Viajar a Ecuador

Viaje por el interior
Dos líneas aéreas tienen vuelos desde Quito, vía Guayaquil, hasta las islas Galápagos. TAME vuela a isla Baltra, en la punta norte de la isla Santa Cruz. Hay un servicio de autobús desde el aeropuerto, vía transbordador, hasta Puerto Ayora. la ciudad principal; el viaje dura unas dos horas. SAN-Seata vuela a isla San Cristóbal. El aeropuerto está en las afueras de la ciudad principal, Puerto Baquerizo Moreno.
Un transbordador de pasajeros funciona entro Puerto Ayora y Puerto Baquerizo Moreno, pero al no tratarse de un servicio diario, tiene usted que comprobar totalmente el horario de regreso.

Viajar a Ecuador

Senderismo por el páramo
A las 10.30 horas de la mañana llegamos al final del camino, nos despedimos de la camioneta y empezamos el itinerario a pie a través de esta zona salvaje. Las nubes que se cerraban a nuestro alrededor conjuraban un ambiente místico mientras cruzábamos por entre hierbas húmedas y marjales pantanosos, rodeados por los extraños frailejones. A 4.000 metros de altura el aire era tenue y portaba un frío amargo. Efectivamente, aquello se merecía el nombre de páramo.
Nos tomamos un respiro al borde de una escarpadura. Desde un lugar protegido, por debajo de la plataforma, observamos las nubes, atrapadas por el viento, (pie se arremolinaban en el cielo y cambiaban a cada momento. Durante unos breves momentos se abrieron para revelar una vista increíblemente espectacular. Por debajo de todos nosotros se extendía un impresionante valle verde, con todos sus precipicios cubiertos de bosque; en la distancia, allí donde se había roturado el bosque, pudimos ver los pocos campos verdes y las pequeñas casas que comprenden Moran, el pueblo hacia el cual nos dirigíamos. Las nubes se cerraron con la misma rapidez con la que se abrieron y nos fue imposible divisar más allá de un par de metros por delante de la escarpadura.
Seguimos caminando y elegimos una ruta que bordeaba la escarpadura hasta enlazar con un sendero en desuso, hecho por el hombre, cubierto de hierba y pequeños matorrales con bayas negras. Resulta difícil ver animales por esa zona, pero observamos numerosas señales de su presencia. Huellas de patas de venado en el blando suelo, hechas por el ciervo de Virginia, de cola blanca (Odocoileus virginianus), o el soche, mientras que unas bromelias gigantescas, desprovistas de sus centros, eran los restos del festín (pie debió de darse la única especie indígena de oso que hay en América del Sur, el oso de anteojos (Tremarctos ornatus). que por la noche sale del bosque para alimentarse.
Cuando el camino nos hizo descender lentamente, los frailejones empezaron a escasear. Finalmente, llegamos al borde del páramo y notamos un notable cambio en la vegetación. Por debajo de nosotros se extendía una línea de árboles, el final de las hierbas y el principio del bosque pluvial. Nos introdujimos en él y pronto encontramos una hermosa cascada donde Piet y Luis sacaron de sus mochilas bocadillos de jamón, queso, fruta y nougut, y el almuerzo quedó servido.