Arequipa Turismo

El sendero de la cochinilla
El puente en suspensión es uno de los dos que cruza el río y conecta los pueblos con el mundo exterior a través de la carretera por la que habíamos pasado. Nuestro plan consistía en caminar hasta Tapay, a través de los otros pueblos, para luego regresar por el segundo puente en San Galle, por debajo de Cabanaconde.
Era mediodía y el sol cubrió los últimos centímetros de sombra que quedaban. Hice un esfuerzo por ponerme en pie sabiendo que no podía hacer otra cosa. Estábamos en las afueras de un pequeño pueblo llamado San Juan de Chuccho. donde el camino discurre entre muros de piedra y pequeñas parcelas cultivadas. A un lado del puente, el terreno está pelado, mientras que en el otro extremo había matojos y cactus, algún que otro árbol y bonitas flores anaranjadas que caían sobre las rocas. Un muchacho con un par de burros surgió de la nada y nos adelantó en el camino.
Yo estaba extenuado pero el ver los animales me dio esperanzas. Más adelante nos encontramos con una casa de piedra donde vimos al muchacho cuidando de los burros, bajo la mirada atenta de una anciana. Iván entabló rápidas negociaciones y pronto pudimos seguir caminando sin necesidad de llevar tanta carga a cuestas. El muchacho y uno do sus burros nos acompañaría y, por unos pocos dólares, llevaría nuestro equipaje hasta Tapay.
Del mismo modo que el camino había sido de bajada durante toda la mañana, ahora fue de subida durante toda la tarde. Iván y el muchacho charlaron mientras caminaban. Yo. por mi parte, necesitaba hasta el último aliento para poder continuar, incluso sin mi mochila. Me di cuenta entonces de que mi error había consist ido en emprender el recorrido sin haberme acli-
matado previamente a la altura. Eso. unido a la falta de sueño por haher viajado en autobuses nocturnos durante dos noches consecutivas, me había dejado casi completamente exhausto.
Llegamos finalmente a Tapay donde montamos la tienda en el patio de la escuela ante la curiosidad de la chiquillería local, aunque ya están bastante habituados a esta circunstancia. Después de tomar un par de tazas de té y de hacer un breve descanso, me sentí completamente recuperado. Por la noche, los niños se marcharon a sus clases de baile. Pude verlos en el aula, bailando ante el sonido de los caramillos, las flautas y los churangos que formaban los ritmos clásicos andinos de Perú, Bolivia y Ecuador.
Tapay, encaramado a 2.800 metros de altura, es un pequeño pueblo de poco más de 300 habitantes. Las casas están hechas de piedra o ladrillo de barro y la mayoría tienen tejado de hojalata ondulada, aunque unas pocas con servan el tradicional tejado de hierba. En el centro de la población hay una iglesia, de un blanco intenso, con una puerta roja, pero ésta y la escuela azul son los únicos edificios pintados. En las afueras del pueblo y hasta donde alcanza la vista, crecen grandes cactus con paletas redondas, planas y carnosas. Había observado la presencia de estos cactus, llamados tuna, desde que iniciamos el ascenso desde el río, pero sólo ahora me di cuenta de la importancia que tenían para los aldeanos, pues constituyen la única cosecha que recogen, no la planta en sí, sino las cochinillas que crecen en ellas. Cada cactus está cubierto con lo que parece un hongo blanco algodonoso y dentro de esas manchas blancas se esconden grandes insectos escamosos como garrapatas (Dactylopius coccus) que se alimentan del jugo de la planta. Los insectos se recogen, se secan y luego se utilizan para producir un tinte natural, de un rojo intenso.
La mañana amaneció muy vigorosa y clara. El pueblo se encontraba en calma y sin contaminación, a excepción de la basura amontonada en el patio de la escuela. Por encima de nosotros las siluetas de tres cóndores de los Andes trazaban círculos cerca de lo alto de los acantilados, por detrás del pueblo. Estas magníficas aves nunca hacen aletear sus enormes alas, sino que simplemente se deslizan, arrastradas por las corrientes termales.
Emprendimos la marcha por un sendero que bordeaba Tapay hasta alcanzar un punto elevado desde el que se dominan magníficas vistas del cañón, y de los pueblos vecinos. Una cruz, decorada con flores secas y rojas y hojas de palmera corona este mirador. Desde aquí, el camino serpentea descendiendo por un barranco, para luego subir por el otro lado y salir poco después al pueblo de Coshñihua. una aldea todavía más pequeña que Tapay, con sólo 150 habitantes. Entre las escasas edificaciones crecen también eucaliplus, utilizados para madera y como material de construcción, así como árboles Molió que se alzan a la sombra. Los cerdos y las ovejas se habían atado a los árboles y el lugar olía a polvo caliente y también al rico y dulce anima del estiércol animal.
Coshñihua da al mino pueblo de Malata donde se inician de nuevo los campos de cactus. Se puede pasar fácilmente un día o dos en estos pueblos y luego descender una vez más para cruzar el segundo y pequeño puente sobre el Colea y entrar en el oasis do San Galle Se trata, sin duda, de un lugar maravilloso para efectuar largos paseos. Mientras caminaba mos de pueblo en pueblo en el remoto y pacífico valle, la gente con la que nos encontramos se detenía para saludarnos y preguntarnos por nuestro viaje. No tenían ninguna prisa porter minar la conversación y se interesaban por conocer algunos detalles como de dónde veníamos, como era mi hogar y qué pensaba yo del suyo. Son gentes encantadoras, orgullosas, afables y alegres.