BASÍLICA DE SAN MARCOS

Otra simpática celebración festeja el rescate de las venecianas raptadas en Istria por los piratas
El Jueves Santo se festejaba la victoria del siglo XII sobre el Patriarca de Aquilea con fuegos de artificio y degollando doce cerdos que dicho patriarca (sus sucesores, se entiende) enviaban a Venecia. Paralelamente en una ceremonia un tanto infantil, el Duque y sus consejeros abatían con una maza pequeños castillos de hierro que simbolizaban la fortaleza de Frione. Tampoco se vio libre la Plaza de las máscaras del famoso Carnaval veneciano que apareció en el siglo XIII, a pesar de la expresa prohibición de entrar a las Iglesias y monasterios de monjas con careta, pues., “al amparo de los disfraces se decían y se cometían muchas indecencias” De ahí la fama de livianas del que gozaban las venecianas en Italia. Una fama a la que sin duda contribuyó el hecho de que fuesen muchos los venecianos de la tercera edad que desposaban (o no) a mujeres jóvenes. Y valga como ejemplo el escándalo amoroso que protagonizó el matusalénico dux Dándolo(eI de la IV Cruzada) y el septugenario Faliero (no entre ellos, claro). Y como en aquellas épocas (siglo XIV) no existían las revistas de chismes pero sí los grafittis, parece que el futuro dux Steno escribió algo bastante imaginable respecto a las probables derrotas conyugales de Faliero.
Se dice que, Faliero, indignado porque no se tomaban medidas enérgicas contra los graciosos, conspiró para convertirse en tirano. Lo cual es una tonta justificación para sus desmedidas ambiciones que lo llevaron al cadalso.
Y como todo en la vida se relaciona, quién sabe si no se originó en los comprensibles desvelos de tantos novios seniles, aquella leyenda que asegura un año de potencia a los que les toquen las partes (como decían las señoras de antes) a los moros de la Torre del Reloj que también adorna la Plaza.
Bien. Empecemos entonces por la increíble BASÍLICA DE SAN MARCOS ubicada en el preciso lugar de sus dos ante cesoras La primera del 830 se había erigido como capilla del Palacio Ducal a fin de albergar (mejor dicho ocultar cuidadosamente) los restos de San Marcos recientemente contrabandeados de Egipto.
En 976 la estructura se prendió fuego y el Santo se hizo literalmente humo. Casi enseguida se emprendió la reconstrucción de una segunda basílica, pero sin las reliquias sagradas ya no era lo mismo. Así que poco tiempo después se desmanteló este segundo opus para iniciar la construcción de la tercera y definitiva Basílica.
En ocasión de la consagración de la Basílica en el año 1094, de un pilar a la derecha del altar mayor surgió el brazo de San Marco. Pero para que no quedaran dudas de que se trataba de él mismo, casi enseguida apareció el resto del cuerpo. Eso provocó una enorme alegría en la concurrencia y la consiguien-te suspicacia en los sacerdotes que decidieron esconderlo de nuevo. Para reconfirmar aquello de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, el escondi te fue nuevamente olvidado en un descuido ya rayano en la incompetencia. San Marcos notoriamente interesado en los problemas constructivos volvió a aparecer en ocasión de las reformas del siglo XIX. Esta vez se optó por no seguir jugando a las escondidas y se le colocó sobre el altar mayor.
Para tener una idea de la Basílica primitiva habría que ir a Torcello a unos 6 kilómetros de Venecia. Allí, en esa especie de ciudad fantasma en medio de las tierras pantanosas, surge una Basílica que supo ser la rival de la de San Marcos, como Torcello lo fue de Venecia.
La Basílica en su estado actual tiene un aspecto bizantino lo cual es fácilmente comprensible ya que a diferencia de las otras ciudades italianas, Venecia siempre se sintió unida y respaldada por Bizancio. Por lo tanto las mujeres se vestían a la usanza del Imperio griego, y habían adoptado las sofisticadas costumbres de Constantinopla. Por ejemplo comenzaron a pintarse, a echarse aguas perfumadas y cubrirse las manos con guantes, imitando a las princesas bizantinas que a menudo se casaban con los jefes de la República veneciana.
Los puritanos se hacían cruces ante tamañas extravagancias y ponían como ejemplo a la famosa duquesa Selvo quien por usar perfumes vio como su cuerpo empezaba a pudrirse muriendo en medio de terribles sufrimientos.

Plaza San marcos

plaza san marco

Tras ese muro que ven ahí un joven y ya insoportable Miguel Ángel se hacía romper la nariz por un compañero. Se trata de los jardines que Lorenzo el Magnífico había destinado para sus academias de filosofía y Bellas Artes. Claro que más que una academia, aquello era un lugar de encuentro y experimentación donde cada uno hacía loque se le ocurría. De todos modos sirvió para que Lorenzo descubriera las dotes de un Miguel Ángel en ciernes, aquien, desde entonces protegió y ayudó.
Casi enseguida la vía Cavour desemboca en la Piazza San Marcos donde se levanta la IGLESIA Y CONVENTO DE SAN MARCOS
La Iglesia, de una sola nave del siglo XIII, fue reconstruida muchas veces y finalmente lapidada con una anodina fachada en el 1780. Como verán, en Florencia la más humilde capilla perdida en el último callejón tiene obras de arte dignas de figurar en algún museo. Naturalmente también la Iglesia de San Marco posee obras importantes, pero ustedes hagan de tripas corazón y vayan directamente al CONVENTO que se abre a la derecha.
Las obras del claustro fueron confiadas por Cósimo a Michelozzo quien lo construyó alrededor de 1440.

La fama del convento se basa en la antagónica personalidad de dos de sus más famosos monjes. Fra Giralomo Savonarola y Fra Angélico.
Savonarola era uno de sus seres delirantes que ejercen una fascinación hipnótica sobre su auditorio. Sus sermones que eran verdaderas profecías apocalípticas hacían temblar las multitudes que se apretujaban para escucharlo en Sta. María dei Fiori.
“El sol es purpúreo como sangre roja ¡huid pues vendrá una lluvia de fuego y lava…” ¡Oh Italia! Vendrá un tormento tras otro! La guerra, el hambre, la peste y después de nuevo la guerra!… No habrá bastante sobrevivientes para enterrar los muertos! Habrá tantos en vuestras casas que los sepultureros recorrerán las calles gritando ¿Quién tiene muertos? Y saldréis a su encuentro diciendo “he aquí mi hijo, mi hermano, mi esposo…”
En fin. Lo que se dice un pesimista. Llevaba una vida ascética y condenó públicamente la afición de Lorenzo por las frivolidades, pues según él, cada cuadro o escultura debía aportar un provecho a la gran obra de salvación de las almas. Organizó un ejército de niños inquisidores para la observancia de las buenas costumbres. Estos pequeños monstruos de blanco decidieron luego cuáles serían las obras de arte a destruir en la gran hoguera que organizó para la quema de las vanidades donde se redujeron a cenizas obras únicas del arte y la literatura.