas y barrancos de nieve.
Una nevada reciente caída la tarde anterior hizo que las condiciones fueran más duras de lo esperado. A medida que ascendíamos, las nubes empezaron a envolver el pico y el viento aumentó su fuerza, lo que hizo descender aún más la temperatura. Entre una pendiente y otra, nos sosteníamos sobre diminutos rebordes donde no nos quedaba otra opción que abrazarnos para combatir el frío que se calaba hasta los huesos, mientras esperábamos a que que dará preparado el siguiente punto de amarre. En una de las pendientes sobre un esearpado barranco nevado fue necesario tallar escalo nes en la endurecida nieve para que pudiéramos afianzar las botas. Cada vez que golpeaba el hielo con el piolet, una rociada de fragmentos helados me salpicaba la cara. Esto estaba resultando ser una verdadera gran aventura.
Las últimas pendientes estaban compuestas por cortos tramos de roca casi vertical y para salvarlas se requería pensar un poco y acompañar los movimientos con una buena dosis de valor. Después de atravesar una plataforma muy expuesla. llegamos a la base de la escalada final a la cumbre. El corazón me latía con fuerza, tenía la boca reseca y un ligero dolor de cabeza, pero ahora ya estaba seguro de que iba a conseguirlo.

Pico Bolivar de Merida

Exploradores del hielo
Poco después de cruzar un puente de sencillas tablas de madera para salvar la cara de un acantilado inaccesible, pasamos ante una cascada e iniciamos una ascensión escarpada de farallones más expuestos a la roca gris. Ocasionalmente, resultó fácil continuar a gatas. antes que arriesgarnos a que nuestras pesadas mochilas nos hicieran caer hacia atrás. La recompensa por haber logrado llegar a lo alto de los farallones fue extraordinaria. Más allá de otra cascada, relució bajo el sol del mediodía el gran glaciar, de un blanco brillante, que desciende desde la cumbre del pico Humboldt. Llamado originalmente La Corona, los españoles lo bautizaron con el nombre del legendario explorador y naturalista alemán, el barón Alexander von Humboldt, que llegó a Venezuela en 1799 para explorar el río Orinoco. Y, sin embargo, nunca llegó a escalar la montaña, ni visitó siquiera la zona de Marida. Al contemplar las aguas de un verde esmeralda de la laguna Verde, nuestro campamento para pasar la noche, todos creímos que habían terminado nuestros esfuerzos. Pero aún teníamos reservada una sorpresa. Para llegar al otro lado del lago y a nuestra zona de acampada, teníamos que cruzar una escarpada ladera, pasando sobre pequeños rebordes y rocas troceadas. No exigía un elevado nivel de habilidad técnica, pero un error podía ocasionar una caída, por lo que convenía mantener la cabeza bien fría. Cada movimiento se ensayaba mentalmente con antelación y ni siquiera recuerdo que respirase con excesiva frecuencia. Para cuando Peter llegó a la travesía transversal, a unos 3.800 metros de altura, empezaba a tener problemas con la altitud. Ya habíamos alcanzado el campamento, nos sentamos y observamos su lento avance a lo largo de la cara de la roca, sin saber que se estaba sintiendo tan mal que a medio camino se detuvo para vomitar. Cuando finalmente llegó al campamento, estaba agotado y levantamos su tienda, para que pudiera calentarse y descansar. Por la noche, las dificultades de respiración y las ensoñaciones creadas por el aire enrarecido nos dificultaron el sueño y fue un verdadero alivio el momento en que brotó un amanecer ferozmente rojo y pudimos levantarnos. Peter se sentía bastante mejor y tras una prolongada discusión, decidió continuar hasta el campamento base de pico Bolívar. Otro grupo del campamento también tenía enfermo a uno de sus miembros y decidieron abandonar su excursión al Humboldt e iniciar el descenso a Mérida. A nosotros nos esperaba la jornada más larga y exigente y lo recogimos todo rápidamente para salir lo antes posible.
Después de un inicio fácil a través de un prado de hierba dorada, sorteamos una cascada y seguimos el pedregoso sendero que zigzaguea empinadamente hasta un espolón. En lo alto, llegamos a otro lago más pequeño, al pie de la cara oeste del pico Humboldt. Junto al lago, un viejo cartel de madera, ligeramente inclinado hacia arriba, parecía señalar la luna. Pintado sobre él. en descoloridas letras rojas se leía “La Travesía”, nuestra ruta hasta el campamento base. Al seguir la línea señalada por el cartel nuestra mirada se detuvo en una escarpada ladera dividida en lo alto por un gran contrafuerte de roca negra. El paisaje era impresionante. Pero pico Bolívar no iba a permitirnos llegar hasta él sin desafíos y nos resignamos a otros 40 minutos de sufrimiento.