Turismo Ecuador

Alojamiento
Existe una amplia variedad de alojamientos entre los que elegir, tanto en Otavalo como en sus alrededores. Si sólo pernocta una noche, elija un hotel o albergue en el centro. Así estará cerca del mercado y de los restaurantes. Encontrará establecimientos bastante económicos y de nivel medio.
Si quiere quedarse más tiempo, vale la pena alojarse en una de las varias haciendas que hay en un radio de pocos kilómetros de la ciudad. Esos lugares, antiguas casas de campo reconvertidas, tienen mucha personalidad y ofrecen habitaciones grandes y cómodas y en un ambiente rural. Resultan el alojamiento ideal si lo que busca es un retiro tranquilo del ajetreo de la ciudad.
Habitualmente, desde las haciendas se pueden emprender actividades como montar a caballo o dar largos paseos.

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PASEOS LOCALES
La zona situada en los alrededores de Otavalo es magnífica para recorrerla a pie. Si dispone de tiempo, puede caminar hasta los pueblos, en lugar de ir en una visita organizada. Peguche está a menos de tres kilómetros al norte de
Otavalo. Es el pueblo más cercano a la ciudad y se llega paseando en menos de una hora. De Peguche a Human hay tres kilómetros y medio y San Roque está a otros dos kilómetros. De Peguche a Agato hay tres kilómetros. Encontrará una cascada a dos kilómetros al sur de
Peguche.

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Fabricación de cestos y sombreros
En el pequeño pueblo de Punyaro nos presentaron a un anciano de 88 años, que estaba sentado a la sombra, sobre una esterilla de juncos, delante de su casa, dedicado a fabricar cestos tradicionales, como ha hecho durante toda su vida. Utiliza bambú seco de la montaña, que antes debe ser empapado en agua para que adquiera suficiente flexibilidad como para trabajarlo. Con la destreza propia de un hombre de veinte años, separa el bambú en tiras planas y alargadas, sosteniendo un extremo con los labios y utilizando un cuchillo afilado para partir las fibras. En cuestión de pocos minutos había tejido las tiras planas para confeccionar un pequeño cesto rectangular. Es capaz de producir la cantidad de éstos que se quieran para que encajen perfectamente uno dentro del otro, de modo que los conjuntos resultantes son utilizados como medidas por los comerciantes del mercado.
Regresamos a Otavalo para almorzar en un restaurante local. Probé el ceviche, un delicioso cóctel de pescado crudo, langostinos y otros mariscos, preparados en escabeche con una salsa picante hecha a base de lima, cebolla y chiles frescos. Nuestro recorrido continuó con una visita a Human, un pueblo de sombrereros en el que se confeccionan casi todos los sombreros de fieltro que se venden en el país.
Una vez más, nadie intentó vendernos nada; simplemente, nos mostraron los talleres familiares para que viéramos el proceso de confección del sombrero. Una capa tras otra de lana cardada se comprime a mano sobre una bandeja caliente y humedecida sobre carbones encendidos. El vapor así producido encoge las fibras de lana y después de un constante golpeado y de un mayor encogimiento, las fibras forman el fieltro, que luego es configurado en moldes de madera, mientras todavía está húmedo. Finalmente se extiende al sol para que se seque.
El acabado de los sombreros constituye otra habilidad que supone cepillar el fieltro y luego suavizarlo con una plancha caliente sobre un paño húmedo. Los sombreros más sofisticadas exigen muchas horas de duro trabajo. Cada zona del país tiene su propio estilo, pero en llumán se confeccionan sombreros de todos los tipos. El día de nuestra visita estaban produciendo sombreros de aspecto tosco, como grandes sombreros mexicanos, y otros exquisitos, negros, con la parte superior plana, como los llevados por toreros y bailarines españoles de flamenco, destinados para su venta en Cuenca, al sur del país.

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El Ángel es una tranquila ciudad del altiplano, al norte de Ecuador, a unos 32 kilómetros al sur de la frontera colombiana. Es típica de un pequeño pueblo de mercado en América del Sur. construido a base de una rejilla de calles alrededor de una plaza central, y los lunes se celebra aquí el día semanal de mercado. El pueblo, en sí mismo, no es una gran atracción turística, pero es la puerta de entrada al páramo, lo que lo sitúa en el itinerario de los caminantes y de todo aquel que quiera explorar un ambiente salvaje. El páramo, la altiplanicie situada de 3.800 a 4.200 metros de altura sobre el nivel del mar, es un ecosistema único. La palabra se deriva del idioma indio quechua y significa lugar frío y húmedo.
Recorrí el trayecto de 225 kilómetros desde Quito, la capital del país, hasta El Ángel, en compañía de Piet Sabbe, director de la Fundación Golondrinas, y un grupo de otras seis personas con las que caminaría durante los cuatro días siguientes. Ellen y Jopie, dos holandesas, acababan de llegar de las junglas de la cuenca del Amazonas, al este de los Andes ecuatorianos. Clare acababa de llegar de Inglaterra y Amanda, otra inglesa, había venido en avión desde Lima, Perú. Tuvimos suerte porque los otros dos miembros del grupo, Camilo y Marjolein, que viven en Quito y tienen una agencia de viajes, disponían de un vehículo lo bastante grande como para llevarnos a todos a El Ángel, aunque de todos modos habría sido fácil llegar hasta allí utilizando el transporte público.
Desde Quito, la ruta hacia el norte pasa por Otavalo y luego por Ibarra, una media hora más tarde. Desde aquí sólo hay un par de horas más hacia el norte, por la carretera Panamericana antes de girar al oeste en San Gabriel para recorrer los últimos 120 kilómetros. Hacía frío y ya era bastante tarde cuando llegamos a la Hostería El Ángel, donde nos esperaban, tenían una buena chimenea encendida, sopa caliente, cerdo frito y empanadas de patata. En Quito había hecho las maletas precipitadamente, así que ahora dediqué unos momentos a clasificar las cosas que necesitaba llevar en la mochila y a envolverlas en bolsas de plástico para mantenerlas secas. En esta excursión, el equipaje va por delante de los caminantes, así que uno sólo necesita llevar lo esencial para el día.