Consejos para viajar a Budapest

De recuerdo:
En Budapest pueden adquirirse productos locales a precios un 20 por ciento más bajos que en España. Las especialidades son los artículos y libros antiguos, el foie, el vino y los discos de música folclórica y clásica. Es recomendable curiosear en algún mercadillo semanal, como el de antigüedades de Ecseri Piac (Nagykórosi, 156), en la ruta del autobús 56. A pesar de estar alejado, ofrece cortinajes y artículos de brocante a buen precio, con regateo incluido, de lunes a sábado (en especial, este último día). Por su parte, los amantes de los grabados, postales o mapas deben acudir a Kózponti Antikvárium (Avenida Múzeum, 13) y Ulysses (Rákoczl, 7). Lo más rompedor del arte húngaro actual está en Várfok Galería, propiedad de Vároly Száloky, que ofrece piezas de conocidos artistas plásticos como Bak Imre o Bukta Imre.
Unos 30.000 visitantes diarios y hasta 180 puestos de volatería, artesanías, panaderías, pescaderías y artículos cotidianos forman el Mercado Central, en la calle Fóvám: es el sitio idóneo para comprar foie y otros productos gastronómicos. Y por último, un récord: la mayor tienda de discos de Centroeuropa se llama Rózsavólgyi Zenemóbolt (Szervita, 5) y cuenta con una gran sección de folclore y música zíngara.

Turismo en Budapest

La ciudad emocionada:
Intensa para la alegría y la tragedia, la capital húngara es, dice el autor, un lugar de avasalladora pujanza donde se ha cocinado una parte esencial de la identidad cultural europea.

Mil novecientos noventa y uno. Otoño junto a la fría ribera del Danubio. El ocaso teñía los otrora pretenciosos y ya decrépitos palacios de los diques de Pest en un ácido verde manzana.” Así da comienzo Imre Kértesz, premio Nobel de Literatura, una de sus grandes obras: Yo, el otro. Es un libro difícil de olvidar, que sin Budapest, sin el alma de Hungría, probablemente jamás habría sido concebido. Como tantos otros de las letras centroeuropeas, escritos en húngaro o alemán. Toda ciudad tiene literatura, pero pocas han dado tanto que pensar y soñar en las claves profundas de la cultura europea.
Buda y Pest se observan por encima del agua. Entre los dos municipios, que se unieron allá en el siglo XIX para formar la capital húngara, fluye el Danubio, siempre majestuoso, violento en primavera, reflejo de cien colores en otoño, cargado de placas de hielo en sus inviernos más duros. Novelistas y poetas, pintores y compositores, niños y guerreros, amantes y asesinos, nadie que haya estado en esta ciudad junto al río conseguirá jamás olvidar sus perfiles y cambios de luces. Unos y otros juegan sobre el agua con los puentes, que permiten el abrazo de estas dos urbes hechas una. Si en Viena el Danubio se distrae por los arrabales del noreste y en Praga el Vltava parece a veces, pese a sus románticos quiebros y rápidos, poco río para tan impresionante castillo, catedral tan gloriosa y población tan maravillosa, en Budapest, la gran corriente de Centroeu-ropa, el Danubio -Donau, Duna, Dunav, Dunai- y la ciudad se hacen perfecta justicia mutuamente, hasta la más inverosímil armonía.
Hoy es una avasalladora capital, donde hay que paliar la puj anza de la vida diaria para reconocer toda la historia con que carga, y la belleza que tantas veces se oculta, casi aturdida. Hay que buscar en las callejuelas y avenidas de Pest y en los laberintos de escaleras de Buda, en sus tabernas, donde tanto se han oído las czardas -melodías populares-. ::io los cánticos revolucionarios, y en sus cafés, donde
se ha conspirado a favor de las libertades y en su contra, y mucho se ha llorado por ellas después. Las calles han cambiado bastantes veces de nombre en vecindarios tan viejos y de vida tan tormentosa, donde se ha combatido con fiereza, adoquín a adoquín, implacablemente, y se ha reído, bailado y cantado de acera en acera, con alegría, ternura y romanticismo sin parangón. El escenario urbano siempre será el de una gran ópera y, viéndola como tal, hallando sus claves, se percibe su música grandiosa, se adivina su historia fascinante -gloriosa y trágica-, muchas veces tremendista, otras casi bufa, y se puede compartir con las generaciones ya ausentes una insólita melodía. Budapest constituye un largo poema repleto de emociones en el espacio y en el tiempo.
Es esta una ciudad de sentimientos intensos e imágenes conmovedoras, donde la diversión es omnipresente y, a un tiempo, todo invita a la reflexión. Los oficiales austrohúngaros se escapaban aquí para pecar en los jardines junto al hotel Géllert y en los hoy más populares junto a la plaza de los Héroes y la magnífica pinacoteca que la flanquea. Los aristócratas húngaros disfrutaban en sus palacios con la misma intensidad con que paseaban y presumían de sus pecados. El pueblo de Budapest gozaba de sus poetas y paliaba sus adversidades. La plaza de Vórósmarty, que toma el nombre de uno de ellos, muy cerca del puente de las Cadenas que une Bu-da con Pest, es hoy espacio de coqueteo, como siempre. La Vaci Utca, en su día la calle más occidental de todo el Pacto de Varsovia, es hoy más occidental aún, por sus carteristas y precios, que confirman el sueño ciudadano de considerarse parisinos con suerte. Para muchos de ellos, París es, al fin y al cabo, un Budapest más bien serio, menos lejano de las costas de América.
Mucho más que la capital de Hungría, es su preciada joya; desde siempre y tanto en guerra como en paz, bajo la nieve y la lluvia y en esos días soleados cuando la amplitud de sus panoramas y la intimidad de sus recovecos transmiten mensajes del pasado, tan actuales y eternos. Los húngaros saben escucharlos gracias a su especial don para la melancolía. La venerada ciudad está donde tenía que estar. En los altos de Buda se abre una magnífica atalaya sobre la inmensa planicie panónica que tanto maravilló a aquellas tribus asiáticas que eran los húngaros -antes también a los romanos, y siglos después, a los germanos y a los otomanos- y que se quiebra centenares de kilómetros hacia el sur, en otro capricho que hace el Danubio en su confluencia con el río Sava, en otro bello mirador, este asomándose hacia el norte, en Belgrado. Allí se guardaron durante milenios las llaves de los Balcanes, zona abrupta y misteriosa. Panonia siempre fue un topónimo evocador de riqueza, la gran llanura donde llegaron los húngaros y se quedaron. Dice la leyenda que fue un ciervo perseguido quien les enseñó, en un mítico acoso, aquella tierra prometida.
Otras leyendas menos solemnes cuentan que las tribus magiares salieron de las estepas asiáticas hace 1.500 años para buscarse lugares más cómodos y prósperos donde vivir. Temidos por su notoria falta de delicadeza al tratar a los pueblos que se iban encontrando en su viaje de no retorno hacia el oeste, llegaron a un punto indeterminado en el que unos clanes decidieron irse hacia el norte y otros, al sur. Los primeros, que acabaron en Finlandia, eran los más despistados. Los más inteligentes se fueron hacia la cuenca del Danubio. “Obviamente, los listos somos nosotros”, suelen decir con guasa los húngaros recordando su lejana parentela con los finlandeses, cuyo idioma se asemeja mucho al suyo; aunque las viejas tribus que entonces se desgajaron hoy en día ya no se entienden entre sí. Lo único que envidian los magiares a los nórdicos es poder presumir de haber derrotado en batalla a los rusos. En su ya más que milenaria historia en el corazón de Europa, los húngaros han sido dueños y vasallos, patriotas y fratricidas, ocupantes y ocupados; pero jamás se ha oído una voz que lamentara haber llegado a Panonia, haberse quedado en supuszta (paisaje de las llanuras), ese jardín de castillos y cereales, de cerezos y caballos, que marca el sentido húngaro; ni haberse inventado una ciudad con la mejor ubicación del mundo. En ella viven casi todos.
Existen los campesinos, por supuesto, con un papel muy importante en el concepto que tienen de sí mismos todos los húngaros. Algunas villas de provincias son tan maravillosas como Szeged; por no hablar de las que perdió el país tras la Primera Guerra Mundial, cuando fue amputado, como ninguno antes en la historia europea, de dos terceras partes de su territorio. Allende las fronteras quedaron Pozsony -hoy Bratislava, en Eslovaquia-, y otras muchas magníficas y tan incrustadas en la vida y la memoria húngaras como todas las transilvanas. Pero Budapest es, como decíamos antes, más que la capital: es un escenario, y ante todo, una idea.
Sus habitantes consideran, con bastante razón, que combinan el humor y la trascendentalidad, el entusiasmo con la depresión. Aceptan Viena con desgana; Praga con condescendencia; y París y Londres como iguales. Con la salvedad de que ellos cuentan con el Danubio. Quienes hemos leído, conocido y disfrutado la capital húngara sabemos lo que supone para los suyos y para Europa. Su urbanismo desafía los orígenes de quienes la crearon y las amenazas seculares de quienes ven en las ciudades una decadencia y so-fisticación insidiosas. Budapest es símbolo de ideas, estilo de vida, generosidad arquitectónica, entusiasmo paisajístico y emociones de una Centroeuropa que siempre fue encrucijada de culturas y plaza del pensamiento.
Todo está presente hoy para el viajero: sinagogas y mausoleos, héroes de la épica magiar y cafés de las conspiraciones decimonónicas y anticomunistas. Es una urbe melancólica, donde se funden la belleza y la tragedia. Insistimos: el sentimiento tiene que ser intenso, para el gozo y la tragedia. En pocos lugares existe un humor tan fino y se ríe más. Pero tampoco en ninguna ciudad europea se suicida tanta gente. Hace décadas, las autoridades comunistas tuvieron que prohibir la canción Bloody Sunday (Domingo sangriento, de U2) a causa de la disposición entusiasta de tantos habitantes por matarse en arrebatos de melancolía. Dicen que son añoranzas de un pueblo milenario venido de lejos, que considera Budapest una isla sofisticada y elegante, con inmensa devoción a las formas de trato. Esta gente aún sueña con estepas lejanas y abraza con energía de jinete asiático su futuro en una Europa donde, con la insondable profanidad de su idioma, ha sido alma entusiasta.
En muy pocos sitios se puede percibir tanta pasión por la vida como en estas dos ciudades convertidas en una, Buda y Pest, por las que se puede recorrer la historia europea, con sus monumentos y los muñones de sus tragedias y batallas. Es, siempre, una ciudad de cultura plena, un escenario pletórico de la vida, un microcosmos de ensueño, una urbe abrazada a un río que la convierte en ensueño.