Exursion arequipa

Planificación
Aunque puede emprender esta excursión por su cuenta.es mejor contratar los servicios de un guía. Éste le indicará algo más que la ruta. Le ayudará a prepararse para el camino, le presentará a los aldeanos y le explicará aspectos de la estructura social y de la cultura de los pueblos, así como del ambiente. Así tendrá un mejor conocimiento de la zona del que tendría a si fuera solo. Hay varias compañías pequeñas en Arequipa que ofrecen excursiones organizadas, pero puesto que tiene usted que llegar por su cuenta a Cabanaconde, llevar su propia comida y equipo de acampada y todo su equipaje, no creo que se merezcan el precio que piden. Yo le recomendaría utilizar los servicios de un guía privado, que puede ayudarle a determinar el itinerario a su medida. A través de las agencias en Arequipa puede ponerse en contacto con guías cualificados de montaña y de senderismo.

Arequipa Turismo

El sendero de la cochinilla
El puente en suspensión es uno de los dos que cruza el río y conecta los pueblos con el mundo exterior a través de la carretera por la que habíamos pasado. Nuestro plan consistía en caminar hasta Tapay, a través de los otros pueblos, para luego regresar por el segundo puente en San Galle, por debajo de Cabanaconde.
Era mediodía y el sol cubrió los últimos centímetros de sombra que quedaban. Hice un esfuerzo por ponerme en pie sabiendo que no podía hacer otra cosa. Estábamos en las afueras de un pequeño pueblo llamado San Juan de Chuccho. donde el camino discurre entre muros de piedra y pequeñas parcelas cultivadas. A un lado del puente, el terreno está pelado, mientras que en el otro extremo había matojos y cactus, algún que otro árbol y bonitas flores anaranjadas que caían sobre las rocas. Un muchacho con un par de burros surgió de la nada y nos adelantó en el camino.
Yo estaba extenuado pero el ver los animales me dio esperanzas. Más adelante nos encontramos con una casa de piedra donde vimos al muchacho cuidando de los burros, bajo la mirada atenta de una anciana. Iván entabló rápidas negociaciones y pronto pudimos seguir caminando sin necesidad de llevar tanta carga a cuestas. El muchacho y uno do sus burros nos acompañaría y, por unos pocos dólares, llevaría nuestro equipaje hasta Tapay.
Del mismo modo que el camino había sido de bajada durante toda la mañana, ahora fue de subida durante toda la tarde. Iván y el muchacho charlaron mientras caminaban. Yo. por mi parte, necesitaba hasta el último aliento para poder continuar, incluso sin mi mochila. Me di cuenta entonces de que mi error había consist ido en emprender el recorrido sin haberme acli-
matado previamente a la altura. Eso. unido a la falta de sueño por haher viajado en autobuses nocturnos durante dos noches consecutivas, me había dejado casi completamente exhausto.
Llegamos finalmente a Tapay donde montamos la tienda en el patio de la escuela ante la curiosidad de la chiquillería local, aunque ya están bastante habituados a esta circunstancia. Después de tomar un par de tazas de té y de hacer un breve descanso, me sentí completamente recuperado. Por la noche, los niños se marcharon a sus clases de baile. Pude verlos en el aula, bailando ante el sonido de los caramillos, las flautas y los churangos que formaban los ritmos clásicos andinos de Perú, Bolivia y Ecuador.
Tapay, encaramado a 2.800 metros de altura, es un pequeño pueblo de poco más de 300 habitantes. Las casas están hechas de piedra o ladrillo de barro y la mayoría tienen tejado de hojalata ondulada, aunque unas pocas con servan el tradicional tejado de hierba. En el centro de la población hay una iglesia, de un blanco intenso, con una puerta roja, pero ésta y la escuela azul son los únicos edificios pintados. En las afueras del pueblo y hasta donde alcanza la vista, crecen grandes cactus con paletas redondas, planas y carnosas. Había observado la presencia de estos cactus, llamados tuna, desde que iniciamos el ascenso desde el río, pero sólo ahora me di cuenta de la importancia que tenían para los aldeanos, pues constituyen la única cosecha que recogen, no la planta en sí, sino las cochinillas que crecen en ellas. Cada cactus está cubierto con lo que parece un hongo blanco algodonoso y dentro de esas manchas blancas se esconden grandes insectos escamosos como garrapatas (Dactylopius coccus) que se alimentan del jugo de la planta. Los insectos se recogen, se secan y luego se utilizan para producir un tinte natural, de un rojo intenso.
La mañana amaneció muy vigorosa y clara. El pueblo se encontraba en calma y sin contaminación, a excepción de la basura amontonada en el patio de la escuela. Por encima de nosotros las siluetas de tres cóndores de los Andes trazaban círculos cerca de lo alto de los acantilados, por detrás del pueblo. Estas magníficas aves nunca hacen aletear sus enormes alas, sino que simplemente se deslizan, arrastradas por las corrientes termales.
Emprendimos la marcha por un sendero que bordeaba Tapay hasta alcanzar un punto elevado desde el que se dominan magníficas vistas del cañón, y de los pueblos vecinos. Una cruz, decorada con flores secas y rojas y hojas de palmera corona este mirador. Desde aquí, el camino serpentea descendiendo por un barranco, para luego subir por el otro lado y salir poco después al pueblo de Coshñihua. una aldea todavía más pequeña que Tapay, con sólo 150 habitantes. Entre las escasas edificaciones crecen también eucaliplus, utilizados para madera y como material de construcción, así como árboles Molió que se alzan a la sombra. Los cerdos y las ovejas se habían atado a los árboles y el lugar olía a polvo caliente y también al rico y dulce anima del estiércol animal.
Coshñihua da al mino pueblo de Malata donde se inician de nuevo los campos de cactus. Se puede pasar fácilmente un día o dos en estos pueblos y luego descender una vez más para cruzar el segundo y pequeño puente sobre el Colea y entrar en el oasis do San Galle Se trata, sin duda, de un lugar maravilloso para efectuar largos paseos. Mientras caminaba mos de pueblo en pueblo en el remoto y pacífico valle, la gente con la que nos encontramos se detenía para saludarnos y preguntarnos por nuestro viaje. No tenían ninguna prisa porter minar la conversación y se interesaban por conocer algunos detalles como de dónde veníamos, como era mi hogar y qué pensaba yo del suyo. Son gentes encantadoras, orgullosas, afables y alegres.

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Cruce del valle hasta la cabecera del camino
Incluso bajo el frío del amanecer, la plaza de Armas de Chivay bulle de actividad. Las gentes de esta región dependen mucho del transporte público y nuestro autobús les proporcionaba una oportunidad de recorrer el valle hasta los pueblos exteriores. Cargaron el autobús con sacos de pan recién horneado y se apiñaron en el vehículo con bolsos, hatos y bebés en los brazos, envueltos en chales.
Las mujeres llevan aquí sombreros decorados de forma extravagante con lazos y cintas, lentejuelas, rosetones y bordados. Iván me explicó que las sutiles diferencias en este tipo de adornos podían identificar el pueblo de origen de la portadora, así como su estatus social y hasta matrimonial. Para mí, sin embargo, todos eran pintorescos y la única distinción que pudo establecer mi inexperta mirada fue entre los firmes sombreros blancos de paja llevados por las mujeres de Chivay y los sombreros bordados de alas caídas del interior del valle, a partir del pueblo de Pinchollo y más allá.
Fuera de Chivay el río Colca serpentea por un ancho valle de campos que se elevan sobre las aterrazadas laderas de las montañas y un escarpado fondo montañoso en la distancia. Pasamos por los pueblos de Yanque, Achoma, Maca y Pinchollo, efectuando breves paradas para que los pasajeros subieran y bajaran del autobús. Toda esta zona se halla sujeta a frecuentes temblores y en Maca aún se ven las secuelas de un fuerte terremoto que tuvo lugar en 1991: la destartalada iglesia junto a la carretera se eleva descuidada, desmoronándose medio en ruinas; la plaza del pueblo ha descendido varios metros de su nivel original y la carretera se ha visto reducida a un camino de tierra que a partir de este punto hace una serie de giros siniestros. El valle se estrecha, se acercan las montañas y campos y algunos tramos de la carretera se han colapsado y caído hacia el valle por lo que resultan inaccesibles.
En Cruz del Cóndor, a nueve kilómetros más allá de Cabanaconde, ya empezaban a reunirse los primeros grupos de la mañana para contemplar los cóndores andinos (Vultura gryphus) que suelen volar sobre el cañón (véase el recuadro). A unos 6,5 kilómetros
más adelante Iván le pidió al chófer del autobús que parase y nos dejaron sin la menor ceremonia en la cuneta de la carretera, con todo nuestro equipo.

Cañón del Colca

Altibajos del cañón del Colca

En lo alto de los Andes, en el sur de Perú, se encuentra uno de los cañones más profundos del mundo. Recorrí este paisaje espectacular de acantilados cortados a pico, jardines de cactus y pueblos remotos donde la vida se luisa en tradiciones antiquísimas u los cóndores trazan círculos en el cielo.

Arequipa es la ciudad mas cercana al cañón del Colca y fue desdi1 aquí donde hice los preparativos para mi excursión. La ciudad destaca por su arquitectura colonial, que dala de los siglos XVI y XVII, cuando los conquistadores españoles trajeron consigo influencias arquitectónicas moriscas y barrocas. Entre contratar a un guía y comprar las provisiones para mi recorrido por el cañón, me tomé tiempo para visitar algunos de esos edificios impresionantes. Posiblemente el ejemplo más pintoresco y estéticamente más agradable en lodo Perú lo constituya el monasterio de Santa Catalina, en Arequipa. Durante casi 400 años, las monjas y el personal que vivió aquí no abandonaron el complejo en ningún momento, y prohibieron la en! rada de visitantes. Se abrió finalmente al público en el año 1970. En el interior hay plazas ocultas, salas de oración privadas y palios con fuentes, crucifijos y claustros.
Todo el complejo está brillantemente decorado en rico azul ciclo y ocres anaranjados, y cada esquina aparece salpicada de geranios. Quedé tan absorto que no tuve ninguna noción del tiempo, así que a últimas horas de la tarde tuve que ir a comprar los esenciales alimentos energéticos y reorganizar mi equipaje a alias horas de la noche.
Iván, mi guía, había decidido que tomaríamos un autobús nocturno hasta el cañón, para poder así empezar la caminata por la mañana. Envueltos en la oscuridad, escasos de tiempo y cargados con mochilas, alimentos, sacos de dormir y equipo do acampada. Iván y yo subimos al autobús a las dos y media de la madrugada. Me sentía frío e incómodo y no pude dormir durante las cinco horas que duro el viaje por los Andes. La carretera asciende más allá del Nevada Chachani y del volcan Misti. cuyos altos picos dominan el perfil de Arequipa. Luego se llega al altiplano, pasando así desde una altura de 2.325 metros en Arequipa, hasta los 4.800 metros del altiplano, antes de descender de nuevo hasta los 3.650 metros, en la adormecida cuidad de Chivay, situada en la cabecera del valle del Colca.